Chiloé

Aire puro. Cuestas pronunciadas con sus valles. Mar que se cuela por todos lados. Pastos altos que ondean al viento aterciopelando el terreno. Lluvia sorpresiva. Sol que enciende los campos de verde fosforescente. Marea que sube y baja cada seis horas. Casas coloridas con tejuelas de madera, los años reflejados en sus vetas. Puertas en la planta alta para que salgan los brujos. Iglesias de madera a escala humana, Patrimonio de la Humanidad, huellas de la convivencia colonial. Papas y ajos famosos. Coloridas embarcaciones acostadas sobre la arena en las bajantes. Mercados en los que no hace mucho persistía el trueque. Gente mayor que sigue viviendo del producto de la tierra y el mar. Chilotes cuidadosos del medio ambiente. Esas son algunas de las postales que quedan en la mente luego de dejar atrás Chiloé.

A este archipiélago al sur de Chile se llega cómodamente en avión desde Santiago. Hay un vuelo de LATAM que dura menos de dos horas y arriba a Puerto Montt. Chiloé está compuesto por la isla Grande de Chiloé y varias islas pequeñas: hay ferrys que conectan las islas con el continente. Su capital es Castro, la tercera ciudad más antigua de Chile. En total el archipiélago tiene una superficie de 9.181 kilómetros cuadrados y una baja densidad de población: aproximadamente 180.000 habitantes. Dicen que es la tierra de todos los climas. Uno nunca sabe si lloverá o saldrá el sol. De hecho, es algo que puede suceder varias veces en un mismo día. Hay mucha humedad y eso hace que la vegetación sea muy verde y generosa. Las araucarias aquí son compactas, sin grietas. Mucho campo, poca urbanización. En los pueblos, abundan las rosas en los jardines y las flores autóctonas de vivos colores.

 

Todas las construcciones chilotas están hechas de madera y en cada una de ellas pervive el paso del tiempo. Los estilos arquitectónicos de los colonizadores se entremezclaron armónicamente con las influencias aborígenes, lo que dio como resultado un estilo único. El barroco, el neoclásico e incluso el neogótico fueron tendencias que se adaptaron a la madera chilota y también a las condiciones del clima. Son muy típicas del lugar las tejuelas que revisten las paredes y techos de las casas, las iglesias y hasta los panteones de los pequeños cementerios. Están hechas de la roja madera de los alerces, hoy especie protegida. Las iglesias, según la UNESCO, son un ejemplo único en América de una extraordinaria arquitectura religiosa en madera. Dieciséis de las mismas han sido declaradas Patrimonio de la Humanidad.

Tanto extranjeros como locales estuvieron involucrados en su construcción. Las primeras capillas fueron construidas de manera muy rústica, usando tablas y tablones, vigas de ciprés y techo de paja, pronto reemplazado por las tejuelas. Se emplearon tarugos de madera durísima, por lo general luma, con un sistema de ensambles sin clavos. Desde el siglo XVII, los religiosos encargados de la evangelización de las islas fueron los jesuitas, quienes establecieron un sistema llamado Misión circular. Esta duraba ocho meses y significaba recorrer en total unos 4.000 km en canoa y a pie. Estaban tan repartidos que la estadía en cada capilla duraba solo un par de días y durante el resto del año la vida religiosa quedaba a cargo del fiscal, un laico. Por la necesidad de contar con más sacerdotes, los religiosos solicitaron al rey que se permitiera la presencia de jesuitas de nacionalidad diferente a la española y así es como llegaron frailes procedentes de Baviera, Hungría y Transilvania. Estos sacerdotes fueron los que durante el siglo XVIII dieron impulso a la construcción de iglesias más perdurables que sus antecesoras. Ellos aportaron los diseños, inspirados en las iglesias de sus países, y parte de las técnicas de construcción. Por su parte, los carpinteros chilotes aportaron la mano de obra, los materiales y técnicas propias, muchas de las cuales estaban inspiradas en la construcción de barcos. Claramente se ve en las naves de las iglesias que parecen barcos invertidos. Muchas de ellas eran pintadas en colores claros para alegrar los días de lluvia. Después de la expulsión de los jesuitas, en 1767, la labor misionera quedó a cargo de los franciscanos; sin embargo, la construcción de templos siguió manteniendo los modelos iniciales y se creó una tradición arquitectónica mantenida a lo largo de tres siglos.

