En Busca del Hombre a Caballo

Durante una década Luis Fabini recorrió América visitando estancias, ranchos y pueblos en países como Chile, Brasil, Uruguay, Ecuador, México, Estados Unidos y Canadá. Allí buscó el acercamiento con su lente a los gauchos, esta especie humana que vive en comunión con su caballo y la naturaleza, que tiene una particular forma de entender la vida y que está en vías de extinción. Integrándose a sus rutinas, Fabini pudo conocer a cowboys, charros, llaneros, chagras, chalanes, huasos, gauchos, pantaneiros, vaqueiros y baqueroos, todas estas distintas formas de llamar al gaucho en las variadas culturas. El resultado es un libro, Cowboys of the Americas editado en inglés y en alemán, y una experiencia enriquecedora e inolvidable que lo llevó a sus raíces y a un mejor conocimiento de sí mismo. Sobre ese viaje se explaya en esta nota que conviene complementar con una vista al Centro Cultural de España que desde mediados de marzo exhibe su muestra Vaqueros de América.
 ¿Cómo es que se generó ese amor hacia el gaucho?

El gaucho fue desde niño parte de mi vida. Y en una de mis meditaciones, luego de tres años de práctica de zen, quería hacer algo desde el corazón, algo que tuviera que ver conmigo. En esa búsqueda de raíces apareció el gaucho en mis ensueños. Las primeras imágenes que recuerdo curiosamente no son de mis padres sino con gauchos. Es ver los facones brillando en el fuego, el olor a carne chamuscada, el olor a los caballos, ensillar de noche, las manos de los tipos, las caras arrugadas, el diálogo parco que se iba desarrollando a medida que el sol salía. Y dije ta, esto es para mí. Con esa idea fija salí. Con 20 dólares en el bolsillo, a dedo, a Salto, el día de mi cumpleaños, el 13 de enero de 2003, un día de calor imponente. Fui de estancia en estancia haciendo fotos, armé un portafolio y así empezó. Estuve dos años sin un mango tratando de darle la vuelta, viendo cómo hacer para laburar. Cada vez que tenía una oportunidad me iba al interior, como fuera. Hasta que después conseguí una beca y me dediqué a full. Fotografié gauchos durante dos años en todo el Uruguay, hice 80 mil quilómetros. Iba solo, a veces con mi hija que tenía dos años. Me di cuenta de que el gaucho que yo estaba buscando quedaba al norte del Río Negro, el gaucho auténtico, el de bota de cuero. Y un día que estaba en la frontera me encuentro con un gaucho de setenta y pico de años, tomamos mate, le pregunto quién es el gaucho y me dice: “el gaucho es la tierra que pisa”. Y ahí dije “guau, esto no es Uruguay, esto es América. Voy a recorrer América en busca del hombre de a caballo, el hombre en simbiosis con la tierra y con el animal”.

¿En esos primeros tiempos qué te fue enganchando?

Ya estaba enganchado, de arranque. Soy como un perro, no largo el hueso. Esto era una idea mía, era algo en lo que tenía que profundizar y yo iba a tener la perseverancia necesaria para llevarlo adelante. De alguna forma me había ido reconstruyendo a mí mismo después del zen. Había pasado un momento existencialista muy fuerte, siempre fui un tipo con un insight importante. Por eso me fui tres años con un maestro zen. Viví con él en Brasil, fui seis veces a Japón, Argentina, Francia, estuve en monasterios, templos. Me transformé en su asistente, en su traductor. Él hablaba un inglés malo y yo lo traducía al español, al francés o al portugués. Fue el padre espiritual que elegí, un japonés chiquito, una roca. Un tipo con una compasión sin límites. Me ayudó a verme a mí mismo. Me llevé muy bien con la impronta zen minimalista.

¿Cómo es esa impronta?

Yo siempre fui muy caótico pero muy austero y el zen, principalmente japonés, es muy minimalista por eso me atrapó. La práctica zen es respirar bien, tener la postura adecuada para meditar, estar en silencio, es ayudar en la cocina, limpiar los baños, ayudar en la quinta. Son cosas básicas que te exigen estar presente. Esa es la práctica. La vida en el monasterio para mí al principio fue un infierno. El primer día que llegué me peleé con todo el mundo, conmigo mismo en primer lugar. Viví un infierno los primeros meses hasta que empecé a calmarme un poco. No fue fácil.

Es interesante lo que decís de la limpieza.

La práctica zen es como una máquina de lavar ropa, lavás, lavás, lavás. Y los pensamientos pasan y pasan, nunca se terminan. Obviamente, somos humanos. Lo que te ayuda del zen es a no sentirte tan identificado con esos pensamientos, a que no te dominen tanto. Te ayuda a descubrir un lugar internamente, en el cual, pase lo que pase, vas a estar con una cierta paz. No tan pegado a todo lo que te está pasando, ya sea algo de tu familia, de la televisión, de la guerra, de lo que sea. La tendencia es a que todo lo de afuera te afecte, esto es lo contrario.

¿Cómo influye esta actitud en tu rol de fotógrafo?

