Inkaterra Reserva Amazónica

Redescubrir el sentido del oído. Maravillarse con las infinitas formas que puede asumir el verde. Conectar con la tierra y sus criaturas. Sentir la adrenalina sabiendo que, con prudencia, se está seguro. Tomar contacto con la botánica y las tradiciones indígenas. Tratar de entender la historia. Acercarse al origen. De eso se trata la propuesta de Inkaterra Reserva Amazónica: vivir la intensidad de la selva con un, a la vez, simple y sofisticado confort.

 

Llegar a la selva peruana es mucho más sencillo de lo que parece. El vuelo directo de LATAM Montevideo-Lima dura 4 horas 30 minutos y, tras un corto período de espera, otro vuelo de hora y media lleva al viajero a Puerto Maldonado, la capital de la región Madre de Dios, la tercera en tamaño y la menos poblada de Perú. Ubicada a la altura de Lima, en el sureste del país, a pocos kilómetros de la frontera con Bolivia y Brasil, Puerto Maldonado es una ciudad pequeña, de viviendas bajas, dominada por el calor, pequeños vehículos de tres ruedas y muchas motos. Tiene costa pues está al margen de la confluencia de los ríos Tambopata y Madre de Dios. A tan solo diez minutos del aeropuerto se encuentra el pequeño muelle desde donde salen los botes a motor –especie de grandes canoas techadas–que trasladan a los visitantes a los lodges de Inkaterra.

A la hora de llegada el sol está bajando. Por estos lares el atardecer suele ser poco después de las cinco de la tarde. El agua del río es marrón pero su brillo se va tornando naranja tornasol con la particular luz de la cuenca del Amazonas. El curso de agua va dando vueltas, serpentea, por eso los nativos le habían puesto de nombre Amarumayo, que quiere decir serpiente. Pero luego llegaron los misioneros y el día que vieron el rostro de la Virgen dibujado en la arena, cambiaron el nombre por el de Madre de Dios.

En el bote nos aguardan el guía, un chef y quien maneja la embarcación. Motor en marcha, el viento templado es una delicia y anuncia una estadía inolvidable. Alan, el guía, nos cuenta sobre la zona. La mayoría de los pobladores no son autóctonos. Muchos llegaron de la sierra en la época del caucho. Otros arribaron más adelante para explotar el oro presente en el lecho del río y en los bosques. Hay gente proveniente de Arequipa y de Cuzco que vino a trabajar el cedro y la caoba. Es importante la colonia de japoneses, y toda esta mezcla, sumada al fuerte intercambio con Brasil y Bolivia, deja su huella en la gastronomía, la música y el idioma. Los nativos de la zona que predominan son los Ese-Ejas. Tienen su propio dialecto, muchos de los botes llevan nombres en su lengua. Aunque también suena mucho el quechua por los incas que se escondieron en la selva.

El sol sigue bajando y se escucha el canto de un gallo. Hay algunas comunidades que viven al margen del río aparte de la población heterogénea del pueblo. Muchos viven de la agricultura (arroz, maíz, cítricos, yuca, castaña) y algunas actividades nuevas como el turismo y el cacao. Un 30% de la población se dedica a la explotación ilegal del oro. También la pesca es un modo de subsistencia. El agua chapotea contra el bote. Se percibe un motor a lo lejos. Y cada tanto el canto de un guacamayo, alguna cigarra. El chef prepara un trago muy típico de Perú, Chilcano, bastante parecido al Pisco Sour pero sin clara de huevo y con Ginger Ale. Dispone ceviche de cecina (una carne de la zona), chips de plátano, tapenade con pan de yuca y un vino blanco argentino. Cuando nada se escucha pareciera que todos los sonidos están contenidos en el silencio. Oscurece y emprendemos el camino hacia el lodge.Hacienda Inkaterra es parte de todo el complejo Inkaterra en Madre de Dios. Una iniciativa que surge a mediados de los 70 a impulsos de un explorador de origen alemán, Joe Koechlin von Stein, que vio en estas tierras la posibilidad de investigar y aprovechar bien los recursos de la zona. El primer albergue turístico que creó, hoy conocido como Reserva Amazónica, apuntó a desarrollar estudios con el propósito de establecer programas de conservación de ecosistemas y biodiversidad en el Amazonas. Hace pocos años surgió Hacienda Inkaterra, un albergue de alta calidad para recibir a turistas y científicos.

