La historia de Michelin está íntimamente ligada a la potente dupla productiva de dos hermanos parisinos que supieron ver mucho más allá de la creación de neumáticos. En 1886 Edouard Michelin tenía 27 años y era un artista viviendo en Montmartre, cuando su hermano mayor, André, que era ingeniero, lo convenció de ocuparse junto a él de la empresa que había fundado su abuelo materno. El emprendimiento ubicado en la localidad de Clermont- Ferrand, a más de 400 kilómetros de la capital, estaba fundiéndose y los hermanos se abocaron a rescatarlo. Se trataba de una fábrica de caucho y maquinaria agrícola que había sido fundada por su abuelo Aristide Barbier en 1830. Sobrevivía elaborando y vendiendo válvulas, mangueras de agua y gas, juntas y correas.

Los hermanos pudieron sacarla adelante gracias a dos grandes aciertos. Primero explotaron la venta de pelotas de goma, un producto que tenía cierto éxito y que impulsaron aún más gracias a un fino trabajo de visitas periódicas a clientes y de búsqueda de nuevos consumidores. Otra innovadora idea fue la de aplicar caucho en las pastillas de freno de los carros tirados por caballo. Patentaron esta innovación con su apellido y la presentaron al mundo en la Exposición Universal de 1889 (mismo año en que se terminó de construir la Torre Eiffel). Se diferenciaba de las tradicionales confeccionadas en hierro porque eran silenciosas y por ello los pasajeros las comenzaron a elegir.

Pero la gran oportunidad se presentaría en el mundo del ciclismo. Del 6 al 9 de setiembre de 1891 se corrió la memorable carrera París-Brest-París, una competencia de más 1.200 kilómetros y más de tres días de duración. Estas jornadas quedaron en la historia de la movilidad mundial porque fue cuando se dio la presentación en sociedad del primer neumático Michelin. A esta novedad llegaron de pura casualidad. En 1889, un ciclista con un neumático averiado se presentó en la planta de Michelin en busca de ayuda para arreglarlo. Un año antes, la firma Dunlop había lanzado al mercado un producto que superaba ampliamente a las cubiertas macizas que hasta entonces se utilizaban: consistía en un tubo de caucho inflado con aire, el cual brindaba gran comodidad al conductor. El problema de ese neumático era que, al estar adherido a la llanta, no se podía quitar, y repararlo requería de conocimientos, herramientas especiales y, por sobre todo, de mucho tiempo. Los hermanos Michelin vislumbraron estos inconvenientes gracias al desafortunado ciclista que pasó por su fábrica y así fue como crearon unos novedosos neumáticos desmontables.

Charles Terront fue el ciclista en el cual confiaron para que utilizara su creación en la desafiante competencia. No era solo una carrera deportiva, también se trataba de una oportunidad en la que las industrias ponían a prueba sus productos. Terront tenía entonces 34 años y sus mejores años como deportista ya habían quedado atrás. Sin embargo y a pesar de la durísima prueba, logró salir victorioso, como él mismo expresó, “gracias a los neumáticos Michelin, que se desmontan y reparan fácilmente”.

El éxito deportivo de Charles Terront fue el punto de partida de Michelin. A partir de entonces su neumático desmontable comenzó a ganar adeptos hasta transformarse en el más elegido, tanto por los franceses como por los ciudadanos de países vecinos. Apenas un año más tarde de la carrera París-Brest- París, eran más de 10.000 ciclistas que rodaban sobre cubiertas Michelin.

Además de los neumáticos para bicicletas, la empresa comenzó a proveer de su tecnología para ser aplicada en camillas, sillas de rueda y hasta cochecitos para bebes. Pero los hermanos tenían una nueva aventura en el horizonte: proveer de neumáticos a unas nuevas y extrañas máquinas ruidosas que se arrastraban sin la ayuda de caballos.

Ruedas para esa novedad llamada automóvil

A comienzos del siglo XX el caballo fue reemplazado por los automóviles, que con el correr de los años iban perfeccionándose en cuanto a dinamismo y tecnología.

Por entonces, los hermanos Michelin estaban en pleno auge creativo: Edouard descollaba en la fábrica a cargo de las investigaciones y nuevos desarrollos, y André se lucía al frente de la comercialización, las relaciones públicas y sobre todo la publicidad, con impresionantes y novedosas campañas.

En 1904 Michelin fabricó los neumáticos con banda de rodamiento de remaches y algunos años más tarde montó los primeros neumáticos Michelin gemelados, pensados para camiones y transportes de peso. Esta invención se puso a prueba en los ómnibus de Clermont-Ferrand y fue tan exitosa que marcó un antes y un después en la industria de los camiones.

Michelin también creó la llanta desmontable, lo que permitió llevar una rueda de auxilio en el automóvil para cambiarla íntegramente en caso de pinchaduras.

