Nueva Orleans

Lo primero que viene a la mente cuando se nombra a Nueva Orleans es esa palabra: jazz. Parece que estamos viendo la postal: una banda vibra con sus dorados instrumentos en una colorida calle repleta de gente que baila y ríe. La tierra de los músicos tiene, sin embargo, mucho más para ofrecer, tan antigua y rica en su historia. Antes de la era del jazz, en el siglo XIX, confluyeron diversos grupos étnicos y raciales –franceses, españoles, africanos, italianos, alemanes e irlandeses– que traían consigo su forma de hacer y escuchar música y con los años fueron dando forma a este territorio a orillas del Missisipi. Imprimieron con su cultura el contorno arquitectónico, la forma de cocinar, de divertirse, de enfrentar las dificultades. A fines del siglo XIX el jazz emergió como una forma nueva y original de combinar el blues, el ragtime, el spiritual negro y el cancionero americano. Se trataba de algo muy vanguardista; emergió mucho antes de que se diera el boom en otras partes de Estados Unidos más avanzado el siglo XX.

El imaginario que me rondaba antes de pisar esta ciudad tenía que ver con esos instrumentos brillosos. En mi mente aparecían a su vez anchas calles arboladas con mansiones antiguas y un cierto aire vampiresco, probablemente por haber entrevistado a la distancia a la célebre escritora Anne Rice hace muchos años ya. Y estaba esa sensación de un viento violento, que dicen que un día arrasó con casi todo.

El antiguo hotel en el que nos alojamos era, increíblemente, tal cual lo que imaginaba con su aire aristocrático y rancio, sus columnas victorianas, su mobiliario de época, el piano de cola y un pavo real embalsamado. Para dramatizar aun más, la primera noche nos recibió con un apagón. Caminar a oscuras y en silencio hacia el restaurante tunecino que teníamos reservado fue una experiencia extraña. Un lugar pequeño, iluminado con velas y perfumado con azahares que mostró sus especialidades gourmet, pero también nos introdujo a la rica gastronomía étnica de Louisiana en la que siempre están presentes los camarones, algún picante y algún tipo de gumbo (guisado que se puede hacer con distintos ingredientes).

El hotel se encontraba sobre la calle St. Charles, una de las emblemáticas de esta ciudad, por donde sigue circulando un célebre tranvía de época. Un barrio muy tranquilo, de universidades. Enfrente se erige la Universidad de Tulane, a pocas cuadras la de Loyola, y casi enfrente del hotel, se aprecia la mansión que era propiedad de Sam Zemurry, creador de la United Fruit Company. Sobre este personaje ha escrito muy recientemente Mario Vargas Llosa en su novela Tiempos recios en la que reconstruye el golpe militar en Guatemala auspicidado por Estados Unidos. La casa hoy aloja a las autoridades de la universidad.

Allí sobre St. Charles se aprecia también el parque Audebon, creado en 1886, con su amplia variedad de árboles y plantas y un zoológico muy nutrido en uno de sus bordes. El acuario también forma parte de este complejo, pero se haya ubicado más cerca del Frenchquarter, a orillas del río. En ese acuario, aparte de todo tipo de peces, sorprenden seres de lo más extraños como caballitos de mar, estrellas, medusas, mantarrayas que piden ser acariciadas. Pero volvamos al barrio de las universidades, esta zona no muy turística y cercana a Magazine Street que se puede tomar en uno de los límites del Parque Audebon.

La calle Magazine abarca unos cinco kilómetros y es ideal recorrerla a pie o en bicicleta. Las casas de arquitectura irlandesa, con decks de madera, sostienen en muchos casos cientos de collares, así como también lo hacen los robles y los cables de electricidad, vestigios brillantes del pasado Mardi Gras, el pintoresco carnaval que se celebra cada febrero. En el Fat Tuesday, como le llaman, la gente desfila vestida de manera fantástica y rara, se ven rituales africanos, liturgia cristiana, carros alegóricos, mucho colorido, música, frenesí. El espíritu dionisíaco en todo su esplendor; este año toca el 25 de febrero. Si bien ese es el punto más alto del año, lo lúdico está presente todo el tiempo.

