Se planta frente al caballo como quien quiere retratar un buen auto: busca resaltar sus mejores líneas y que se vea la potencia. Asunción Piñeyrúa tiene una profesión atractiva y poco común: es fotógrafa de caballos. En el invierno y la primavera del hemisferio norte visita varios de los más importantes haras de Irlanda, Francia, Inglaterra y Estados Unidos para tomar fotos de potrillos y de padrillos para promocionarlos. Un trabajo que le llegó casi por casualidad, pero cuando se dio la encontró, como suele suceder, en el momento y el lugar justos.

Con los caballos el vínculo viene de sangre pues su tatarabuelo, Pedro Piñeyrúa, fue uno de los fundadores del Jockey Club de Montevideo y su primer presidente. Pero en realidad fue gracias a su papá que Asunción se conectó de niña con los caballos al tomar clases de equitación. Los veranos en la estancia familiar Los Cerros de San Juan, en Colonia, también propiciaron este acercamiento.

Al optar por una carrera se decidió a hacer un curso de manejo de haras en Kentucky, en Estados Unidos. Y allí es donde todo empezó a moverse a otra escala. En 2002 combinaba el estudio en la universidad con el trabajo en un haras, como práctica de estudio, donde limpiaba boxes, donde aprendía de veterinarios y otros profesionales. No era cualquier haras, se trataba de Coolmore, uno de los más grandes de Kentucky, y según Asunción, uno de los más grandes del mundo. Un haras irlandés con sede en su país de origen, en Estados Unidos y en Australia. En ese haras continuó viviendo al finalizar la práctica, y comenzó a trabajar en una empresa que se dedicaba a la venta de caballos de carrera.

Un par de años después viajó a Argentina donde Coolmore estaba abriendo un centro de monta al que llegarían sus padrillos. Es muy común que estos animales hagan lo que se llama “doble hemisferio”: permanecen la mitad del año en el hemisferio norte y la otra mitad en el hemisferio sur. En Argentina comenzó a sacar fotos de los caballos y a mandarlas a Kentucky. Coincidió que el fotógrafo del haras Coolmore se estaba retirando y le pidieron a Asunción que asumiera esa tarea.

En 2009 lo hizo oficialmente y el haras la mandó a Irlanda un mes y medio para hacer todas las fotos para el catálogo anual. Así, empezaba una nueva etapa. Consciente de la gran oportunidad buscó la manera de hacerla rendir: le escribió a todos los grandes haras de Europa y mandó fotos de su autoría. De repente se encontró retratando padrillos en distintos haras, en el plazo de tres meses viajando de un lado a otro para cubrir todos estos encargos. Una rutina que ya lleva 10 años y que, evidentemente, se ha visto trastocada este año con la pandemia.

Ha retratado a caballos muy famosos, por ejemplo, triple coronados (que ganaron las carreras Kentucky Derby, Preakness Stakes y Belmond Stakes). Caballos de jeques, de príncipes, incluso de la reina Isabel. La primera vez que los ve es una gran impresión, impactan con su fuerza y sus líneas, comenta. Pero toda esa potencia no la puede retratar en su máxima expresión porque los caballos están muy controlados en los haras. El peón que cuida al animal le cuenta cómo es, cómo se comporta. Y ella busca conectar, no puede acercarse mucho, va cuidando que no se ponga nervioso. Aunque para el momento de la foto necesita un cierto brío, una atención serena, que a veces incentiva con sonidos grabados de leones. Hay caballos fotogénicos y otros que no lo son.

Las ganas de retratar a estos bellos animales en un entorno más libre la llevaron a emprender un proyecto personal de viajar por distintos lugares. Así es como visitó La Camargue, en Francia, una región donde hay muchos haras, a donde ha vuelto varias veces. Allí se encuentra una de las razas más antiguas, originaria del paleolítico. Se trata de caballos chicos, todos tordillos. En Islandia, por otra parte, pudo fotografiar a los caballos locales, muy mansos, con la aurora boreal. En la costa oeste de Estados Unidos ha retratado a los mustangs, un tipo de caballo muy particular que está en América desde hace 500 años y es como un cimarrón por lo salvaje.

Las giras visitando haras se fueron extendiendo al incorporar estas aventuras con los animales en su hábitat. Cuando termina el viaje de trabajo y de proyecto personal, Asunción se repliega en Montevideo, en su casa que en algún tiempo pasado fue un haras también (pura casualidad), y allí vive una vida más tranquila donde toma fuerzas para la siguiente aventura.

 

Texto: Malena Rodríguez Guglielmoe

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