Nicolás Caubarrere 

Después de dos décadas en una esquina emblemática sobre la Ruta 10, el atelier de Nicolás Caubarrere cambió de ubicación. Pero no se fue muy lejos; la obra de este artista sigue latiendo en La Barra: entrando por la calle del restaurante Chill Out se puede ver a lo lejos la casa que comparte con la inmobiliaria de Totti Gattás. Desde la calle se ven sus olas desplegadas en lienzos y tablas. Olas que han ido creciendo en realismo y complejidad con el correr del tiempo. La decisión de mudar la galería obedeció a un tema práctico: el poco tiempo que este artista pasa en Uruguay desde que pinta también en las orillas de la Polinesia y Australia.

Este artista uruguayo creció cerca del agua, en Mar del Plata. Su padre, médico, se había trasladado con la familia desde Uruguay para trabajar allí. Las primeras olas las pintó en los años 90. Vivía por entonces en Recoleta, Buenos Aires. En verano, pasaba largas temporadas en Punta del Este con sus primos de Uruguay. Su abuelo, Enrique Gomensoro, era uno de los que dirigía la emblemática casa de remates Gomensoro & Castells y estimulaba al nieto a involucrarse en el mundo del arte. A los 16 años Nicolás pintaba remeras Hering y las vendía a amigos y en la Rural de Buenos Aires. Sus primeros pasos más formales los dio con el maestro García Uriburu. De a poco fue desarrollando el oficio y marcando un surco con un tema pop y de naturaleza, como son las olas.

Hace más de dos décadas que Nicolás vive gran parte del año con su mujer, Soledad, en La Barra. Los inviernos solían pasarlos en California donde casi sin querer comenzó a exponer sus pinturas. Alternaban La Barra con Hawái. Desde Semana Santa a octubre se asentaban en el norte y el resto del año en Uruguay. Allí expuso muchas veces en el Haleiwa arts festival y en galerías de Honolulu. Con el tiempo cambiaron el destino de Hawái por la Polinesia. Allí se sienten más a gusto pues es una cultura menos occidentalizada, más tranquila. Todo sucede en el agua, dicen, un archipiélago pleno de belleza.

Asentarse en la Polinesia tuvo que ver con estar en el lugar adecuado en el momento justo. De paso hacia Hawái conocieron al dueño de los hoteles Meridien quien los contactó con alguien que quería abrir una galería de arte. Así fue como se establecieron en la paradisíaca isla. De modo similar, Nicolás fue conociendo gente muy importante del mundo del surf, como el dueño de Harley y el de Billabong, de quienes se ha hecho muy amigo. De ahí que también Australia se ha vuelto uno más de sus lugares fijos.

Ya es tradicional que en muchos campeonatos de distintas partes del mundo los ganadores se lleven una tabla pintada por él como premio. En general, el artista las pinta en los días que dura el campeonato. En muchos lugares se arman torres de madera en el agua para que el jurado pueda estar más cerca de la ola. Allí ubica el pintor sus bártulos y se pone a crear. Tanto en Australia como en la Polinesia las tablas son más accesibles para usar como lienzo. Hace cinco años que entrega al premio al ganador de Billabong Pro Tahiti. Han recibido una tabla con su nombre Mick Fanning, Ace Buchan y Jeremy Flores.

Sobre esa superficie combina palmeras inclinadas, el ritmo calmo del agua, la espuma blanca. A veces en color, otras en un enigmático gris oscuro. En algunas aparecen los clásicos tatuajes que mucha gente lleva en la piel en la isla de Gauguin. En Moorea, aparte de pintar, está vinculado a la protección de los corales y suele retratar también las granjas de perlas negras. En esas hermosas playas lejanas Caubarrere despierta la curiosidad de la gente sobre nuestras orillas esteñas: en su galería muestra cuadros de Montoya, El Emir, La Posta, La Brava, los médanos, la Punta, José Ignacio. Y, aparte de las obras, muestra videos de nuestras playas. A la inversa, en su atelier de La Barra hay pinturas de mares turquesas con el consecuente video de la Polinesia. En algunas semanas, las olas de Caubarrere estarán también en la nueva galería propia que estrenará en Australia.

Instagram @caubarrere

 

 

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