Interiormente son todas muy similares. En muchas de ellas las columnas son de madera y están pintadas imitando el mármol. También en alguna parte de la iglesia está Jesús el Nazareno, cubierto con su manto violeta. Cuando los misioneros jesuitas lo trajeron, todas las iglesias querían tenerlo y se hizo una carrera de botes para ver quién se lo quedaba. Finalmente se hicieron copias. Hasta el día de hoy la mayoría de estas iglesias no tienen curas párrocos, llegan solo para momentos especiales del año. Las iglesias son cuidadas por la comunidad. Se dio una aceptación de la cultura religiosa de los conquistadores pero al mismo tiempo se cree en los brujos.

Los mitos de Chiloé. Los brujos, machis, chamanes o curanderos como se les llama en esta parte del mundo han estado siempre mezclados con la cultura católica. Esto es palpable en la arquitectura también. Si se mira con atención, muchas de las casas de madera tienen una puerta en la planta alta pues se cree que por allí salían los brujos. Cuando los españoles arribaron a Chiloé, las islas estaban habitadas por chonos, cuncos y huiliches, entre otros, todos ellos con diferentes creencias religiosas. Todos de algún modo mapuches, gente de la tierra. Dependiendo del lugar donde se encontraban era el nombre que se les daba.

Si bien adoptaron el catolicismo, no dejaron atrás sus propias creencias y sus conocimientos vinculados al uso de las plantas como medicina. El miedo a ser acusados de brujería llevó a mantener ocultos estos saberes. Conocimientos que se fueron mezclando también con otros de origen europeo vinculados a la brujería. De algún modo muchos de estos brujos también tenían cierto poder. En 1880 se los llevó a juicio en el Juzgado de Ancud, por orden del Intendente de Chiloé. En esa ocasión decenas de personas declararon pertenecer a una sociedad secreta llamada Recta providencia, que trabajaba por encargo para dañar o curar a otras personas y administraba justicia. Muchas veces pasaba que a alguien le robaban algo y eso era solucionado por el brujo. Algunos brujos fueron encarcelados por su supuesta participación en delitos y luego se los liberó por no existir pruebas materiales de los hechos.

Cuando uno pregunta sobre estos temas, los locales nombran a algún curandero que conocen, pero no es algo que forme mucho parte de sus vidas. Y aclaran: “yo no creo en los brujos, pero que los hay, los hay”. A la vez persisten algunos mitos en los que mucha gente cree. Está el Caleuche que es el barco que lleva música y luz a gran velocidad a los sombríos canales chilotes. Dicen que es posible verlo o sentirlo cuando hay mucha niebla. Para observarlo y no ser visto hay que taparse la boca, porque lo primero que siente es el aliento. La gente tiene temor de ser llevada por Caleuche. El otro gran mito es el del Trauco, un ser que habita los bosques, que deja embarazadas a las mujeres. Es motivo de broma también, y dicen que cuando no está claro quién es el padre de una criatura por nacer se hace referencia al Trauco.

Mar y tierra. Otro rasgo muy típico de Chiloé a nivel arquitectónico son los palafitos. Los primeros datan de fines del siglo XIX. Eran residencias, lugares de hospedaje y almacenes edificados durante el auge maderero. A mediados del siglo XX hubo una gran plaga que afectó uno de los principales cultivos de la isla, la papa –hay muchísimas variedades–, con lo cual se produjo una gran inmigración de campesinos a la ciudad. Estos campesinos se apropiaron de terrenos a orillas del mar e hicieron estas construcciones elevadas para protegerse del movimiento de las mareas. Aquí podían pescar y buscar mariscos cuando bajaba la marea y al mismo tiempo tener un pedacito de tierra donde cultivar. Eso se mantiene hasta el día de hoy, aunque quedan menos palafitos por el terremoto de 1960. Aparte de los mariscos, cuando baja la marea aparecen dos algas, una verde, lamilla, y otra marrón que se llama pelillo. Son recogidas y se ven las bolsas en las orillas. El pelillo lo usan para la industria cosmética, lo venden a los japoneses. La lamilla es abono para los huertos.

