Fiqui García

“Cuando navego lo que más siento es la sensación de libertad. Esa comunión con los elementos, la naturaleza, el viento, el agua y la sensación de que podés ir a cualquier parte. Y cómo puede cambiar todo en dos segundos. Podés estar en una cosa divina y de golpe pasar a la locura más grande que puedas imaginar. Es como la vida”.

Fiqui García descubrió su amor por el mar y los barcos siendo muy joven, cuando aún no había navegado. Su entorno estaba lejos de la navegación: un padre músico y una madre dedicada al ballet parecían mostrar el camino por otro lado. Su amor por el agua, sin embargo, era patente. A los 16 años sintió el impulso de construir un barco. Se anotó en la UTU y se puso a trabajar en la carpintería que había en la esquina de su casa, en el Prado. Así empezaba a vincularse con ese mundo, con los “bichos” de madera. Ese verano se juntó con sus amigos en Valizas y construyó su primera embarcación, una chalana. Era un bote de cuatro metros y medio que le permitió vivir de la pesca por un buen tiempo. Su aprendizaje recién comenzaba. Después de estudiar en la UTU se instaló en el astillero de Manuel Rosendo, en el Buceo, donde hizo migas con un viejo carpintero español, también de nombre Manuel, que lo eligió como aprendiz. Eran épocas en que los oficios se cuidaban mucho. Nadie regalaba su saber así como así pero este señor, Manuel, que tenía 85 años, decidió abrirse y encontró tierra fértil en aquel joven inquieto e inspirado. “Era el lugar donde te formabas”, cuenta Fiqui. “Era el único astillero que había, fue una época de auge, se hacían barcos para fuera del país. Los que estamos hoy aprendimos ahí”. Este señor mayor venía de trabajar en España con su padre donde había empezado a los ocho años. “Manuel me enseñó mucha cosa –recuerda Fiqui–, nos íbamos al mediodía a mirar los barcos por el varadero en el Buceo, y él me decía: ‘vamos a descubrir errores’. Fue él quien me enseñó a mirar. A él le gustaba trabajar conmigo. Miraba y decía: ‘ahí hay un error’”.

Desde entonces Fiqui no paró más de hacer barcos. Vivió varios años en la paz de Valizas donde construyó chalanas para pescadores. Luego llegó el amor, Elena, que era maestra, y juntos formaron una familia. Se radicaron en Playa Verde y en ese pequeño pueblo costero instaló su carpintería; allí construyó barquitos, chinchorros y algún catamarán, a la vez que hacía otro tipo de trabajos en madera. En algún momento empezó a sentir la falta de espacio y la necesidad de un cambio. La oportunidad no se haría esperar. Se dio que en Piriápolis se estaba formando la escuela de vela del Argentino Hotel. Esto generó un cierto movimiento y la necesidad de contar con un taller en la cercanía para reparar los barcos. Fue entonces que Fiqui pudo decir: “no hago una sola ventana más y me dedico solo a los barcos”. Desde entonces se radicó en Piriápolis. Ubicado detrás del Argentino Hotel, el astillero es una amplia y antigua construcción que alberga trabajos en curso y herramientas de todo tipo. La carpintería de ribera es un oficio que se está perdiendo, dice Fiqui: “hay demanda porque somos muy pocos los que hacemos este trabajo. En el Buceo quedan un par de carpinteros, luego estamos nosotros”.

En medio del recinto hay un gran velero antiguo, de madera. Pertenece al argentino German Frers. Es de 1942 y lo están restaurando. Muchas veces da más trabajo restaurar que construir un barco de cero. Mientras que la restauración puede llevar un año, construir uno nuevo puede tomar un año y medio.

“A mí me gusta toda la parte de la construcción, cuando empieza a aparecer el ‘bicho’.

Empezás a poner las piezas y agarra forma. Se va curvando la madera con calor y se van enfrentando los distintos desafíos que plantean los planos hechos por un ingeniero. Increíblemente gran parte del trabajo en un astillero corresponde al lijado”. No en vano grandes rollos de lija reposan sobre las mesas; el lijado de la parte exterior puede llegar a ser el 80% del trabajo. Todo es muy artesanal, muy manual. El casco debe quedar liso, perfecto para aprovechar al máximo la hidrodinámica, para que navegue mejor. Cuanto más se pule el exterior mejor forma tiene, y menos roza, por ende, fluye mejor.

Cuando está pronto el barco, Fiqui y sus colaboradores salen a probarlo. Cada barco navega distinto y navegar un barco de madera, antiguo, es un placer especial. Se vive como una elegancia muy particular. Desliza por el agua y suena diferente, flota. También huele distinto, el sol pega de otra manera en sus superficies. Y sus formas… ahí está la magia. Cuando prueban los barcos le prestan atención a todo: cómo navega, cómo forma la vela, cómo suena, cómo corta el agua. Es que cuando se tira el barco al agua, ahí es el momento de la verdad.