Allí nos reciben con el tañido de una campana y una cena deliciosa en la gran cabaña restaurante. La mayoría de los productos se cultivan en una chacra ecológica que posee Inkaterra a través de la cual busca fomentar el trabajo local y el cuidado del medio ambiente. Ñoquis de plátano con albahaca, arroz con castañas, palmitos frescos de la zona con dressing de maracuyá, postre tres leches con pop corn de quinoa son algunas de las opciones en la mesa.

Un sendero que se bifurca entre los árboles, iluminado por mecheros, conduce a las cabañas. El diseño de las mismas está inspirado en el estilo nativo Machiguenga. Algunas con vista al río Madre de Dios, otras al bosque lluvioso. Por el sendero se siente el aroma de las palmas secas que conforman los techos, el olor a tierra, el frescor de los árboles. Cuanto antes hay que irse a dormir porque la actividad al día siguiente comienza tempranísimo.

 

La experiencia sonora. Tal vez una de las cosas más impactantes de la selva es el universo de sonidos que envuelve al visitante. Al cerrar los ojos pareciera que los oídos recibieran un baño de pureza. Atentos, reciben las distintas manifestaciones de los animales en la vuelta. Grillos, cigarras, pájaros, insectos, monos. Expresiones variadas, algunas más suaves, otras más altisonantes; unas homogéneas, otras muy musicales. Es como escuchar sinfonías con los músicos ahí, los seres de la selva comunicándose entre sí y una, ser testigo privilegiada. Los sonidos de animales son capaces hasta de meterse en los sueños y generar una fuerte sensación de extrañeza.

Me despierto con un rugido impactante, cercano, que deja una estela vibratoria. Me pregunto si hay felinos en la vuelta. Más tarde me confirman que escuché al mono aullador. Y unas horas después lo veré, saltando de rama en rama, en lo alto de los árboles, marrón rojizo, puro movimiento. Los sonidos acompañan todo el tiempo y van cambiando.

Permanecería horas en la cabaña que me tocó. Sólida, pisos de madera dura, gran amplitud, una cama inmensa y cómoda con tules blancos, un sillón grande a los pies, mosquiteros como paredes. Contundente confort insertado entre los árboles. Pero hay que ir a desayunar porque ya salimos en bote hacia el lago Sandoval, un espejo de agua que antes era parte del río pero que, por distintos virajes del curso, en algún momento quedó rodeado de tierra.

Aprender a mirar. Vamos en canoa por el río. La niebla rodea los márgenes arbolados y la espuma sobre el agua provoca un efecto hipnótico. Después de un rato desembarcamos. La vegetación es tupida, con árboles que llegan a medir más de 30 metros. Las variedades se entremezclan, abundan los ficus en sus más de 300 variedades. Al ficus muchas veces se lo llama árbol estrangulador porque de las alturas va envolviendo a otros árboles hasta secarlos. La ley de la selva corre para todos, la competencia es dura y solo quedan los más fuertes.

Hacemos una trocha (caminata) de una hora antes de llegar al lago. En un momento pasan dos loros grandes de cuerpo rojo. Comenzamos a saborear un estado que se va haciendo patente. En estos lugares hay que estar atentos porque la sorpresa está presente en cada excursión. Uno nunca sabe con qué se va a encontrar: nos domina la adrenalina y la expectación. Antes de llegar al lago hay que ir en canoa por un curso de agua entre los árboles. Una belleza. El verde fosforescente y el sol filtrándose entre las distintas variedades junto al lento avance de la embarcación retrotraen a un estado primario. Al llegar al lago, se abre todo un panorama. Las orillas con palmeras majestuosas parecen recortadas por un maestro jardinero, pero allí todo es natural. La mano del hombre no interviene.

