Hugo Fattoruso

Y para terminar 2019 convocamos a una nueva sesión de fotos en el estudio de Luis Sosa. Entre el lente de la antiquísima cámara y el fondo gris plomo: Hugo Fattoruso con su acordeón. Los ojos cerrados, sus dedos bailando sobre el teclado. Los acordes suenan y él está en su mundo, a kilómetros de distancia. Mientras, todo se prepara para tomar la primera imagen. “Hugo, quedate quieto”, suelta Luis. Aun no le hemos escuchado la voz. Aguarda paciente en su plano y acata las órdenes. Mira atento, levanta las cejas, no responde a los comentarios de los fotógrafos que por momentos lo rodean, lo flashean desde aquí, desde este otro ángulo. De pronto cruza los brazos sobre el instrumento y posa su mirada azul en la cámara estrella, la que utiliza la técnica de 1850 de colodión húmedo. “No te muevas por favor. No te muevas. No te muevas”, le dicen. “Ya está”. Aunque en realidad es una breve pausa porque volverán a intentarlo. Hay que tener paciencia; no en vano es un método de 1850, lo que vino después del daguerrotipo. En el medio vuelve la música, Hugo retorna a su juego. “Ahí, no te muevas”. Las manos petrificadas, los ojos atentos, las notas suspendidas, detenidas, esperando. Los minutos pasan. Predomina el gesto, el silencio. De golpe la música arranca otra vez, la escena cobra movimiento y salen flores del instrumento.

Tenés un vínculo bastante estrecho con la fotografía, ¿cierto?

Un poco. En una época hice algunas fotos para tapas de vinilos, para el sello Music Hall de Buenos Aires. Una tapa era del capo Osvaldo Pugliese, los bailarines eran amigos míos. Fuimos de mañana a San Telmo a sacar fotos en calles típicas empedradas y ellos hacían que bailaban, ninguno de los dos sabía bailar. Pero bueno, esa fue una foto. Y fue virada en un tono azul. Luego me hicieron hacer un trabajo de cumbia al amanecer. Ahí fue un grupo de seis o siete chicas y chicos y fuimos a la costanera a sacar. En otra ocasión hice unas fotos para Billy Bond y su grupo.

¿Y en los viajes sos de sacar muchas fotos?

Sí, me encanta. Le mando a mi suegra la que quedó bien. Saco fotos que no sean escenas que vemos todos los días. Aquí en Uruguay hay unas cuantas: personas, esquinas, puertas, los mármoles de las entradas, las arcadas de las casas de los años 30, 40 o 50. En los viajes es donde fotografío más. En Japón sacamos mucho en los restaurantes, los menús, ese tipo de cosa.

¿Por dónde va tu fascinación con la cultura japonesa?

Lo que te conquista es la sociedad japonesa. Es muy organizada, muy diligente, muy amable, muy considerada. Están siempre un paso adelante tuyo. Ya fui 20 veces. Este año fue la gira número 13 consecutiva del dúo Dos orientales con Yahiro Tomohiro, mi compañero de dúo. Él habla bien español, se crio de los 2 a los 13 años en Palma de Gran Canaria, así que eso facilita mucho. Albana, que ha ido en los últimos siete viajes y que participa un poco en el dúo, toca dos o tres temas, ella lee un poco y con esa ayuda nos movemos bien en el metro y con los menús. Lo que te fascina de Japón es la gente. No sé cuál es el adjetivo, es gente muy fina.

 

¿Ellos vinculan la espiritualidad con la belleza?

Pienso que es una sola cosa.

¿Hay algo en la creación con Yahiro que te da algo distinto a lo habitual?

Él es un muy buen percusionista y un gran arreglador. Un percusionista no solo hace ritmo –chiqui chiqui chiqui chiqui chiqui–. Yahiro tiene una paciencia muy especial y graba todos nuestros recitales. Él graba y después va y escucha, y modifica un golpe, una entrada, una salida. Tiene una paciencia y dedicación destacables. Lo que él hace para la música que nosotros tocamos, yo diría que es medio genio. No es que haga ritmos solamente, es parte de la composición.

 

¿Qué te llevás cuando viajás a Japón?

