Ida Vitale

Es una tarde húmeda hasta el tuétano, Montevideo parece tomada por una nube de agua minúscula. Esperamos unos minutos en la puerta del edificio donde vive Ida Vitale en Malvín, a metros del mar. Finalmente atraviesa la puerta con su habitual agilidad. Va vestida de gris claro, con un gamulán suave que la protege del frío. Está preciosa para la cita que nos convoca: una sesión de fotos con la antigua cámara del fotógrafo Luis Sosa. Nos acomodamos en el asiento de atrás de la elegante Clase C 200 de Mercedes-Benz y nos dirigimos hacia el estudio que queda en plena Ciudad Vieja.

¿Cómo estás, Ida?

Cansada. Tratando de ordenar los libros de mi casa, pero no me está dando el tiempo.

 

El orden de su biblioteca es la eterna tarea postergada desde que llegó a vivir a Uruguay después de tres décadas. El ajetreo de las entrevistas, la preparación del discurso para el Premio Cervantes, el viaje, y más y más entrevistas, hacen difícil retornar con calma a la rutina cotidiana.

 

¿La experiencia vivida con el Premio Cervantes ya pasó o sigue resonando?

Ya pasó. Como que no le doy mucha importancia.

 

Contanos sobre tu estadía en España. ¿Qué te pareció Alcalá de Henares? ¿Te gustó?

Es lindo sí, una universidad relativamente pequeña, antigua. Me acuerdo que había que subir una escalera y todo el mundo estaba convencido de que yo iba a caerme por la mitad… ¡Los defraudé! [risas]. Lo más lindo fue un pueblito cerca de Salamanca al que fui porque me invitó la Universidad. Me recibió una pareja encantadora, él profesor de música. De noche me llevaron a comer a su casa. Una cosa muy familiar y él sacó un laúd, un violín, y un montón de instrumentos de cuerda y en un momento se puso a tocar. Ella se puso a cantar, con una voz estupenda. Algo muy agradable, era un día muy lindo y todos sacamos las sillas para afuera, se hizo al aire libre. Un pueblito que está en la ribera del Tormes, y limita con un bosque y un prado enorme. Precioso lugar y gente muy simpática, muy linda. Además 300 personas no es nada en un pueblo.

 

Dejaste un manuscrito tuyo en la universidad, ¿quedó en custodia?

Lo doné. Acá no le van a dar ninguna importancia.

 

¿Pudiste aprovechar la oportunidad para viajar luego?

Fuimos a París, por suerte mi hija disfrutó por cuatro días. Y yo en el hotel, ¡engripada! ¡Justo! Hace años que no iba a París y estaba muerta de ganas… Vamos a ver ahora si podemos ir… Pero ella tiene marido e hijas y bueno, yo vine como peludo de regalo, a complicarle la vida, pobre.

 

 

Ida disfruta del viaje, mira a un lado y al otro de la rambla. Se asombra. ¡Cómo han crecido estas palmeras!, comenta.

 

Aparte de una gran experiencia del Cervantes, el premio es interesante económicamente (125.000 euros). ¿Tenés alguna meta especial?

Lo único que quería en especial era ir a Europa y a París.

 

¿Vas a volver?

Tengo que volver a España, porque parte del premio es ser jurado. Y no me hace ninguna gracia. Es feo tener que elegir. Por ahí hay dos cosas que te gustan… Por ahí te gusta algo más imperfecto. No sabés la edad de quién escribió… ¿Y esto? [mira para afuera] Mirá qué cantidad de gansos… Sé que se mueven en bandadas. Pero verlos todos así a mano…

 

¿Extrañás no tener animales cerca?

Tengo perros vecinos, por ejemplo. Mirá, acá tengo la mordida de uno. Pero me la hizo jugando. Como yo le rasco la cabeza… Y tiene unos dientes grandes y estaba emocionado… Los animales tienen su psicología. Este es un cachorro blanco enorme, divino. No sé qué raza es. Parece un muñeco de nieve. Lo gracioso es que tiene un compañero muy discreto, muy lindo, de hocico largo y pelo largo. El compañero quedaba atrás, muy discreto, no se mezclaba con nuestra intimidad. Pero luego este se dio vuelta, lo fue a buscar, le agarró la pata y lo traía… Nunca vi una cosa igual. No sé si el homenajeado era el perro o era yo. Me pareció emocionante. Son los perros del vecino, siempre que voy rumbo al mercado los veo y me dan ganas de tocar timbre y preguntarles para qué tienen perro. ¡Para tenerlos todo el día en un jardín chico, con frío, ahí afuera! Dos perros cariñosos, familieros… Se ve que son perros nobles.

