Martín Pelenur

Sobre la heladería Freddo, de La Barra, está La pecera. Una galería-taller que Martín Pelenur comparte con Santiago Aldabalde. Prismático, el espacio parece precisamente un recipiente para peces pues las paredes que dan a la Ruta 10 y a la playa de la Posta son transparentes. Dentro se expone obra de ambos artistas y en ocasiones de otros, amigos talentosos todos, que si bien son muy diferentes en su expresión siguen la línea abstracta.

Martín se instaló hace años en La Barra para estar cerca de las olas. Ya había tomado la decisión de dedicarse a la pintura y se vislumbraba su inclinación no figurativa. Al venir dejaba atrás la bohemia de la Ciudad Vieja, las tertulias y los amigos. Pero lo esperaban otros ingredientes de vida. El arte y el surf se combinan de manera misteriosa y se potencian de un modo difícil de explicar.

En su universo creativo se perciben diferentes búsquedas. A primera vista tenemos depuradas composiciones en líneas rectas, círculos en cuadrados, trabajo de la materia al detalle. En todas estas vertientes, una paleta sosegada. El sello de Pelenur se empezó a ver con su investigación química de la pintura. Fue de casualidad cómo surgió la obsesión. Venía produciendo obra siguiendo el action painting, una forma de expresión a través del color y la materia, que busca transmitir movimiento, velocidad y energía. Una metodología utilizada en el siglo XX, asociada a la corriente de ese mismo nombre con impulsores expresionistas abstractos como Jackson Pollock.

Al utilizar la pintura de ese modo, Pelenur comenzó a notar que había todo un mundo microscópico que se generaba según como tratara al material. Descubrió un dibujo que se repetía, que aparecía al hacer reaccionar a la pintura con los solventes. Un dibujo como de líneas corrugadas que cualquiera puede llegar a apreciar en restos de pintura de esmalte sintético en marcos o rejas, por ejemplo. La primera vez que él lo vio fue en gotas de pintura.

“Los ingenieros lo llaman error”, explica Martín. “Al dar una mano y otra, se genera una película. Queda pintura atrapada abajo, por un tema de solventes, se arma un corrugado, un dibujo. Yo le genero al material las condiciones para que suceda eso. Cuando empecé a ver ese proceso quise dominarlo. Con solvente eso se descompone o no. Tarda 30 segundos y luego queda. Si no está bien hecho desaparece. Es como un trabajo de laboratorio. Yo trabajo metodológicamente. Sabiendo cuánto voy colocando sé más o menos qué puede pasar. La pintura es un líquido que se mueve con la gravedad”.

Ese dibujo está en casi todos sus cuadros. Un patrón que se repite, como caminar, como hacer surf. Como hacer líneas que se componen de una cierta manera y no de otra. “El surfing es súper repetitivo –dice–, a mí me interesa ese movimiento. Estás esperando para llegar a un lugar y vivir algo que dura muy poco tiempo. Estás esperando y sufriendo abundante. Te estás moviendo en el océano, hay una energía ahí que no tiene palabras. Las asociaciones con la pintura están”.

En el taller o en el mar, su mente y su cuerpo se conectan con el entorno, se enfocan, se despojan. Y ese trabajo repetitivo, rutinario, de búsqueda, de trabajo, de sudor, de perfeccionamiento, en cierto momento, dadas ciertas condiciones, ese trabajo se enciende, cobra impulso y da lugar a un acto creativo grandioso como agarrar la mejor ola o imprimir un gesto, un círculo perfecto sobre un cuadrado. Un momento intenso, breve, en el que el centro propio se une con el universo.

“Desde hace cinco o seis años hago series de círculos dentro de un cuadrado, es un solo gesto, bastante oriental. Me fascina esa forma, la singularidad y el movimiento”, dice. El cuadrado, ese trabajo repetitivo y minucioso le resulta un trabajo más vinculado a la razón, a una cierta intelectualidad. “El círculo tiene algo más físico, de descarga”.

Desde hace una década las caminatas suelen ser parte de su proceso creativo. Y enseguida uno piensa en los largos paseos de Virginia Woolf o de Nietzsche, o tantos otros escritores, que caminaban y escribían. El artista está de acuerdo, y reverencia el trabajo del escritor. “La caminata me resulta un momento de extrema lucidez. Si me entusiasmo con una idea me pongo a caminar y se me despiertan cosas, percepciones”.

Otro elemento clave en su manera de trabajar son los mapas. Fue su padre quien por primera vez lo acercó a este modo de representar la realidad. Mirando mapas se da cuenta dónde le gustaría poner el foco, se entusiasma con un tema y establece unas consignas propias que luego le depararán experiencias y procesos de creación. Así sucedió con su proyecto sobre los puntos cardinales de Uruguay. Buscó los puntos del país más al norte, más al sur, al este y al oeste. En esos puntos se instaló con una cámara que registraba imagen y sonido.

