El taller de Águeda Di Cancro ocupa todo el interior de una vieja casa en la calle Minas. Apenas atravesar la puerta uno se topa con varias esculturas, entre ellas un Cristo grande y minimalista hecho con un simiente antiguo y una cabeza de vidrio. A la izquierda, a través de una puerta, se entreven varios ambientes habitados por grandes instalaciones. El patio interior también está ocupado: ondean copas de árboles transparentes, protagonistas hace años en la Bienal de Venecia. Un poco más allá del patio, en otra habitación, se amontonan catálogos antiguos, una mesa con pequeñas esculturas y afiches pegados en las paredes. Águeda nos recibe un poco agitada porque está con varios proyectos entre manos. Viste jeans, ropa de abrigo y un pañuelo en la cabeza. Lleva los ojos delineados y su rostro, cuidado, contrasta con sus manos que son como ángeles de batalla: ágiles, poderosas, habituadas a manejar materiales, a hacer fuerza, a crear. Su voz es ronca e intimista, sesea suavemente y muy de a poco va contando sobre su vida de artista.

A Águeda no le entusiasma hablar del proceso técnico del vidrio, ni de los crisoles donde se vuelca el vidrio líquido, ni de la decolación, ni de los moldes de acero que sirven para ir dando forma, para ir dejando huella en el material. Sí disfruta al expresar las motivaciones que la llevaron a plantearse un desafío plástico, a persistir en las etapas de la creación a pesar de que a veces las obras se quiebran o se rajan con el calor del horno. A diferencia de los ceramistas que muchas veces no saben con qué se encontrarán luego del proceso alquímico del fuego, ella sí lo sabe. Ha ido dominando el material y, de antemano se plantea un objetivo que, las más de las veces, cumple. “El vidrio es como la gente, nunca la conocés del todo, pero en general si planifico algo sé cómo va a quedar”, afirma, segura.

Detrás de esa contundencia hay mucho trabajo. Cuando preparó el envío a la Bienal de San Pablo, hace muchos años, se concentró en armar una hilera de paneles, cada uno de los cuales estaba armado con cuatro cuadrados de vidrio. Al principio en el contacto con el calor, se le rajaban. Tras distintos intentos y pruebas logró crear 100 cuadrados que formaron parte de los 25 paneles dispuestos en línea. Pero la anécdota técnica queda pálida al lado de la búsqueda artística que es lo que a ella realmente le interesa. En cada uno de esos cuadrados trabajó con colores, mucho rojo –color de la violencia, a su entender–, utilizó escrituras, números, cédulas de identidad, y así jugó con elementos humanos y líneas, logró ciertas veladuras y generó en el espectador un impacto emotivo. “En Europa decían que era el Holocausto, acá los desaparecidos. En definitiva, es la angustia del hombre”, comenta. “Yo siento cosas pero cuando tú te acercás y sentís otras me gusta mucho porque es como que te hago entrar en tu interior.”

Una de las obras más conocidas de Águeda es un tendedero de ropa que se exhibió durante mucho tiempo en el Museo Nacional de Artes Visuales y que también formó parte del envío a la Bienal de San Pablo. ¿Cómo surgió la idea de hacer esa pieza de cinco metros de largo? Así lo explica: “Una vez iba caminando y vi ropa en una azotea y pensé: qué brutal, la ropa vuela pero tiene los palillos que la hacen quedar en su lugar. Nosotros somos iguales. Yo soy libre porque tengo este taller, hago lo que quiero, pero tengo que pagar la luz, tengo que mantenerlo abierto, tengo obligaciones”.

Águeda siempre fue una especie de prenda al viento. Con ese espíritu, con esa determinación para ir hacia donde se sentía atraída, conectó por primera vez con el arte cuando era adolescente. Su familia no tenía ninguna vinculación artística. Fue gracias a un hombre que tocó un día la puerta de su casa para vender unas pequeñas cerámicas, una especie de Capodimonte hechas por él mismo. “Soy ceramista y hago esto”, le dijo. Águeda quedó fascinada con el solo hecho que lo pudiera hacer con sus manos, en su casa. Muy por las suyas averiguó donde aprender y a escondidas comenzó a ir a unos cursos en la escuela italiana. Allí conoció a una mujer italiana, tal vez la primera de las muchas personas clave que a lo largo de su trayectoria la estimularían, le darían empujoncitos para avanzar. La mujer le dijo que debía tomar clases en la Escuela de Artes y Oficios Pedro Figari. Y fue allí donde comenzó su aprendizaje. Absorbió con entusiasmo y estilo propio lo que le daban grandes maestros como el alemán Carlos Heller o Marco López Lomba, que fue quien le proyectó el primer horno en su casa. “López Lomba hacía cerámica utilitaria, preciosísima, con él aprendí muchísimo”, comenta.