La guía Michelin y las estrellas

La fiebre del automóvil sumaba adeptos y en el año 1900 Francia contaba con casi 3.000 automóviles que transitaban sus improvisadas rutas. Con otra muestra de gran visión Michelin buscó brindar un servicio extra a los conductores, y bajo estos ideales nació la Guía Michelin. La primera edición de esta guía, impulsada por André, vio la luz justamente en 1900. Se trató de un pequeño libro, que cabía en un bolsillo. Su distribución fue gratuita, a través de la Red de Revendedores que por entonces Michelin ya comenzaba a gestar. Esta primera publicación nació con el nombre Guía Michelin, y en la tapa, en letras negras, se leía: “Amablemente ofrecida a los conductores”.

La guía nació con el objetivo de proporcionar toda la información que pudiera serle útil al conductor que viajaba por Francia, ya sea sobre los lugares en donde reparar su automóvil, o bien los sitios donde alojarse o comer. El objetivo era editarla todos los años, y su creador estaba convencido de que la misma iría mejorando año tras año gracias a la colaboración de los conductores: “Sin ellos no lograremos nada, con ellos todo”, afirmaba el mayor de los hermanos.

Esta nueva área de la empresa obligó a la compañía a especializarse en el rubro y crear unidades de negocio que se ocuparon de las guías regionales y de los mapas de las carreteras, que hasta entonces eran prácticamente nulos.

A partir de 1922, con la democratización del automóvil y con la valentía de los conductores que dejaron de lado a los choferes para pilotear sus propios vehículos, la Guía Michelin comenzó a comercializarse y a contar con una presencia importante de la cartografía. Actualmente cuenta con ediciones que cubren más de 70 países.

Es importante destacar que la gastronomía siempre fue una parte importante de las guías. Con el paso del tiempo, para los locales era todo un privilegio figurar en las páginas de la guía. En 1926 nacen las estrellas Michelin para calificar a los restaurantes, una modalidad que se mantiene hasta el día de hoy. La calificación va de una a tres estrellas y define que, con una estrella es “interesante”, dos estrellas “vale la pena desviarse”, y tres estrellas “justifica el viaje”.

Las estrellas de Michelin pasaron a ser un bien muy preciado para los gerentes y dueños de locales gastronómicos, ya que esta calificación incidía directamente sobre el público y, a su vez, sobre su carta de precios.

La Guía Michelin fue creciendo tanto que pasó a contener demasiada información. Por tal motivo es que en 1973 la publicación se desdobla en dos: por un lado, se comienza a editar la Guía Verde, orientada a los destinos turísticos y, por otro, la Guía Roja, focalizada exclusivamente en la gastronomía.

El famosísimo muñeco Michelin

Michelin siempre apuntó a la publicidad potente, convencidos de que la manera más acertada de convencer al público es que pueda probar su producto y compararlo con la competencia. En sus comienzos, fueron las ferias y exposiciones los sitios apuntados para mostrarse. En un show de Londres de 1891, los hermanos pusieron un estand donde un técnico de la empresa desmontaba y volvía a montar un neumático en solo un minuto y 50 segundos, dejando atónito al público.

En 1894, los hermanos Michelin visitaron la Exposición Universal y Colonial de Lyon. En aquella feria, la empresa contaba con un pequeño estand en el que, para adornarlo, su responsable apiló neumáticos de diversos tamaños, los más grandes abajo y los más pequeños arriba. Al verlos, Edouard le comentó a su hermano: “¡Si tuviera brazos, parecería un muñeco!”.

Este comentario quedó rebotando en la publicitaria mente de André Michelin, que tiempo después recibió la visita del dibujante promocional O ́Galop. Una caricatura del artista llamó la atención de André, que la relacionó inmediatamente con el comentario de su hermano y le pidió al dibujante hacer nuevos dibujos. Era el nacimiento de Bibendum, el mítico muñeco Michelin.

La caricatura de O ́Galop era la de un grotesco y desmesurado sujeto, sentado en una mesa y alzando una copa llena de cerveza mientras exclama “nunc est bibendum” (Ahora hay que beber, en latín). Esta frase fue analizada por el mayor de los hermanos, que la relacionó con la idea de que el neumático Michelin se traga los obstáculos. A partir de esta idea, O ́Galop confeccionó nuevos dibujos, en los que el grotesco personaje es creado con cubiertas y el vaso de cerveza reemplazado por una copa repleta de clavos y vidrios rotos, mientras que la leyenda en latín se mantiene pero es traducida libremente como “El neumático se traga los obstáculos”.

A lo largo de sus más de 110 años de vida Bibendum ha sido dibujado por un gran número de artistas y dibujantes, cada cual aportándole su estilo lo que le termina de dar al personaje de Michelin ese carácter cambiante.

La manera brillante de hacer las cosas determinó un gran legado de los hermanos Michelin. La compañía se transformó rápidamente en una multinacional con vida propia. En 1931 fallece André Michelin a los 78 años. Nueve años más tarde lo siguió su hermano menor Edouard, que murió a los 80 años. Dejaron creaciones, ideas y proyectos que siguieron su curso para que Michelin, la empresa número uno de neumáticos, continúe revolucionando la forma de avanzar.

 

 

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