 

Llegamos al estudio de fotografía Análoga en la Ciudad Vieja. Subimos en el ascensor antiguo. Al pasar el umbral nos encontramos con una estancia extraordinaria, al mejor estilo de un estudio neoyorquino o alemán. En este edificio de época, de altísimas paredes y espacios amplios, Luis Sosa está abocado a la investigación y desarrollo de procesos históricos en la fotografía, trabajo en fotografía convencional del siglo XX, daguerrotipos. Saludamos a Luis, al director de la revista MB, Joaquín Escardó, y a un tercer fotógrafo, Franco Rico, encargado de la imagen en redes en Mercedes-Benz. Todos dispuestos a disparar sus cámaras. “Voy a cumplir 96 así que entiendo que me hagas una fotografía histórica”, le dice Ida a Luis entre risas. Y entonces se empieza a acercar a los distintos materiales y va preguntando. Luis le muestra cómo usa los variados dispositivos, le señala los originales en chapa donde hace la toma directa. Le indica cómo emulsiona la superficie de metal con nitrato de plata. Le va explicando cómo funciona la técnica de colodión húmedo. Ida sigue con la mirada cada uno de los objetos, no se pierde nada, pregunta y repregunta. Inquiere sobre la madera de la antigua cámara de fotos. Se da entonces este diálogo:

 

L: Es madera de cerezo, de Teka, madera muy noble, liviana.

I: Las maderas siempre me parecieron una cosa noble que piden atención. Hay maderas tan raras, tan raras… [Mira todo alrededor] ¡Un novelista, que convierta este escenario en algo!

 

L: Le comenté el otro día a mis suegros que te iba a fotografiar y mi suegro me dijo que tenía una poesía para que te trajera. Yo cumplo con dártela [y le entrega un papel doblado].

I: Después. Se lee a solas [risas].

 

L: ¿Cómo te trata toda esta vorágine del Cervantes?

I: Estoy acá… Por suerte. No pasa a mayores. Ahora ya dentro de poco viene otro. Los premios tienen esa condición, uno nunca sabe quién los recibió antes.

 

L: ¿Estuviste con gente interesante?

I: La reina, la más simpática. La reina madre. Te transmite algo ni bien la ves. Yo le dije: me debo haber saltado todos los protocolos. Y ella me dijo: los protocolos están hechos para eso.

Luis hace algunas tomas de Ida parada delante de una silla. Ella posa con naturalidad y no se queja. Hace frío, acercamos una estufa. Llega el momento de parar un rato. Tomamos un rico té con masitas. Ida sigue mirando el entorno, los objetos, las cámaras, los implementos que asisten. Tiene una capacidad de asombro admirable. “Es la primera vez que estoy en un lugar donde aprendo tantas cosas”, comenta divertida. La charla toma el rumbo de la música. Ida nos cuenta que cuando era muy joven, escuchó en el ateneo a la mejor voz del mundo. Se trataba de una artista argentino-alemana, Olga Linne, que había estudiado con una rusa que era cantante de los zares. Olga Linne fue luego su maestra de canto. Ida destinaba sus ahorros a esas clases de las cuales su familia ni estaba enterada.

 

¿Influyó la música en tu manera de escribir?

No tiene nada que ver. No. Estudié dos años con Olga porque quería ver cómo se producía ese fenómeno, la mujer tenía una voz increíble. Yo no iba al cine, no comía chocolates, hacía mis sacrificios para tomar mis clases, pero Olga te cobraba barato…

 

Luis avisa que está todo listo para continuar con las fotos. La sesión sigue un rato más. Al final Ida tiene la voz un poco cansada. Pero ya estamos sobre el final. Nos despedimos, subimos al auto y descansamos. La tarde de fotos le hizo acordar en algo a su padre, que también era fotógrafo, trabajaba con alguien de nombre Fígoli según sus recuerdos. De pronto pasamos por la puerta del bazar La Ibérica. “Mirá, eso existe todavía!! Tengo que venir… me encantaba venir a La Ibérica.

 

Ida, ¿sos consciente de que para Uruguay sos una gran noticia, algo así como una marca país, como Suárez si se quiere? ¿Cómo te hace sentir eso?

A fuerza me convencí. Es lo que yo dije, quedé a la altura de los jugadores de fútbol. Es que voy a la feria, pasa una señora y me para. Soy consciente de que en mi época la escuela era una cosa muy importante, tengo la sensación de que ahora no es así.

 

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