Disciplina total. Y una austeridad en los recursos. No me gusta tener muchos equipos. A veces cuando estoy sacando fotos a caballo voy con un lente fijo y chau. A veces pasan meses con un lente fijo. No me interesa la técnica ni el equipo aunque claro que tengo mi equipo. Un fotógrafo es un cazador y tengo la herramienta necesaria. Mi método se fue haciendo solo, es una aproximación intuitiva. Cuando me acerco a fotografiar trato de igual forma a una persona, a un animal, a una montaña o a un árbol. Siempre es una colaboración. Me voy aproximando emocionalmente y técnicamente sin pensarlo. No me saca energía el tema técnico. El vínculo con la gente es lo que te da satisfacciones: una sonrisa, el disfrute, los problemas, las coincidencias, la vida.

¿En qué consiste la disciplina de trabajo?

Es con uno mismo. En mi caso es estar enfocado con lo que estoy haciendo. Mi rutina es no tener rutina. Es estar presente. Por ejemplo, voy a Ecuador a fotografiar chagras, el gaucho local. En Ecuador hay 12 etnias, el ecosistema cambia mucho: selva, bosque, montaña, costa. Todo en muy poca distancia, todo muy rico y diverso para un fotógrafo. Pero yo estoy haciendo chagras. Si me dejo llevar por otras cosas… me pierdo. Quizás ahora ya no tanto, tengo 52 años, tengo la práctica, me siento más liberado en ese sentido. Cuando fotografié Vaqueros de América, durante ocho años fue lo único que fotografié. No podía fotografiar otra cosa, no me nacía. Después de a poco empecé a fotografiar otras cosas, me interesaron unos niños que vi en unas escuelas rurales, y hoy con mi pareja, Heidi, estamos haciendo autorretratos. Al principio pensaba que era una porquería, tenía prejuicios con eso, y a la semana nos sacamos fotos juntos y ahora me encanta, me motiva, me divierte. Y eso es lo que tiene que provocarte el trabajo. Te tiene que divertir, motivar, empujar. Sobre todo te tiene que ayudar a mantener una mente abierta. Ese es el desafío. Una mente que duda de sí misma, de esas certezas que en algún momento funcionaron pero que con el tiempo evolucionaron y se cayeron solas. Porque nada se mantiene, todo es movimiento. Lo que antes pensabas que era buenísimo por ahí ahora no importa tanto en tu vida y lo que prima es la mente abierta.

Hablemos de los vaqueros, huasos, gauchos, chagras… ¿Qué tienen en común?

El hombre de a caballo es orgulloso. Ve el mundo desde arriba porque está subido al caballo y ve más lejano también. Eso te da otra visión del mundo y de ti mismo. Te da una cierta independencia de criterios. Son tipos de pocas palabras, que no les gusta discutir. Hay gente que piensa que los gauchos son cortos y no es necesariamente así, me parece que simplemente no les gusta discutir. Si discuten, sacan el cuchillo. Por eso se abren. Yo lo viví. Están acostumbrados a vivir en soledad y eso te da una introspección diferente. Son filosos, les gusta la viveza, les gusta ponerte una piedrita y se ríen. En las ruedas del mate siempre hay algún chiste. También el medio en el que viven que es medio animal, el animal más fuerte es el que sobrevive y eso se traduce en su forma de ser.

 En los últimos años la llegada de la tecnología, de leyes sociales más fuertes, han provocado cambios en la idiosincrasia del hombre de campo. ¿Eso se ve en toda América?

En todos lados. Se va adaptando, hay cosas que se van perdiendo… Hoy día ser un gaucho en Uruguay, un cowboy en Canadá, un chagra en Ecuador, más que nacer, lo elegís. En Canadá estuve en el Douglas Lake Ranch fotografiando, es el rancho más grande, 600 mil hectáreas, 25 mil cabezas de ganado, 50 cowboys trabajando, dos equipos, uno en el norte y otro en el sur… Jefes de 40-45 años pero todo el resto eran pibes entre 19 y 25 años que no habían nacido ahí. Elegían ser cowboys a pesar de que un cowboy en Canadá gana 2.000 dólares por mes. Ganar eso en Canadá es como ganar 300 dólares acá.

 ¿Son menos auténticos los hombres de a caballo norteamericanos que los del sur de América?

El cowboy norteamericano desciende de cowboys mexicanos que iban subiendo llevando ganado para el norte. En algunas partes de Estados Unidos se los llama baqueroos y se visten de forma diferente, más españolizados, con sombreros de ala chata. Creo que igual, debido a nuestra idiosincrasia y la forma en que se vive en nuestros países, se puede decir que el latinoamericano es más auténtico, más real, porque no tiene otras oportunidades. A pesar de que ahora el gaucho maneja su motito, acá no hay mucha infraestructura. Todavía creo que se sigue pidiendo posada, existen los andantes, esos de los que hablaba Artigas, que habla Manuel Vidart. Si hay una yerra o un laburo se quedan un tiempo y luego se van. Son los protagonistas de mis fotos, pero no sé si quedan muchos. Yo los fotografié en 2005-2006, agarré ese momento bisagra, cuando la forestación estaba por empezar a desplazarlos. La llegada de las motos, Internet, el celular, agarré justo ese momento. Estoy seguro de que todavía hay gauchos, bolsillos de tradición, tipos que están fuera del sistema, pero hay cada vez menos.

 

 

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