En la calle Magazine abundan los lugarcitos que invitan a entrar: desde galerías de arte muy atractivas a tiendas vintage, grifas de moda underground, casas de decoración, de antigüedades, de tarot, de lo que sea, todas con un gusto exquisito y único. No hay que dejar de probar el café con achicoria, una modalidad local de café más fuerte que se puede acompañar con las clásicas vignettes o beignets, que es un pastel dulce con azúcar impalpable. De tardecita se encienden los barcitos, salones de jazz y los pequeños restós para comer po’boys, un típico sandwich de NOLA –así es como se refieren a Nueva Orleans los estadounidenses–. Una noche, en un bar de esa calle, conocimos la música de una banda que tiene más de 30 años, y muchos de sus músicos integran el elenco de la serie Treme, sobre esta ciudad, que se puede ver en HBO.

Nueva Orleans es el hogar del jazz y tal vez los lugares donde más se vive la música sea en el Frenchquarter, que es la parte más turística y animada. Allí se toca en todas las esquinas, en todos los bares, todos los días. Los second line, son bandas que van tocando por la calle y la gente se suma bailando atrás, tal cual comparsa de Montevideo. En vez de tambores, estos instrumentos de viento doradísimos y poderosos. En las calles la gente muestra su arte, hay brujas tirando las cartas, sulkys tirados por mulas llevando turistas. Cerca del río está el Frenchmarket con su variedad de artesanías; allí encontramos los souvenirs más pintorescos: las muñequitas de vudú con su aguja incorporada. Las tiendas de ostras, un poco desabridas, no las recomiendo. Las calles Royal, Decatur y Bourbon son ineludibles. La calle Frenchmen, un poco más alejada, es una de las más conocidas por sus toques de rock, metal, hip-hop, folk y por supuesto, jazz. Estas zonas van mudando su piel: la arquitectura de las casas de la vieja población creole –descendientes de los pobladores coloniales de Luisiana– con sus balcones llenos de plantas y flores va cambiando cuando nos adentramos en los barrios de Marigny y Bywater. Allí nos encontramos con casitas más de estilo cottage, con sus porches y su distribución hacia atrás en el terreno. Sobre la avenida Esplanade, en cambio, volvemos a divisar las contundentes mansiones del estilo Lo que el viento se llevó.

Transitar por Esplanade en bicicleta hacia el City Park es una experiencia única. Ni que hablar llegar a este inmenso parque, más grande que Central Park, con sus robles añejos y sus varios puntos de interés. En City Park hay un jardín botánico muy agradable que tiene en su interior una especie de Nueva Orleans en minitaura, hay caimanes también. Pero lo que destaca es el parque de esculturas, realmente una joya. En medio del verde se aprecian obras de Leandro Erlich, hay dos maternidades, una de Henry Moore y otra de Fernando Bottero, hallazgos de escultores magníficos como Lynn Chadwick, la bellísima e inmensa araña de Louise Bourgoise, entre tantos otros desmadres. Uno se va de allí con la huella de un orden nuevo en la retina. Es absolutamente ideal recorrer este parque en bicicleta.

Un boliche muy interesante para visitar de noche es Bacanal, un bar al aire libre con lo mejor del jazz y un sistema gastronómico especial: al entrar hay una especie de almacén gourmet y uno elige el vino y el queso que luego le llevan a la mesa ubicada en el jardín.

En esta ciudad abundan los festivales musicales, públicos, gratuitos, donde se puede apreciar la rica mezcla étnica que vive en la ciudad. Es una oportunidad preciosa de vivir una experiencia muy rica, empaparse de música, conocer y tomar nota de esos nombres de talentos musicales que luego del viaje nos seguirán acompañando y haciendo recuerdo vivo de esta cultura única.

 

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