A comienzos de este año se celebró en un hotel londinense una subasta inusual: diez obras del célebre graffitero Banksy fueron puestas a la venta. Se trataba, en efecto, de diez graffitis, pinturas que fueron hechas sobre diversas paredes y puertas de Londres, Liverpool y Berlín y que luego fueron removidas para ser vendidas.

La muestra titulada “¿Robando a Banksy?” comprendía la más cara colección de trabajos de este artista jamás reunidos bajo un mismo techo con precios que oscilaban entre los 200 mil y el millón de dólares. Entre las obras se encontraban nada menos que dos de sus más icónicas: “No ball games” y “Girl with balloon”.

En realidad se trató de una venta en la que no estuvo involucrado el artista quien se encargó de aclarar, a través de su página web —www.banksy.co.uk— que no tenía nada que ver con esa subasta. Los organizadores, Sincura Group, expresaron públicamente que no eran dueños de las obras, que simplemente se les encargó el trabajo de quitarlas de edificios que no habían dado el consentimiento para alojarlas.

El graffiti no pide permiso, se sabe. Cuanto más solemne el lugar elegido, cuanto más arriesgado, más sabor tiene para el graffitero dejarlo estampado. Banksy se ha transformado en una celebridad promoviendo visiones distintas a las de los grandes medios de comunicación, con una estética cuidada y simpática; ha reflexionado sobre distintos temas, en su mayoría políticos, ganándose a un público cada vez más amplio.

No sólo pintadas ha realizado este artista sino también videos y acciones de diverso tipo. El año pasado, por ejemplo, estuvo pintando en Nueva York y una tarde armó un pequeño puesto en Central Park para vender sus obras, presentándose de incógnito, sin identificación. Obras que normalmente se venden en decenas de miles de dólares fueron ignoradas por los transeúntes y la venta de esa tarde fue muy magra alcanzando a penas unos pocos cientos de dólares. Más de un turista se arrepintió de no haber comprado un “souvenir” en el luminoso parque. Y con razón. Otra de las acciones que hizo en la Gran Manzana fue pasear un gran camión lleno de animales peluches, por el Meat Packing District, haciendo un claro guiño al nombre del barrio.

Sus iniciativas impactan, dejan pensando, y generan una y otra vez expectación e intriga sobre el autor. Pero así como hay quien lo encuentra genial, otros relativizan su talento. Un crítico de arte inglés lo ha descripto como un fenómeno cultural pero no artístico, tachándolo de superficial: “el arte necesita distintas capas de significado, requiere ambigüedad y un poco de misterio”.

Pero misterio, al menos al personaje, no le falta. Porque, ¿quién es Banksy?

El artista ha procurado desde siempre permanecer en la sombra. Uno de los pocos periodistas que ha podido entrevistarlo personalmente hace más de una década, Simon Hattenstone, lo ha descrito como un varón que se presentó en un par de jeans y una camiseta, con un diente de plata, una cadena de plata y un arete de plata. Se afirma que es rubio, que tiene unos cuarenta años, que nació en Bristol, y que empezó a graffitear en esa misma ciudad entre 1992 y 1994. En el 2000 organizó una muestra en Londres y a partir de allí comenzó a dejar su estampa en ciudades de todo el mundo. Y no se trata solo de amor al arte. Banksy tiene encargos sustanciosos de instituciones como Greenpeace y empresas como Puma y MTV, sus obras se venden en circuitos comerciales, en la galería de su agente, Steve Lazarides, y se ha subastado en Sotheby’s.

Pero la magia del artista sin rostro está en las calles. ¿Quién no ha esbozado una sonrisa al toparse con una de sus poderosas imágenes en stencil? Imágenes con gran sentido del humor, que critican ingeniosamente al sistema, ese mismo del cual él forma parte bien activa. Sin lugar a dudas, todo un maestro del marketing.

Artículos Relacionados