Cuba, por Santiago Barreiro

Un destino fotogénico. Así se refiere a Cuba el fotógrafo Santiago Barreiro. Suele visitarla con frecuencia por proyectos vinculados a la isla. En sus horas libres sigue disparando el flash hacia las calles, su gente, lo asombroso que pueda surgir.

Dice Santiago que la luz en el Caribe cae de otra manera, tiene otro color. Más allá de su ubicación en el mapa, la propia historia marca las arrugas de La Habana. La decadencia de las construcciones de los años 60; sus paredes descascaradas que dejan traslucir tonos homogéneos. La escasez de pintura determinaba que en ciertas épocas se pintara todo de cierto color –celeste, por ejemplo– y ese tono, desteñido por el paso del tiempo, exuda una extraña belleza plástica, belleza vintage, que da marco atractivo a cualquier sesión de fotos.

El tiempo pasó, pero a un ritmo más lento que en otras partes. Con otra cadencia, con su gracia propia. Y ahí están los oficios que se mantienen, tiendas de discos y casetes, los autos viejos… Una muy sui generis mezcla poética.


Aparte de las imágenes, Santiago Barreiro retrata con este texto:

Cuba se pasó la vida liberándose, o al menos, intentándolo. Cuba tuvo muchos “amigos”, pretendientes, demandantes, ególatras y codiciosos. Cuba es pobre, pero es siempre pobre. Cuba vive y lucha, pero también se acostumbra. Se acostumbra a que los poderes no van y vienen, los poderes se quedan y su gente también porque, aunque se vayan, se quedan. Cuba es para muchos aquel señor, y el otro, y luego el otro, e incluso podría ser como un estado anímico, una transición eterna con más preguntas que respuestas. Pero Cuba es mucho más. Virgilio Piñera la veía como aquella circunstancia: “la maldita circunstancia del agua por todas partes”.


 

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