“Saqué fotos, hice una bitácora de viaje, un trabajo muy lindo de hacer y de conocer Uruguay. Muy poca manipulación de nada. Quería registrar la luz y el sonido. Buenas cámaras, 12 horas en cada punto, las presenté con unos audios cruzados”.

Empieza a trabajar en un proyecto y va viendo qué metodología o materialidad tiene. Los mapas le dan un marco para moverse en el espacio y que sucedan cosas. El más reciente trabajo de Martín Pelenur se exhibió en el Centro Cultural Kavlin, en Maldonado, con curaduría de Martín Craciun: Línea Aceguá. Así lo llamó porque refiere a la única diagonal que se aprecia en el mapa de Uruguay. Una línea de 37 kilómetros que va desde Villa Aceguá hasta un afluente del Río Negro. Una caminata de dos días con sus noches por esa línea divisoria artificial fue el material para luego encontrar una síntesis personal. Lo acompañó el fotógrafo Nacho Guani, acostumbrado a sacar fotos por todo el territorio nacional, con su casa/van.

Martín abre un gran mapa que le facilitaron en el Servicio Geográfico Militar. La línea diagonal sobre el límite noreste salta a la vista. Se ve un punto que corresponde al pueblo La lata. Vuelven los recuerdos sobre una experiencia que funciona como primer disparador: “Iba a hacerlo solo y apareció Nacho Guani. Me aburguesó el viaje, me trató como un huésped de hotel, me hacía los gustos, me esperaba con el desayuno pronto”, recuerda. “Tenía que recorrer un camino de tierra que termina en afluentes del Río Negro. En cierto punto se arma un bañado y ya no podés pasar más. Gracias a Nacho pude terminar la línea porque había partes que no podía pasar por todo lo que había llovido. Hay unos mojones de hormigón de tres metros, unos monolitos que parecen tótems, que te parten la cabeza. Es muy fuerte. Uruguay profundo mezclado con frontera, con artificio. Son los límites políticos. Después está el pueblo La lata, que parece sacado de una película de Tarantino: seis casitas de lata, una callecita. En el recorrido abundan los contrastes: free shops, caminos de tierra, en una parte hay como una fortificación de tres o cuatro casas, mucho hormigón, calles asfaltadas, guardias, parecido a la estética de la serie Narcos”.

¿Y por qué hacer toda esa movida en el territorio? “Por un lado es la experiencia, la aventura, la necesidad mía de ir al encuentro de lo que veo en el mapa. En realidad, no necesitaría ir ahí para hacer la muestra, es un tema mío”, reflexiona. Como un punto de partida. Con esa experiencia se genera un movimiento interno. Con eso produce obra y arma una exposición. Y con esa exposición agarra más viento en la camiseta para seguir pintando. El movimiento genera movimiento.

Pero para ser un artista exitoso, para poder vender obra, también hay que trabajar en gestión. Viajar mucho, vender afuera. En diciembre Martín viajó a Miami, para participar junto a otros destacados artistas uruguayos en la feria Pinta. “Pensá que no nos conoce nadie”, dice con solemnidad. “Nadie sabe de artistas contemporáneos uruguayos. Silvia Arrozes, de la Galería del Paseo es la única que sale al exterior con artistas uruguayos de distintas edades. Acá prácticamente no tenemos mercado, ni coleccionismo, ni galerismo, ni ningún tipo de institución de arte que sostenga más allá del Museo Nacional de Artes Visuales o la Dirección del MEC”. De hecho, La Pecera acaba de ganar un fondo concursable regional del MEC.

En el taller/galería que comparten con Aldabalde, aparte de crear, exponen y venden. Es una gran vidriera para los veraneantes que llegan de distintas partes del mundo. La gestión es un trabajo de hormiga, de difusión, de generar visibilidad, de hacer muchísimas cosas antes de concretar una venta. “Vendés cuando están las condiciones dadas para vender. Hay que apuntar en paralelo al mercado de acá; afuera no podés hacer nada si localmente no tenés una estructura que te sostenga”.

Pelenur tiene un encare muy contemporáneo de hacer arte que se lo dio su pasaje por la Fundación de Arte Contemporáneo. Se trata de ver qué es lo que se quiere hacer y luego buscar las herramientas para desarrollarlo. Trabajar mucho, sin prisa y sin pausa. Y esperar ese momento mágico donde las cosas suceden.

 

 

Malena Rodríguez Guglielmone

 

 

Dos referencias para Martín Pelenur:
En el mundo: Gerhard Richter
“Es un talento. Es muy metodológico, un señor defensor del lenguaje de la pintura”.
En Uruguay: Lacy Duarte
“Era como la madrina negra, la fuerza bruta, el power del arte. Está a la misma altura que Louise Bourgeois, porque ella estaba en Uruguay y no tenía el contexto para volar. Pero Lacy es una artista top del mundo. No tengo ninguna duda. La energía de ella, la fuerza creativa brutal… es una referente de artista. Lacy vivía acá (tenía su taller en Manantiales), yo estaba en contacto con ella”.

 

 

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