Con el muralista español David de la Mano

“Atención: la percepción requiere participación”. La frase es del artista español Antoni Muntadas y se hizo a conocer en Uruguay hace muchos años cuando intervino con esta idea, literal, con grandes letras en fondo rojo, sobre la fachada del Centro Cultural de España de Montevideo. Una frase que queda brincando en la mente y que es bien pertinente cuando hablamos de arte urbano. Sucede todo el tiempo: vamos por la calle y nos encontramos con un mural, una frase, un disparador que, sin pedir permiso, acapara nuestra atención.

 

Montevideo se ha ido convirtiendo en una ciudad dibujada en alguno de sus rincones, revelando en muchos casos grandes talentos que encuentran en la vía pública el lienzo perfecto para expresarse. Algunas obras en la ciudad nos hablan de este tipo de creadores despegados cuya huella aparece y desaparece –tal es el destino del arte en la calle– dejando entrever, de todos modos, los caminos por los que va transitando su arte. Tal es el caso del español nacido en Salamanca, David de la Mano.

Tal vez alguien recuerde aquel mural en la terminal de ómnibus de la rambla portuaria, una obra que fue cubierta por pintura negra. O los lobos pintados en la excárcel de mujeres. De momento es posible apreciar la gran torre de agua con sus líneas en tres colores frente a los apartamentos de la calle Propios, en el barrio Buceo, el más reciente trabajo de de la Mano. Una tarea que realizó convocado por el proyecto Ciudad en Construcción, iniciativa de la arquitecta Mumi Sebasti. Frente a la plaza Gomensoro, en Pocitos, hay también obra suya: una gran imagen con pájaros negros y algunas expresiones en colores en uno de los muros de un edificio. Son varios lo murales que perduran de este artista (una escuela en La Teja; murales en el Prado, en el edificio de Sinergia, en la calle Montecaseros, en Pueblo Garzón) así como también otro tipo de intervenciones más pequeñas, pero no por ello menos poéticas. Como las baldosas recortadas que inserta en las veredas con agujeros o las sugestivas obras que surgen a partir de una grieta en un muro semidestruido. Es en este trabajo con la materia que se revela el origen de este muralista, que en realidad comenzó trabajando como escultor en piedra. De estar inicialmente trabajando cinco años en un solo proyecto en Salamanca –una pieza de 11 metros en piedra–, de la Mano fue volcándose más al plano, a las grandes paredes, concretando hoy día la pintada de fachadas de edificios de seis plantas en ciudades como Berlín en tan solo una semana.

Vale preguntarse qué hace este artista en Uruguay. Y aparecen dos motivos, aunque tal vez el primero pese más. En Uruguay encontró el amor. En segundo lugar, puede pintar en la calle sin demasiado problema. “No es un tema menor”, enfatiza el artista sentado en su taller, al que se llega subiendo unas escaleras, dentro de una antigua y amplia construcción de Ciudad Vieja. “Las penas por pintar en la calle van desde 10 años de cárcel en Irán si te pillan con el espray y la mancha; en Islandia es un año de cárcel al reincidente, primero va la multa. En ninguna capital de Europa se puede pintar ya”. Sucede que muchas de las ciudades europeas son Patrimonio Histórico y las paredes no se pueden tocar, aunque el dueño de la casa así lo quiera. Al viejo continente va todos los años a trabajar por encargo, a pintar esas súper fachadas de empresas importantes, y a participar en festivales. Las fachadas no son lo que más le gusta. Prefiere el gesto libre de plasmar su impronta en un lugar impensado. Tal vez una casa abandonada, plena de plasticidad en su interior. Y dejar su obra allí, como reina del silencio, apostando a sorprender a los desprevenidos. 

“Me interesa mucho lo de pintar en lugares abandonados, y eso de darle nueva vida a espacios que se dan por perdidos. El artista tiene esa capacidad de dar lugar a lo milagroso. Algo parecido sucede con la piedra. En Salamanca tenemos una piedra arenisca que es preciosa para tallarla. Y es mágico porque estas piedras están por todos lados y nadie les da valor. Ahora, uno la trabaja unos diez días y todo el mundo la quiere. Es lo que pasa también con esos edificios que van a demoler, nadie los quería y de repente adquieren valor. Es darles una nueva oportunidad”.

 Cuenta el artista que hace algunos años, en Montevideo, un grupo de muralistas pintó las paredes interiores de un convento que se iba a demoler, ubicado detrás de la sucursal del Banco República de la calle Minas. Una experiencia que se da con frecuencia en el mundo. En esa fecha en Berlín se hizo una experiencia similar; un banco que se iba a derribar fue tomado por un grupo de artistas para pintarlo. También en París se dio, en lo que fue uno de los eventos más recordados de arte urbano. En el distrito 13, había colas de hasta 10 cuadras para ver cómo pintaban las paredes de un edificio del siglo XIII y se registraba todo ese despliegue antes de la demolición. Con ese registro posteriormente se editó un libro.

“No creo la obra pensando que va a perdurar, con la fotografia las obras permanecen”, afirma de la Mano. “El muralismo de ahora está plagado de contradicciones. No me interesa pintar un mural de varias plantas porque no se puede borrar fácilmente, pero lo hago porque profesionalmente lo tengo que hacer. En mi ciudad tiraron un mural que pinté hace muchos años y la Escuela de Arte me pidió permiso para exhibir un trozo y allí lo tienen exhibido. Es algo que yo no haría, porque ya se destruyó y no es para que se mantenga en el tiempo. Por otra parte, pareciera que el muralismo hoy, por su relevancia, ha adquirido tal halo de respeto que pintar en la calle te da una legitimidad extraordinaria y nadie te lo puede tocar”.

De la Mano se adapta a las circunstancias. Trabaja normalmente solo, le lleva varios días una obra, por lo cual tiene que pedir permiso para disponer de una pared. En Uruguay usa andamios de hierro sin ruedas, pinta sobre tablones; en Europa, en cambio, cuenta con la ayuda de grúas. Su abordaje es directo: no dibuja, no marca contornos.

“Suelo pintar en negro, es una postura de entender la calle, no como un espacio para decorar. Tal vez caigo antipático, pero bueno, el arte es incómodo. Ahora he incorporado el color. Esa posición cerrada que tenía con el negro me hacía estar muy poco sensible a lo que entendía pasaba en mi entorno, entonces abrí un poco el espectro, metí algún gris y algún rojo. Mi intención es hacer conciencia. La calle no es el museo ni la galería. Quien ve la obra en la calle es gente que no va al museo, que no le importa un pimiento el arte”.

Es interesante ver cómo las figuras humanas tan típicas de este artista, que siempre aparecen en grupo, en grandes movimientos, muchas veces circulares, fueron de a poco incorporando raíces. Para construir su imaginario se interesa por las cosas, y de acuerdo a las sensaciones que va teniendo construye su discurso. “Las raíces son las nuestras, nuestros recuerdos, nuestra memoria, es por lo que me he preocupado, lo que me ha interesado y luego se ha visto reflejado en la obra, salen directas”, explica.

De la Mano insiste en que lo más importante es apropiarse de la ciudad y convoca a que todos nos involucremos en esa actitud de cuidado y aporte en lo que sea. “La ciudad es de todos, haz lo que sea, que no sea solo un decorador el que se ocupa de ella. Ves una grieta, pon ahí tus cosas, hazla tuya. Parece que muchas veces no se la respeta porque tampoco se la siente como propia”.

Casi sin darnos cuenta volvemos al principio: Atención, la percepción requiere participación.

Malena Rodríguez Guglielmone

 

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