 

Aparte de cerámica incursionó en escultura con Eduardo Díaz Yepes. Con él aprendió a hacer escultura en mármol y en hormigón. Recuerda su generosidad, la libertad que le daba para hacer lo que quería. “Yo nunca había tocado el compás áureo”, recuerda, “y él de lejos veía como yo lo manipulaba, lo cual yo hacía muy mal, y se me acercó a explicarme cómo usarlo. Pero se puso a medir lo que yo había hecho y me dijo: ‘no lo uses, no lo necesitás, ya tenés la medida áurea en la cabeza’”.

Aparte de trabajar con cerámica y escultura Águeda se dedicó a la docencia. Enseñaba a niños en la Escuela N.o 70 de la calle Agraciada. Eran muy pobres pero buscaban paliar la situación con un taller generoso donde hacían de todo. En ese lugar conoció a Paco Espínola. Con él y los niños interpretaban Saltoncito, pintaban murales. Los alumnos traían huesitos de pollo y con eso hacían collares. Gracias a su trabajo en la escuela obtuvo una beca para estudiar en la Universidad de San Carlos, en el DF, México, y así profundizar en sus conocimientos de cerámica. Fue una experiencia rica y exitosa. La invitaron a hacer una exposición de esmaltes sobre metales. Su primera muestra, ¡y en México! A su vez ganó el premio de la Fundación Ford de ese país.

De ahí en adelante no paró. A la vez que investigaba y creaba fue probando distintos materiales y escalas. Incursionó en la creación de joyas, pequeñas esculturas para llevar puestas. Y casi sin darse cuenta se fue pasando al vidrio, un material fuerte pero transparente, natural, que proviene de la roca, de la tierra también. “Te enamorás de un material y le sacás provecho”, explica. “Seguís investigando y de un error podés aprender. No todo sale bien, lo peor es cuando se te rompe todo en el horno y no sabés por qué. De repente estás durmiendo de noche y te despertás y pensás: voy a hacer tal cosa a ver si no se rompe… Cuando lo podés dominar es una alegría muy grande”.

Águeda se autodefine como una persona porfiada, que lucha intensamente aunque no le vaya bien y no afloja hasta que consigue su meta. Eso unido a una fuerte intuición para elegir le dio mucha fuerza y dirección.

En un momento hizo un cambio de escala. “Yo adoro hacer cosas gigantes. No sé por qué. Me siento más cómoda hacienda algo grande que algo pequeño. No sé si es un tema de libertad… no le tengo miedo a las propuestas de tamaño. Lo malo es que no tengo más lugar y no tengo mercado para obras tan grandes a menos que me encarguen o que haga una exposición”.

 

A pesar de las dificultades para vender obras de gran tamaño, la artista se siente agradecida con la sociedad. Desde las personas que la alentaron de más joven, los maestros, los arquitectos que le hacen encargos, quienes le compran obra, los críticos que han mirado siempre con aprobación su obra. Menciona en especial a María Luisa Torrens, quien fue muy importante porque entendió su búsqueda y le hizo comprender la real dimensión de lo que estaba haciendo. Torrens la invitó a un seminario en el exterior que le cambió la manera de pensar y la conectó con gente de afuera. No fue casual que fuera surgiendo la posibilidad de participar en distintas bienales, que aparecieran encargos para espacios públicos. Hoy día puede apreciarse, por ejemplo, una gran pieza de 15 metros en la Torre de Antel.

Y con el correr de los años la búsqueda continúa, se intensifica. Si bien los materiales y la escala van cambiando, ella siente la misma urgencia por dentro. La misma necesidad de denuncia de injusticia, la mirada piadosa hacia el sufrimiento humano, el dolor por la pérdida de valores, el dilema existencial. “En este momento me preocupa el tema de los refugiados, el hecho de que no haya paz, que la gente tenga que dejar su país, su casa y que se estén muriendo”, dice.

Desde aquella primera vez que tomó contacto con el material, que hundió sus manos e imprimió su sensibilidad, entendió que la escultura es su oxígeno. Motor de vida para entusiasmarse y seguir buscando. Tal vez para encontrar el justo límite entre lo bonito y lo fuerte y en el camino, dejar sobre la faz de la Tierra estas grandes e interpelantes piezas de material duro y transparente que a nadie deja indiferente.

 

 

 

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