Cuando Günther Holtorf y su mujer, Christine, emprendieron la aventura de salir al mundo con su camioneta Mercedes-Benz 300 GD, la clase G tenía apenas 10 años. Desde entonces pasó más de un cuarto de siglo, 900 mil kilómetros recorridos y la visita a 215 países a bordo de “Otto”, como denominó Christine a la querida camioneta. Una travesía que en un principio duraría 18 meses y terminó durando 26 años, un viaje equivalente a dar veinte veces la vuelta al mundo.

A sus 77 años Günther recuerda el escepticismo que sentía en 1988 frente a la promesa y eslogan de Mercedes-Benz: “donde hay una G, hay un camino”. Pronto descubriría que era verdad.

Tras divorciarse de su tercera esposa, este hombre de espíritu inquieto decidió abandonar su trabajo en Lufthansa para realizar un viaje alrededor del mundo. Gracias a un anuncio que publicó en el diario Die Zeit conoció a Christine.

El tour comenzó en África donde estuvieron cinco años. Esporádicamente los acompañaba el hijo de Christine, Martin. El siguiente destino fue Sudamérica. Viajaban cargados pues no se alojaban en hoteles ni comían en restaurantes. En Argentina llegaron a recorrer 200 mil kilómetros. Siguieron subiendo por el mapa, cruzaron América Central, Canadá, México y Alaska. Dormían en la camioneta o en hamacas paraguayas. Cocinaban platos locales con una pequeña garrafa.

Parte del recorrido tuvo como participante también a un amigo de Holtorf, el fotógrafo David Lemke, que se encargó de dejar registro visual de la aventura. Lemke expresó que parte de la filosofía de Holtorf fue viajar sin tecnología, sin Facebook, ni Twitter, ni navegación satelital.

Conocieron todos los paisajes –desiertos, montañas, playas, selvas– y las situaciones más sorprendentes forman parte del anecdotario de esta troupe. Como todo, hubo momentos al límite con climas inhóspitos, puentes ridículos y peligrosos, lluvias e inundaciones que amenazaban con dejarlos varados. A pesar de la austeridad de recursos, contaron con la nobleza de la Clase G que se reveló como un gran vehículo capaz de soportar las peores condiciones.

Un gran número de repuestos que llevaba Günther consigo le permitió ir reparando el vehículo en situaciones críticas. El peor momento del viaje ocurrió en Madagascar, donde un terreno resbaladizo le jugó una mala pasada y terminó con Otto panza arriba, por lo que tuvo que ser enviado a Alemania para reemplazar la carrocería.

Al medio millón de kilómetros llegaron cuando atravesaron Kazajistán. Visitaron Siria, Irak, Afganistán y Turquía, para después recorrer el Caribe, Cuba, Reino Unido y toda Europa.

En 2010 el viaje tuvo un giro triste pues Christine falleció a causa de una enfermedad terminal. Antes de irse le pidió a Günther que continuara el viaje. Así lo hizo con su hijo Martin y la fotografía de su esposa colgando del espejo retrovisor. Continuaron el viaje por China y Corea del Norte. Pasaron por Vietnam, Camboya y Japón, estas últimas veces con el apoyo de Mercedes-Benz. El periplo terminó con la llegada a la Puerta de Brandeburgo de Berlín, Alemania.

Hoy día la aventurera camioneta Otto ocupa un sitial de honor en la sección de autos clásicos del Museo Mercedes-Benz de Stuttgart-Untertürkheim. A su vez será inmortalizada en el los Récords Guinness Mundiales. El final del memorable viaje alrededor del mundo coincidió con el aniversario número 35 de la Clase G.

 

 

 

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