Manzanar

En los luminosos días de verano, con la brisa del océano en el pelo, las niñas entraban corriendo al parador desde la arena de la playa, y entre las mesas del salón y la cocina, pasaban los días de vacaciones. Eran los años 90 y su papá, Gustavo Barbero, tenía el parador Guess en Punta del Este. Luego abrió, junto a Guzmán Artagaveytia y Martín Pittaluga, La Huella, a orillas del mar de José Ignacio, y Victoria y Jimena seguían aprendiendo de cerca la pasión de la cocina y el sacrificado negocio de la gastronomía. Gustavo intentó de todas las maneras de que sus hijas no entraran a ese mundo, pero ya era tarde. La semilla estaba plantada. Casi lo logra, porque ambas siguieron sus pasos y se recibieron de contadoras, pero nunca abandonaron la ilusión de abrir juntas un restaurante. Y así fue cómo surgió Manzanar.

Como buenas mujeres de negocios, con el respaldo de una familia con muchos años de experiencia en el rubro, esperaron la oportunidad. En marzo de 2016 encontraron el espacio y la ubicación que buscaban: un galpón abandonado frente al Hotel Carrasco, donde “se encontraba hace 12 años el antiguo y muy querido almacén Manzanares”, dice con cariño Victoria. Y empezaron a soñar. “Manzanar es un proyecto familiar que une la experiencia de hace 25 años en el rubro con el entusiasmo y la fuerza de la juventud”, asegura la joven empresaria.

El primer ingrediente, la experiencia, no solo lo aporta Gustavo. Ellas aprendieron a trabajar desde chicas y desarrollaron mucha intuición. Cuando sus amigas se iban de vacaciones, ellas pasaban sus días en La Huella, restaurante que hoy se ubica en el puesto 23 de los 50 mejores de América Latina y es considerado uno de los nueve mejores clubes de playa del mundo según la revista Condé Nast Traveler. La experiencia se sigue acumulando con la colaboración de parte del equipo de La Huella –Alejandro Morales, Florencia Courrèges y Charlie Sarli– quienes vieron crecer a las hermanas Barbero y hoy ponen su conocimiento al servicio de la cocina de Manzanar. A ellos se suma la argentina Vanina Canteros.

Por su parte, la cuota fresca de juventud que imprimen Victoria y Jimena le da una personalidad actual y contemporánea a un restaurante donde se respiran aires relajados. Manzanar es un lugar de encuentro para todos: jóvenes, adultos, familias, grupos de amigos. Concebido con una arquitectura moderna, con el bar y la cocina como protagonistas, este restaurante es tan bullicioso como distendido.

 

Entre el fuego y la estación

Los platos se preparan a base de fuegos, con cocciones en horno de barro a leña, parrilla con brasas y horno de hierro a carbón. Además, todos los productos que se utilizan provienen del mercado local y se eligen los de estación. Esto garantiza la frescura de los platos y por esta misma razón la carta es breve y varía a menudo. La pesca artesanal tiene un espacio importante en la carta con la pesca del día a la parrilla, crudos de pescado, tiraditos, cebiche o tartar de pescadilla. Otros platos que se destacan son la pizza verde con huevo y el rack de cordero.

La pastelería es el otro pilar importante, a cargo de la pastelera y amiga de la casa Florencia Courrèges (jefa de pastelería de La Huella y socia de Escaramuza Café). Entre sus especialidades se destaca la crème brulée de dulce de leche, que dicen que es una locura. De hecho, el promedio de consumo de postres en Manzanar supera al habitual en otros restaurantes. Habrá que ir a descubrir por qué.

La coctelería en general viene ganando terreno a pasos agigantados, y en Manzanar no se quedaron atrás. Un bar ágil y atento a las tendencias que llegan de todo el mundo prepara tragos y cócteles para que la experiencia de comer allí comience con un toque de sabores novedosos.

En Manzanar se come al mediodía por 500 pesos en promedio, y de noche la cuenta ronda los 1.000 pesos por persona. Abre de martes a domingo desde las 12 y hasta la medianoche. Carlos Federico Sáez 6463.

 

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