Una valija vacía con otra adentro. Porque siempre traemos cosas, las compras nuestras son en el supermercado. Llevamos yerba porque Tomohiro toma mate. También mates con bombilla de regalo, sin yerba, para dejar en cada lugar que vamos. Llevamos música de Uruguay: Zitarrosa, Eduardo Mateo, La tríada, Jaime Roos, por ahí. Para las señoras, algo bien uruguayo, generalmente de Manos del Uruguay. Dulce de leche, adobo, eso siempre. Y allá todo el mundo te regala algo. Les decimos: por favor, no tenemos lugar.

En este mismo estudio entrevistamos a Ida Vitale hace un tiempito y hablamos con ella de cómo le ha influido la música en su manera de escribir. ¿Qué otro tipo de arte te influye a ti?

Me sensibiliza una serie de cosas. La palabra escrita, el paisaje… La música en sí me mantiene en un estado sensible. La música mía y la que no lo es.

 

¿En qué formato escuchás?

En Internet, hoy día facilita mucho acercarse a cosas que antes era absolutamente imposible. A mí me encanta la música folclórica, la regional. La ciudadana no me interesa. Antes, ¿cómo diablos conseguías eso? En un momento salió esto de World Music. Ibas a las tiendas y tenías diez CD de World Music.

¿Tipo Putumayo? ¿Música de Cabo Verde, por ejemplo?

¿Cómo sabés de Cabo Verde? De ahí sale el samba brasilero. Cabo Verde: insuperable.

¿Y qué otra música regional te gusta?

Música de los Balcanes. De Bosnia. Es infinito, no puedo nombrarte. Es más infinito lo que desconozco. Hay una música tiene más de 5.000 años de existencia, Gagaku, música de la corte de Japón. Hay tradicional y contemporáneo. A mí me gusta el tradicional. Lo recomiendo. La música de los países árabes. No sé cuántos países árabes hay. Tenemos música de Siria, de Argelia, de Marruecos, de Kuwait, de Arabia Saudita, de Irak, de Irán. Fantástico.

 

 

¿Comparten el sistema musical occidental? Porque en la India, por ejemplo, es completamente diferente.

Muy diferente. En Japón no es parecido a nada. Es una locura. Yo le pedí a una amiga que toca en grupo una partitura de Gagaku y cuando lo vi pensé: ¿cómo tocan eso? No entendía nada. No es un pentagrama común, la partitura no tiene ni pies ni cabeza.

 ¿Cómo es el momento anterior al escenario?

Entro muy confiado porque confío en lo que estoy llevando, eso me da tranquilidad. Cuando me llaman de apuro y tengo dos días para estudiar ahí sí me pongo nervioso porque no estudié lo suficiente por falta de tiempo. Hay música difícil; a veces necesito unos días más.

¿Te llevás sorpresas según con quién compartís el escenario?

No, si pasa algo imprevisto lo tomo como natural. Un trío, un cuarteto o un quinteto, tiene ensayo. Varía cuando el músico tiene su espacio para improvisar. No sé si el público en general sabe bien lo que es, pero la improvisación no es tocar cualquier cosa. Hay reglas, hay límites y una armonía a seguir. Se improvisa sobre un esqueleto armónico, sobre una forma. No es que tocás cualquier cosa.

¿Cómo es trabajar con Albana?

Yo me siento muy orgulloso de lo que hacemos con HA Dúo. Ella tiene un motor… es una locomotora por sí sola. Aporta algo fantástico. Lo que hacemos con ella es alta costura, y me encanta presentar el trabajo nuestro. Es un trabajo muy sincero. Si nos invitan a tocar en un festival de jazz, tenemos material para eso. A veces tenemos una audiencia equis y no tocamos ese repertorio porque no es el adecuado. Tocamos muchas versiones de autores que elegimos, coterráneos. Eso nos llena de alegría. Vamos eligiendo el repertorio según donde vamos a tocar.

 

¿Has estado en Nueva Orleans?

Sí, varias veces. Pasábamos de camino de Florida a Los Ángeles. Parábamos a tomar café con chicory, a comer beignets. También toqué allí. New Orleans es fantástico porque es otra América. Conocés lo que es second line, los entierros con música y baile. Llevan el cajón y van tocando. Es otro África.

 

 

¿Qué planes tenés a mediano plazo en Japón?