Tres animales en peligro de extinción habitan este lugar: el caimán negro que puede medir seis metros, la anaconda de 10 metros y el lobo de río o nutria gigante. Está prohibido pescar, solo pueden hacerlo los nativos para su consumo personal. La vegetación es una maravilla. En 100 metros cuadrados hay más de 1.000 variedades de plantas y hay muchas más aún sin descubrir, alrededor de un 70%.

 

Existe muchísimo conocimiento local, indígena, que no está científicamente comprobado. Prestamos atención. Todo en la selva está basado en el camuflaje como mecanismo de defensa. Para ver hay que ser paciente y aprender a mirar. Y a escuchar.

 

Cuidar la naturaleza. En 1979, el Estado peruano cedió un uso de diez mil hectáreas ubicadas a 15 km de Puerto Maldonado a lo que hoy es Inkaterra Reserva Amazónica, con el objetivo de mantener la biodiversidad y los procesos ecológicos en su ámbito, mediante la investigación, la conservación y el turismo. Muy cada tanto, en el bosque, se pueden ver unas cintas rojas que rodean a algunas especies. Son cintas con códigos que utiliza ITA –Inkaterra Asociación–, el área de Inkaterra más fundacional, que desde los inicios está investigando, vinculada a organizaciones como National Geographic Society, entre otras.

A esto se le suma la orientación de Inkaterra hacia la integración del medio local a la fuerza de trabajo. Es admirable, por ejemplo, la labor que cumplen los guías. Se trata de personas de origen nativo, que cursaron una formación de tres años pero que además poseen el bagaje ancestral de la sabiduría indígena, con su lógica, sus leyendas y una coherencia ecológica de la cual tomar ejemplo. En las distintas excursiones que se pueden hacer, los guías van dando explicaciones muy interesantes en relación con los animales, las plantas, pero también con el espíritu de la selva a través de las leyendas que les han transmitido de generación en generación, algo más intangible tal vez, pero no exento de sentido común. Los aborígenes de este lugar tienen sus características: respetan a los espíritus de la selva mientras los de la sierra adoran a los dioses.

Se aprende mucho también de cómo y de qué viven estas comunidades y la gente de la zona hoy en día. Una tarde vamos a conocer unos árboles de castaña, nativa de la Amazonia, que recién da frutos a los 35 años. En la selva hay ejemplares que tienen entre 300 y 500 años, altísimos. En la época en que caen los cocos, se disponen a recolectarlos con grandes canastos y palos con puntas abiertas que los enganchan para cuidarse de las víboras. Los hombres los recolectan y los parten al medio. Dentro se ve el fruto de la castaña o nuez de Brasil como le llaman. Las mujeres se encargan de pelarlos. Un fruto que está muy presente en los platos que se comen por aquí: postres, ensaladas, etc. Y nada se pierde, porque la cáscara de la nuez va para cubrir los caminos, y el coco se usa para artesanías. En esta zona más de 5.000 familias se benefician de esa actividad.

La pesca es otra actividad importante para consumo personal. Hay muchísimas variedades de peces pero uno de los que más se come es el paiche, un pescado carnoso, sin espinas. Un día salimos de pesca a otro lago donde hay pirañas. En el bote van dos parejas de ingleses, una de rasgos indios (de la India) y un suizo. El agua del lago es clara, nos cuentan que hay también anguilas eléctricas y anacondas. Para pescar, apenas unas cañas cortas, muy sencillas, pero con anzuelo fuerte pues las pirañas los tragan enteros. Se hace ruido con la caña en el agua para llamar la atención de los peces y bastante rápido pican. Cuando pescamos trece, mismo número de los que vamos en el barco, abandonamos la pesca. Vamos a una orilla cercana donde prepararán los pescados al fuego. Antes de almorzar vamos a darnos un baño al lago. El barquero describe un círculo con la embarcación y así uno se puede sumergir con la tranquilidad de que no hay animales cerca. El agua está fresca y se agradece para seguir recorriendo en esta tarde de calor.

