Yohji Yamamoto

La primera presentación de Yohji Yamamoto en Occidente fue en 1981, en París, en la Semana de la Moda. No era el primer japonés que se aventuraba a llevar las ideas orientales a la moda europea. En ese primer desfile, ante un público reducido, mostró su colección femenina compuesta por cortes asimétricos, holgados y enteramente negros. La propuesta contrastaba con la tendencia imperante en ese momento, más ajustada al cuerpo. Los asistentes no olvidarían más esas figuras un poco andróginas y poéticas que desfilaron al son de un latido de corazón amplificado.

Así comenzaba la leyenda, la historia de un creador muy particular cuyos rasgos más salientes repasa el libro de grandes dimensiones que lleva su nombre, editado por Taschen. Su estética innovadora seguiría causando sensación con los años, ubicándolo en lo más alto de la vanguardia internacional, con un estilo un poco samurái, un poco misterioso, y un concepto de belleza diferente al que estamos acostumbrados. El músico electrónico francés Jean-Michel Jarre definió una vez su estilo de esta forma: “Para mí, una mujer con algo de Yohji es como una monja ninfómana. Sus prendas son al mismo tiempo sensuales y muy ritualistas”.

Para Irène Silvagni, exdirectora de moda de Vogue Francia y asesora de Yamamoto desde 1993, Yamamoto no es un diseñador de moda. “Es más bien un artista que trabaja en la moda. Una especie de Yves Saint Laurent. Ambos tienen mucho en común: entienden lo que es sufrir, ven la teatralidad de la vida y aman de corazón a las mujeres. Como mujer, sus desfiles jamás me han parecido amenazadores. Nunca he tenido la sensación de que presentaran a mujeres cursis como si fueran muñecas o algo por el estilo. Ese tipo de mujeres no aparece en sus desfiles”.

Tal vez todo se remonte al barrio de Kabukicho, una zona roja de Tokio donde su madre, Fumi, tenía una tienda de ropa confeccionada por ella misma. Yohji, nacido en esa ciudad, había perdido muy tempranamente a su padre, a los dos años de edad, durante la Segunda Guerra Mundial. De muy pequeño observó la fiereza de su madre para sacar adelante a sus hijos trabajando como modista. Para complacer su mandato se graduó de abogado en la Universidad de Keio en 1966, pero enseguida se dio cuenta de que no era su vocación. Le propuso a su madre ayudarla en su trabajo y ella aceptó pidiéndole a cambio que estudiara en la Escuela de Moda Bunka, un colegio hoy día famoso por haber entrenado a varias celebridades como Kenzo Takada, Junya Watanabe y el propio Yamamoto. A la vez que estudiaba, Yohji aprendía el oficio y observaba a las mujeres que solían rondar por ese barrio, muchas prostitutas. Notaba el contraste entre las mujeres como su madre y otras empleadas de la tienda, vestidas con trajes holgados, de trabajo, y las mujeres que parecían vestidas como muñecas, al decir de la exdirectora de Vogue. Quiso, así, encontrar una forma diferente de vestir a la mujer.

“Yo empecé observando la sociedad a través de las mujeres y eso determinó mi forma de pensar”, ha expresado el venerado diseñador. “Las mujeres lo son todo para mí. Las odio, las detesto, las amo y las respeto. A veces noto un cierto desequilibrio y entonces me preocupo por ellas. Empecé a trabajar en el mundo de la moda con la intención de ayudar a protegerlas de múltiples circunstancias peligrosas. De ahí que mi moda a veces se tilde de armadura, armadura vital…”.

 

Luego de graduarse de la Escuela de Bunka, recibió un premio que consistía en trabajar un año en París. Fue a la vuelta de ese viaje, en Japón, cuando empezó a descubrir su verdadera voz como diseñador. Armó una pequeña compañía de prêt-a-porter que fue sumando compradores en las ciudades más grandes de su país. El éxito lo llevó a volver a recordar París y así fue como a comienzos de los ochenta participó con sus mujeres de negro en la Semana de la Moda. Muy rápidamente estaba abriendo su primera tienda en Europa.