Ya están hablando de 2020 y 2021 porque son los 100 años de relación entre Uruguay y Japón y el embajador quiere traer a Tomohiro. Él es muy hincha de Dos orientales, nos vio en Japón. La anterior embajadora, Keiko Tanaka, se involucró tanto con Uruguay y con nosotros que la llevamos a C10180 y dijo, quiero tocar el chico. Ella toca piano, y estudiaba guitarra con mi hijo, Francisco, y tiene la camiseta de los Rolling Stone con la lengua. Es una genia, entonces Keiko aprendió a tocar el chico y desfiló tres veces con la 1080. Son unos amores, no se puede creer. El embajador, hace fila, paga la entrada. “No, estás invitado”. “No, de ninguna manera”.

¿Qué vas a hacés en verano?

Planificar y ordenar, hay unos cuantos toques… Sale Jaime [Roos] el año que viene, ya me invitó. Desde mayo tenemos ensayos. Jaime por ahí, Dos orientales ya hablamos, tenemos las fechas…

Cuando decís “tenemos que ensayar” hasta parece raro. Como que uno se imagina, con ingenuidad, que te sale todo naturalmente.

Claro que hay que ensayar. Y con Jaime… fuaa… Es muy perfecto. Es una loa, una loa a su sistema.

¿Vos tenés un sistema?

Soy un poco laxo. Lo que manda ahí es la música. Yo le doy al músico el tema, las partituras, te grabo para que puedas practicar en tu casa, tranquilo. Pero marco ciertas cosas: “esto es así”, “no, por ahí no”… Pero lo dejo al músico. Jaime tiene una idea muy clara de lo que quiere y también da un cachito de: “poné algo”. Lo de él es bien estructurado, pero hay espacio.

¿Te cambió en algo recibir el Grammy? ¿Al menos en términos prácticos?

Con todo respeto, muchas gracias por haber considerado mi trabajo. Acá en Uruguay estoy en la fila de los que pueden llevar esa mención. Me tocó a mí, muchas gracias. Pero en lo práctico no cambió nada. Más gente me saluda. Porque han leído o no sé. Acá recibo mucho cariño en la calle. Me dicen: “Hugo, tal cosa”. Otros: “Osvaldito, esa batería!”. Y yo les digo: “Opa, ¡vamo arriba!”.

 

 


 

¿Cómo llegaste al budismo? 

Conocí el budismo de Nichiren Daishonin por María de Fátima, con quien estuve casado ocho años y de nosotros nacieron Francisco y Luanda.

¿Por qué es importante para ti?

Cambió mi vida toda, conseguí salir de las penumbras. Sin este conocimiento podría decir que no sé qué sería de mi existencia. Es vital para mí.

 

Fue hace mucho tiempo. Estaba tocando en un hotel de Chicago. Piso 42. Febrero. Nieve. Frío polar. El viento hacía chiflar las ventanas. Se le acerca un hombre y le pide un tema bien romántico pues quería reconciliarse con su mujer.

-Hay una balada que fue con la que nos conocimos con ella, pero no creo que usted la conozca… Es de un tal Fattoruso y se llama Your star.

-Ah, sí, la conozco.

-¿La puede tocar?

-Sí, sí.

La tocó, la pareja bailó feliz, ensimismada. La balada surtió su efecto.

“¡El tipo no se dio cuenta de que era yo!”, dice. Nunca le dijo que él era el autor.


Compositor, arreglador, multi instrumentista y vocalista, Hugo Fattoruso es una figura clave en la historia de la música contemporánea latinoamericana. La más importante, dijera Spinetta. Nacido en Montevideo en 1943, desarrolló una intensa carrera solista previo paso por diferentes bandas que lo marcaron como Los Shakers, Opa, Barcarola, Grupo del Cuareim, Los Pusilánimes, La Escuelita, Trío Fattoruso, entre otros. Ha tocado durante años junto artistas de la talla de Chico Buarque, Jaime Roos, Milton Nascimento, Ruben Rada, Djavan. En los últimos tiempos alterna sus presentaciones con el Trío Oriental, HA Dúo, Quinteto Barrio Sur, Dos Orientales y como solista. En 2019 recibió el Premio Grammy Latino a la Excelencia Musical.


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