Absorber la energía del bosque. Ya hemos cambiado de lodge. Pasamos de la Hacienda a la Reserva Amazónica, ambas de Inkaterra, con orígenes un poco distintos. En Reserva Amazónica tal vez haya un poco más de espíritu de campamento amazónico si bien las cabañas mantienen el confort y el encanto. Fue allí donde surgió toda la iniciativa hace casi 40 años con el trabajo de los exploradores. Pero es muy similar el esquema, cambian la vegetación y los ecosistemas. El bosque por aquí es más antiguo con lo cual es más parejo y uniforme. Los árboles son más altos y aparentemente se ve más despejado para caminar pero se torna oscuro más temprano porque las copas dejan pasar menos la luz del sol. “Hay más competencia entre las plantas para llegar a la luz”, nos explica el nuevo guía, Hugo, tan preparado y amable como el anterior. Todo el personal en Inkaterra tiene una disposición fresca, sincera y es muy agradable.

Para poder entender la vida en el bosque los científicos han propuesto una estratificación vertical que les permita estudiar las especies de animales y plantas que habitan en distintas alturas. Cambian mucho las condiciones de vida en cada estrato. Lo primero es el sotobosque que va hasta los 10 metros. Luego viene el dosel, de los 10 a los 25 metros aproximadamente. La copa de los árboles entre los 25 y 35 metros del suelo es el canopy y la última capa es el emergente entre 35 y 60 metros.       Una de las excursiones más excitantes es la visita al canopy. Para ello hay que subir una torre de madera alta que supera los 30 metros y desde allí caminar por los puentes colgantes entre las copas de los árboles. Las personas con vértigo, mejor abstenerse. Es indescriptible la sensación de caminar casi en el aire, en ese lugar al que solo acceden los pájaros. Porque ni los monos viven acá, prefieren el bosque más joven para deslizarse por las ramas. El guía lleva telescopio con lo cual es posible espiar la vida de las aves que viven en las alturas de estos árboles que varían entre los 30 y los 45 metros. Solo unos pocos llegan a los 60 metros.

 

En general, la propuesta es quedarse unos días para poder hacer distintas excursiones. Al retornar de las mismas es una delicia caminar por los senderos cerca del río, sentarse a escuchar la naturaleza y recibir un buen masaje con aceites amazónicos. Una propuesta muy interesante es el baño de florecimiento. Plantas medicinales son usadas por un chamán para relajar la mente y estimular positivamente el sistema nervioso. Es una experiencia preciosa y ritual que no se olvida.

A la hora de la cena no hay que dejar de probar el Juanes, un plato típico que se hace con paiche y verduras envueltos en hoja de plátano. Es algo diferente y muy ancestral. En el comedor se escuchan distintos idiomas: inglés, alemán, sueco y distintos acentos de Latinoamérica. Predominan los estadounidenses como huéspedes. Es que conocer esta parte del Perú enriquece a cualquiera. Para los latinoamericanos, sin embargo, es casi un deber: es acercarse al corazón de lo salvaje y primigenio de nuestro continente, entender la cultura asociada a este lugar, captar que las distintas comunidades indígenas varían mucho en su cultura. Es una manera más de entender cómo se ha dado la historia y qué historia vamos a contar a partir de ahora según cómo manejemos los recursos de los que somos responsables.

 

LATAM vuela 6 veces a la semana desde
Montevideo hacia Puerto Maldonado vía Lima,
con retornos en forma diaria.

 

 

Texto: Malena Rodríguez Guglielmone

Fotos: Joaquín Escardó Dell’Acqua

 

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