Juan Manuel Rodríguez

Por: Malena Rodriguez Gugliemone

La luz y el sonido de los autos de la calle Juan Carlos Gómez entran sin pedir permiso por las altas puertas-ventana del taller de Juan Manuel Rodríguez. Techos altísimos, tablones de madera como piso y una agradable sensación de espacio dan marco al lugar donde este creador maragato investiga y pinta. La vieja pensión es vasta y larga hacia el fondo. Allí trabajan también otros artistas, cada cual en su espacio. Se trata de una más de las viejas pensiones de El bajo que han sido arrendadas a creadores, una movida interesante en esta parte de la Ciudad Vieja.

En las paredes cuelgan algunas de las obras que hicieron famoso a Juan Manuel. Imágenes de camas, de sábanas, de ese lugar íntimo un poco revuelto, vivo, que exhibe, para el ojo atento, la huella de lo que allí pasó. Se ven también algunos cuadros de árboles, ya de una etapa artística posterior, colmenas, apicultores, y una obra-espejo que reposa contra la pared, que ha sido pintada del lado que el espectador no ve, pero cuya expresividad traspasa el vidrio y es apreciable a través de una danza de ritmos y colores, apenas perceptibles en la superficie brillante.

Juan Manuel Rodríguez llegó a Montevideo con 18 años y la experiencia plástica que le dio tener una madre ceramista y largas tardes de dibujo en el Museo de San José. Estudió en Bellas Artes, donde se nutrió de las clases de Héctor Laborde que trabajaba con nuevos medios. Posteriormente, asistió a la Fundación de Arte Contemporáneo y se enroscó en grandes charlas y discusiones con su director, Fernando López Lage, que le aportó desde lo conceptual. López Lage le ayudó a formular la estrategia para hacer algo, a plantear un trabajo desde la idea y después elegir el soporte o vehículo con el cual plasmarla. En ese momento decidió dedicarse a la pintura y a reflexionar sobre la delgada línea que hay entre lo público y lo privado. Así, tomaba por ejemplo la cama, la suya propia, que es uno de los elementos más icónicos de la intimidad, lo más representativo de lo privado. La pintó muchísimas veces, pero siempre de manera distinta. Cada una de sus interpretaciones latía a impulsos de algún challenge diferente, como él mismo describe. En muchas de estas camas aparecía muchas veces un hombre, siempre el mismo, su pareja de entonces. A veces leyendo, otras durmiendo. La perversión, si estaba, permanecía oculta.

Después de estas series donde jugaba con su intimidad, con qué mostrar y qué sugerir, Juan Manuel se volcó a sus raíces. Abordó el tema de la apicultura, su herencia familiar, la labor de su padre, el entorno en el que creció. Un tema por demás actual y también simbólico porque las abejas encarnan muchas cosas según distintas tradiciones. “Del simbolismo de la abeja aprendí bastante”, reflexiona. “Desde las primeras representaciones que encontré de Egipto… En esa cultura se consideraba que las abejas venían de la muerte, que provenían de los animales en descomposición. También están muy relacionadas con el conocimiento, con la sabiduría. El símbolo de los maestros es una abeja. Más recientemente tiene mucho que ver con la ecología, el medio ambiente. Las abejas han dado señales muy fuertes; se han dado mortandades enormes debido a los pesticidas y agroquímicos que se están usando. Son muy sensibles, son como un termómetro. A su vez, tienen toda una organización de comunidad, con una estructura bastante particular que es muy interesante de ver”.

En este momento, en el Subte Municipal se está exhibiendo la instalación Herencias, compuesta por una serie de colmenas trabajadas con dorado a la hoja. “Son colmenas que había en el campo y que fui eligiendo, en general las más rotitas. No me interesa comprar una colmena nueva sin nada de historia, no estaría hablando de herencia. Estas colmenas fueron parte del trabajo de mi padre, estuvieron a la intemperie, están supercurtidas. Toda esa pátina y esas roturas que tienen afuera son irrepetibles. Son esas fracturas las que voy rescatando. La pátina dorada la elegí porque el dorado tiene un montón de connotaciones de algo divino, lejano, sagrado”.

Tal vez un poco como las abejas, este creador es permeable a lo que sucede con la naturaleza, a los pequeños signos que tal vez quieran decir algo. En ese sentido ha observado lo que pasó con algunos árboles muy cercanos desde su infancia. Un tema que también lo relaciona a la herencia y a la genealogía. En su obra vincula las líneas de los árboles con el color dorado. Uno de sus modelos fue una higuera que hay en el fondo de la casa de sus padres. Luego del largo verano de 2013, la higuera floreció en abril; un día la descubrió colmada de higos chiquitos. Un poco homenajeándola, otro poco tratando de entender el mensaje de este fruto fuera de estación, fue que plasmó su inspiración en la serie denominada Higos de abril.

Otra serie está vinculada a su abuela Leonor Carlotta y un ciruelo de frutos rojos. En realidad, en casa de sus abuelos había dos ciruelos: el de frutos rojos y flor rosada que era pequeño, y otro más grande, de frutos y flores blancas. Al poco tiempo de morir su abuelo, el gran ciruelo blanco se secó. La siesta de Leonor Carlotta es la serie que nace de esta mirada retrospectiva y perceptiva, de las siestas en lo de la abuela, donde no se podía hacer ruido y se entretenía en silencio en ese patio de los ciruelos.

Pero el camino figurativo de este artista está virando en este momento hacia la abstracción. Juan Manuel está trabajando con espejos que él mismo elabora. Genera toda una pintura abstracta en la parte posterior del espejo que se vislumbra del otro lado. Una obra que está destinada al espacio público, al Barrio de las Artes, más específicamente a una esquina de San José y Florida. “Quería hacer una obra en la cual pudiera involucrar directamente al público, hacer que sea parte de la obra o que se refleje en el trabajo que estoy haciendo. Lo que me gustó de esta investigación es que la pintura queda escondida. Como en el dorado en las colmenas, que queda dentro de los cajones, lo escondo y lo guardo. Lo público y lo privado. La pintura queda del lado de atrás del espejo. Tiene que ver con reflexiones sobre el arte y sobre la obra de arte. Para mí el arte funciona como un espacio donde nos proyectamos. Tenés que ver desde dónde te estás parando para ver lo que estás viendo. Eso es fundamental. Y esta obra te hace eso. Estás ahí parado mirándote. Entonces, ¿qué mirás? ¿Dónde hacés foco? ¿En qué pensás? Había otros temas en esto de los espejos, tratar los errores y las fracturas que tienen que ver con los procesos, todos esos quiebres que voy haciendo y soltar un poco el trazo o la línea como la venía trabajando hasta ahora —figurativa y con cierto virtuosismo y naturalismo— y empezar a rescatar un dibujo o una línea totalmente irregular. Son detalles que a mí me interesaron como parte del proceso. Y a alguien le puede interesar cómo fue, o también puede ir y simplemente sacarse una selfie. Siempre hay muchas lecturas de una obra, hay diferentes capas”.

 

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