En Piriápolis no funciona más la escuela de vela del Argentino Hotel pero, de todos modos, es un buen puerto de trabajo. Tiene buena profundidad, se dispone de una máquina que saca todo tipo de barco y hay muy buen nivel de mano de obra (herreros, mecánicos, pintores, fibreros, etc.). La llegada de extranjeros experientes también genera nuevos conocimientos, la plaza se va aggiornando. Hablamos de gente que está de paso hacia el sur, franceses, personas vinculadas al turismo. También en Piriápolis está el Polo Educativo Tecnológico Arrayanes donde se está enseñando carpintería de ribera.

El astillero de Fiqui reparó el barco inglés que el año pasado, en ocasión de la regata Clipper, chocó contra una ballena. Aparte de trabajar con particulares también se está enfocando en la docencia. Arma talleres semanales a lo largo de un año para enseñar a hacer barcos.

¿Qué es lo que más disfruta de su actividad? Todo, dice, es un combo. “El desafío de cuando aparece el plano y empezar a dibujar… hay toda una parte de llevar los planos a la escala real que se hace necesario dibujar. Me gusta cuando empieza y cuando termina el trabajo, después de que está todo resuelto”.

Uno de sus desafíos ahora es construir un Finkeel, un tipo de barco diseñado en Francia en 1925. El Yacht Club le pidió a un diseñador francés que construyera este barco para el Río de la Plata y así fue como se compraron diez de este tipo. En la parte exterior del astillero reposa un viejo Finkeel esperando a que lo reparen. “Estaba tirado en Paysandú, lo trajeron a Punta del Este, ahí lo empezaron a armar y lo dejaron por la mitad. Me lo traje porque quiero algunas partes de este barco, la quilla, la sobrequilla. Lo demás no sirve para nada. En estos veleritos aprendió a navegar todo el Uruguay. Es un barco lindo, es un clásico. Vamos a hacer uno con el mismo casco y toda la tecnología de ahora, laminado”.

Otro de los proyectos es fabricar un Day Sailer (Vela por el día). Es una embarcación fácil de trailear, ideal para los clubes de Montevideo (Acal, Nautilus) y clubes de la costa, pero también para navegar en la Laguna Merín o el Río Negro. “Encontramos a alguien que podría estar diseñando esto y nos parece que estaría bueno para todo el Uruguay, para los espacios de agua que tenemos, donde se podrían formar escuelitas de vela. Son barcos no muy grandes, de cinco a seis metros y la idea es fabricarlos. Que sea un barco seguro, divertido, liviano, fácil de manejar, de subir y bajar y que sea relativamente económico. Que cale poco (el calado es lo que va de la superficie para abajo) y que tenga una cabina para poder pernoctar. Son cosas difíciles de reunir, pero se puede llegar a lograr. La idea es que, si estás en Montevideo y se te ocurre organizar una regata en Florida o Treinta y Tres, poderlo llevar”.

No faltan las ganas de generar movimiento al interior del país, que se organicen escuelas de vela, que se puedan organizar regatas. El tema de los gastos vinculados a tener un banco, sin embargo, no es menor. “Debería fluir de otra manera para facilitar la náutica”, se lamenta Fiqui. “En otros países esto se explota mejor, se generan fuentes de trabajo, movimiento. Hay mucha gente que ama navegar y que lo hace con sacrificio”.

Más allá del esfuerzo económico, es una actividad demandante. Navegar es una experiencia intensa que requiere toda la atención. Es una instancia muy particular en la convivencia de grupo también. “En 10 días podés llegar a conocer a una persona con una profundidad que te puede llevar toda una vida fuera del agua”, afirma. “Ves lo bueno y lo malo de alguien en muy poco tiempo. Es clara la dinámica del grupo. El que no conecta queda aislado a los diez minutos. Ves quien sirve, quien no, es increíble. Otro aspecto muy interesante es que dentro de un barco no hay cabida para las mentiras. El tipo que miente te das cuenta muy rápidamente. Por eso es necesario el tema de las jerarquías. Que haya un capitán. Aunque hay buenos capitanes y malos capitanes. Eso también es increíble. En el agua hay otro tiempo también, el tiempo de la navegación, el de las tareas. Y algo que es bien claro es que cuando el barco va bien eso se siente. Te lo da la navegación y el oficio: conocés las tensiones, los esfuerzos, te das cuenta si tenés mal puesta una vela. Por el sonido en un barco podés saber todo lo que está pasando”.

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