Sebastián Sáez

Su casa-taller ocupa un antiguo edificio del Centro. La obra está en todas partes, en el living y en el resto de las habitaciones donde suele pintar. Hay abundante luz. Las telas son inmensas y el color lo inunda todo. En el piso reposan grandes pomos de pintura al óleo, aceites y tarros con pigmentos flúo esperando su momento.

La vocación se hizo escuchar poco antes de cumplir los treinta, en un momento difícil de su vida, cuando estaba bastante perdido y con poco para perder. En ese entonces agarró unas crayolas y se puso a dibujar, tal vez en un gesto inconsciente y desesperado. Hacía muchísimos años que no lo hacía, desde la primaria, cuando se destacaba en la clase por sus dibujos. Dar ese paso fue clave, tenía ganas de seguir investigando con las formas. Coincidió con el tiempo en el que trabajó en una estación de servicio. Una etapa que recuerda con cariño, en la cual se hizo muchos amigos.

Una imagen entrañable en su memoria tiene como marco al Jardín Botánico. Allí se pasaba las horas dibujando con pasteles. En ese espacio nuevo consigo mismo, retomó el contacto con la naturaleza, algo que siempre había estado latente. “En ese momento estaba muy decidido a pintar a pesar de que las perspectivas económicas no eran buenas”, recuerda.

Enseguida se abocó a hacer retratos. Al principio no tenía modelos que posaran ni copiaba de fotos. Las líneas se le venían a la cabeza. Una vez probó copiar un cuadro: un autorretrato de Van Gogh con fondo azul. Le quedó perfecto y lo colgó en la cabecera de su cama. Muy autodidacta, entendió que de todas maneras era importante tomar contacto con algún profesor. Fue a probar con Guillermo Fernández y con Clever Lara. Pero con quien se enganchó fue con Fernando López Lage, quien dirige la Fundación de Arte Contemporáneo (FAC). Lo que más le quedó de este artista fue el encare teórico, la actitud de búsqueda de materiales para leer, la investigación. Algo que, según él, venía del maestro de López Lage, el legendario Hugo Longa. Hoy día Sebastián ya lleva varios años dando clases semanales, una instancia de teoría que prepara con cuidado.

En la época del FAC se enfocó en el retrato, muchas veces dibujaba a personas que le interesaban visualmente: compañeros de trabajo, amigos, conocidos del entorno. Solía llamarle más la atención la gente de perfil bajo. Lo que más le cautivaba eran las miradas. Seres que él en su lienzo recreaba, dándoles forma y color. Mucho color. Porque si algo caracteriza la pintura de Sebastián Sáez es la paleta alta, vibrante, viva. Estuvo más de una década junto al colectivo del FAC. Su alejamiento se dio poco después de una muestra que hizo sobre desnudos en el año 2015, titulada «Montevideanos».

Había estado leyendo y estudiando a fondo La Divina Comedia —“toda la parte del infierno; el cielo me parecía tan empalagoso que era una demencia”, dice—. Esa profundización coincidió con un viaje a la selva peruana donde entendió por qué el infierno era la selva de noche. Y se puso a pintar desnudos con fondos selváticos. Cuerpos con miradas en medio de un universo que podía ser interior o exterior. La jungla interna tal vez. La serie fue expuesta en forma individual y fue la última relacionada a la figura humana.

Los fondos de esos cuadros eran la semilla de lo que vendría después: los paisajes. El abandono de la figura humana en sus lienzos coincidió con una necesidad de estar solo, de encarar la tarea creativa enfrentando –sin nadie cerca– sus propias limitaciones, sus demonios, la desmesura de la creatividad. Los temas de la naturaleza comenzaron a aparecer en grabados y en pinturas. Investigó. Paralelamente, se sensibilizó con los problemas ambientales en Brasil. Decidió ir hasta las orillas de un río contaminado por el rompimiento del dique de una minera. No sabía portugués, se instaló allí quince días, se expuso a los peligros de la contaminación, tomó muchas fotos. Y volvió a Uruguay conmovido, a volcar sus impresiones sobre la tela. “Fue la manera que encontré para abordar el tema del paisaje”, comenta.

Esa primera dinámica dejó una huella, un surco que vuelve a repetir en cada lugar que visita para pintar. Una nueva etapa en la que recorre territorios, en su mayoría ríos o arroyos inmersos en abundante vegetación. Se interna, camina, dispara la cámara. El arroyo Las flores, La Floresta, el río Queguay. En el Queguay alquiló una cabaña contra el monte, caminaba y salía a pescar en ese proceso de asimilación, de búsqueda de material para luego trabajar. Hizo también una serie sobre Central Park en Nueva York, otra sobre Punta Negra, otra sobre los humedales de Carrasco. En los grandes lienzos va armando sus bocetos, rescatando los ritmos que le sugieren las fotos. Y sobre eso va trabajando, con una gran carga de subjetividad, con libertad en el trazo, con algo de puntillismo salvaje, con un poderoso manejo cromático y de composición. “Me importa la parte espiritual del paisaje, de la naturaleza”, dice. “El hombre va a la naturaleza a refugiarse del mundo externo”. Sáez leyó fascinado Caminar, de Henry D. Thoreau. Y se impregnó de Spinoza: “Spinoza decía que Dios estaba en las personas y en la naturaleza”. Con esas lecturas se fue dando cuenta de que el retrato lo hacía para hablar del vacío de las personas; la naturaleza para hablar de esa cosa espiritual que tiene. Más que el arte plástico de otros, lo que influye en su trabajo es la literatura y el cine.

Sebastián Sáez tiene una obra muy interesante y una trayectoria que se va engrosando, aunque no ha expuesto demasiado. En ese sentido, se siente cerca de la postura del británico Lucien Freud quien ha pasado lustros sin exponer, trabajando “en el anonimato”. Claramente, Sáez se siente a gusto en el anonimato de su taller y de sus búsquedas. Ha vendido obras a través de las más renombradas galerías del Este, lo contactan por Instagram y ha vendido por WhatsApp. Cuando le pregunto qué parentesco tiene con el gran Carlos Federico Sáez me dice que a veces preferiría no tener ese vínculo, desearía que no le preguntaran –era su tío tatarabuelo–.

Ama lo que hace: “El arte te llena mucho”, dice convencido. “Es tan importante y al mismo tiempo tiene eso de que no sirve para nada”.

 

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