Toda la vida de la isla gira en torno a estas actividades de tierra y mar y por supuesto tiene un gran protagonismo la gastronomía. Es muy típico el curanto, un plato que se hace a base de carne, mariscos y verduras en la tierra. Se hace un hoyo, se prende un fuego con piedras y luego se quitan los carbones para ir poniendo la carne y las verduras para ser cocinadas con las piedras calientes y con hojas de pangue. Es todo un acontecimiento familiar y social cocinar un curanto.

Antes de que llegaran las salmoneras a la isla, existía la minga, una forma de trabajo comunitario cuyo exponente más claro eran las casas nómades que se trasladaban por el agua. Para moverlas se requería del esfuerzo conjunto de todo el grupo. Pero eso se fue perdiendo. Hasta no hace mucho la economía doméstica se movía con base en el trueque. La gente llevaba al mercado su pequeña producción de tierra y mar, las artesanías que elaboraban en sus casas –cestos, cuencos de madera o de piedra, alfombras de lana, buzos de lana, cucharas, entre otras cosas– y las intercambiaban. Al día de hoy, si uno va a uno de esos mercados, puede ver a los campesinos, la mayoría gente mayor, con sus puestos variopintos, con un poquito de esto y un poquito de aquello, de su producción personal. Lo que no les da la tierra, se los da el mar. Y sino, está el mercado. Muchas veces vienen de lejos para traer su producción y su pesca.

También hay gente joven y emprendedora que está saliendo adelante con otro empuje. Sandra Naiman es huiliche, tiene 38 años y lleva adelante una chacra orgánica de cuatro hectáreas que era de su abuela. Sandra dice que lo más importante que le legaron sus ancestros fue el cuidado del medio ambiente. Cuida celosamente los cultivos de papa, trabaja con abonos orgánicos, cosecha agua de lluvia, tiene una huerta, un vivero y un jardín envidiable. Como corresponde a su tradición, conoce bien las plantas y sabe cuál es su uso medicinal. “Pero acá nadie de mi familia es curandero ni machi, ni nada de eso”, aclara categórica.

Caminamos por su predio cuidadísimo –impresiona que todo lo haya hecho ella sola– y vamos hasta un extremo donde se ve el mar y las salmoneras a lo lejos. En esas casitas que se ven sobre el agua se organiza el cultivo de los salmones, unos 2.000 salmones en 25 metros cuadrados. Inevitablemente uno piensa en la cría de los pollos en sus recintos reducidos, sometidos a una ingesta continua de alimento para ser rápidamente engordados. El salmón no nace en esos lugares, nace en agua dulce. Hasta allí se llevan los huevos y duran unos dos o tres meses en crecer, período en el cual reciben hormonas y en muchos casos antibióticos para su buen crecimiento. También se utilizan realzadores del color. Esa práctica de cultivo intensivo ha llevado a que se dañe el fondo marino y se altere el ecosistema. La población chilota reaccionó a esto e hizo huelga en algunas ocasiones y este tema se está regulando más.

La industria del salmón emplea a unas 2.500 personas por planta de proceso. En estos momentos muchas de esas salmoneras están cambiando de lugar con la consecuente amenaza a la fuerza de trabajo.

El salmón básicamente se exporta, no se consume localmente. En general, lo que se busca consumir en la isla es la pesca directa del salmón y de otros pescados, los que van quedando. El respeto por el mar es una materia pendiente, se va avanzando, pero lleva su tiempo entenderlo y aplicarlo.

Una tierra tan bella y rica, se ha visto, lamentablemente, amenazada por la llegada de ciertos emprendimientos. Hoy día hay dos temas que preocupan a los chilotes. Por un lado, la construcción de un gran centro comercial en la ciudad de Castro, que ahora está en planes de ampliarse, que pone en tela de juicio la condición de Patrimonio de la Humanidad de la iglesia de San Francisco en esa ciudad. Por otra parte, se planea construir un puente en Chacao, la entrada norte al archipiélago de Chiloé, que muchos ven como una gran amenaza para los bosques nativos y para todo el tema patrimonial. La posibilidad de explotar oro está llevando a movimientos económicos y ambientales que tienen en vilo a los pobladores de esta joya pura al sur de Chile.

 

 

 

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