Allí fue imponiéndose su estilo andrógino, no exento de sensualidad, que de algún modo es también una postura política y filosófica: “Todas esas nociones de masculinidad y feminidad se han invocado para facilitar la categorización y el control del mundo…”, ha dicho. “La misión que yo mismo me he asignado es diseñar ropa que desatienda tal imposición”.

Hay rebeldía y anarquía, y un yo muy potente en la voz de Yamamoto. Y hay ira. Una bronca que lo acompaña desde el nacimiento por muchas de las cosas que le tocaron vivir. Una ira que en cierta forma ha sido también un gran motor que lo lleva hacia adelante. “Jamás logré acallar la ira que llevo dentro de mí. Siempre me acompañará, pero junto a ella está firmemente anclada la resignación que emana de saber que no está en mi mano cambiar todas las cosas. Mi antipatía es como un explosivo que jamás podrá desactivarse. Está ahí, junto a mi corazón, cerca de mi estómago”. Tal vez inspire el nombre de su autobiografía, My dear bomb (Mi querida bomba), escrita junto a uno de sus colaboradores, que es en realidad una especie de retrospectiva personal muy sui generis narrada mediante vívidos flashbacks, poemas y relatos breves.

Considerado un sabio, un genio, un poeta de la moda, Yamamoto ha influido en la carrera de artistas muy diversos, desde diseñadores hasta músicos, fotógrafos y cineastas, entre otros. Ha colaborado con artistas de la talla de Tina Turner, Sir Elton John, Pina Bausch y Heiner Müller.

Sus diseños están imbuidos de su cultura y de ese entorno primal que le tocó vivir. Los quimonos, la ropa utilitaria de trabajo como usaba su madre y los trajes marciales son fuentes de inspiración. A nivel estético, Yamamoto se vale también de la experiencia de vivir en carne propia el código marcial –es cinturón negro de karate–, la magia del ritmo y la composición que le da su contacto con la música –toca la guitarra– y su vivencia con la pintura, una vocación que dejó por el camino.

 

Una de las características de su estilo, aparte de la paleta en la cual predomina el negro, el blanco y muy esporádicas irrupciones de color –algo de rojo, azules oscuros, grises y amarillos, algún dorado, ocres y plateados–, es la asimetría. Yamamoto es un amante de lo imperfecto: “En algún punto de las cosas que hacen los humanos quiero ver cicatrices, fracaso, desorden y distorsión. Si percibo esas cosas en las creaciones de otros, entonces soy como ellos. La perfección es una especie de orden. Como la armonía total y demás. Responden a la voluntad de alguien. Un ser humano libre no desea tales cosas. Sin embargo, yo intuyo que hay muchas mujeres que no buscan libertad: mujeres que buscan ropas simétricas”.

La asesora creativa, Silvagni, alude a la primera colección de kimonos de Yohji. Recuerda sus lágrimas entonces: “No sé absolutamente nada de kimonos, pero con ese desfile tuve la sensación de que Yohji se había sincerado por fin consigo mismo tras muchos y largos años de resistencia. Yohji afirma que la moda es el lenguaje que él habla. Y, en un extraño sentido, sus prendas parecen aflorar directamente de su alma. Como si las imbuyera de sus emociones y fortalezas”.

Yamamoto tiene hoy día su marca para hombres y mujeres y está embarcado en la línea deportiva Y’s, para Adidas. Colabora además con proyectos arquitectónicos, películas, obras de teatro y literatura.

Entre otras distinciones, en 2008 fue nombrado doctor honoris causa por la Universidad de las Artes de Londres en reconocimiento a su trabajo.

Su trayectoria se ha repasado en diferentes museos como el Victoria & Albert Museum de Londres.

La tensión, de algún modo un rasgo muy japonés, está presente en la filosofía creativa de este enigmático artista y de algún modo es lo que lo hace estar siempre vigente. “La sensación de seguridad cede paso rápidamente al aburrimiento”, dice. “La fuerza motriz de la moda a lo largo de la historia es, a fin de cuentas, el juego con el peligro. Tener algo que insinúa peligro, algo que trastoca la idea convencional de sensualidad: ese tipo de elementos salvajes e indomables son los que hacen a una prenda atractiva”.

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