“La situación es tan fuerte que hay que hacer arte; es casi una obligación”

La entrevista es virtual, obviamente, en estos tiempos que corren. Rosina Gil lleva un sweater rosa fuerte y el pelo corto. Terminó hace minutos su clase de yoga, una de las tantas que toma cada día: ballet, pilates, entrenamiento físico. Estamos en marzo y parece mentira que repetimos, con agravantes, la situación de un año atrás.

Al cortarse la presencialidad, decidió tomarse un tiempo de introspección antes de retomar los ensayos en cuarentena. Salió a caminar, visitó a su familia en bici recorriendo la Rambla de Pocitos a Carrasco, y respiró hondo antes de volver al trabajo duro y a concentrarse en una obra propia, la primera. Una pieza que tiene que ver justamente con la pandemia y que comenzó a esbozar el año pasado. Fue en el encierro que se dio cuenta de que no podía dejar de bailar, de que no importaba que hubiera muebles, cortinas, un gato curioso o familia dando vueltas por la casa; necesitaba danzar. Simultáneamente cursó un taller de dramaturgia con Gabriel Calderón, Santiago Sanguinetti, Anthony Fletcher y Laura Pouso. Así comenzó a cobrar vida Varada, una obra de danza con textos, algo nuevo para ella. Se abrió una ventana impensada, convocó a bailarines, les mandó tutoriales, se pusieron a practicar cada cual en su casa, integrando el entorno doméstico. Se presentó a un fondo concursable regional y ganó: la obra se presentará en el Teatro Macció de San José.

¿Cómo nace Varada?

Empezó por el lado de salir del estado extraño, de la incertidumbre y la tristeza, el cambio rotundo de vida. Empecé a bailar en casa, aparte de las clases que tomo, quería ver qué salía de mí. Busqué música que me motivara y cuando me integré al taller de dramaturgia me re inspiré, se me vinieron ideas de personajes para la obra, cada uno tiene una historia, un porqué, sus manías, sus traumas. A partir de eso busqué generar un lenguaje que fuera genuino y mezcla de danza y teatro. Apunté a salir de mi zona de confort y aprender todo lo que vi en el circo, con los clowns, tratar de volcarlo en esta obra. Ha sido todo un desafío para mí. Y es una buena forma de llevar toda esta situación. Me inspira. Es tan fuerte que hay que hacer arte, es casi una obligación para este momento.

Has tenido un cambio de vida muy drástico. Antes de volver el año pasado para hacer Un tranvía llamado deseo estabas en Montreal y viajando por el mundo con el Cirque du Soleil. ¿Cambió mucho tu rutina, tu forma de bailar desde que estás acá?

En el circo mi papel era clásico. No era en puntas, era media punta. Allá hacíamos diez funciones por semana. Además, trabajaba como coach artístico entonces hacía doce horas de trabajo. En el último tiempo, además, tenía que ensayar sola el Tranvía, que dura una hora y quince. El personaje Blanche está en escena todo el tiempo. En ese entonces yo viajaba, me iba iba mudando de ciudad en ciudad, a veces tenía que contratar a algún bailarín de cada lugar para que me ayudara a ensayar. Hacía videos y los mandaba a Uruguay. Tenía que encontrar momentos y lugares para ensayar. No hay demasiado espacio en la carpa; debía adaptarme a las circunstancias. El director del circo me decía: “tenés que descansar”. Ellos me veían que yo ensayaba en cualquier momento.

Se repite el tema del espacio reducido para bailar. Primero el circo, y ahora la pandemia.

En el circo hay un horario que tenía que manejar muy bien, cada cual se maneja en forma independiente, tenés la responsabilidad y 100% de libertad para hacer tu trabajo. Eso me entrenó para lo que vino después: depende de mí estar en forma, adaptarme a lo que tengo, que pase mi abuela, que me moleste el gato, el poder de concentración y adaptación, esto es clave en esta situación.

¿Qué más sentís que te dejó el Cirque du Soleil?

Más allá de lo profesional me enseñó mucho estar con diferentes culturas, saber relacionarme con diversas disciplinas. También el tema de la puntualidad, hacer las cosas en el momento. La cultura estadounidense me ayudó a organizarme bien. Como tenía que hacer tanta cosa aparte de lo mío, era muy multitask, tenía que organizarme. Yo antes era más desordenada. Y luego, el hecho de poder estar en un lugar donde todo lo que es la creatividad y el mundo onírico puede tener lugar… En ese lugar pasaba. En Montreal, en la sede del Cirque du Soleil, hay un sitio que se llama La fábrica de sueños, ahí están todos los creadores. En otro lado están las telas, que se imprimen ahí; la escenografía, las pelucas, allí se diseña todo. Cuando llegué me escanearon, me midieron el tono de la piel, todo para el vestuario.

Disfrutaste de ese universo hasta que Igor Yebra te invitó a volver a bailar acá. ¿Cómo ha sido el proceso de encarar a Blanche, la protagonista de Un tranvía llamado deseo?

Fue increíble, una experiencia muy fuerte. Esa obra marcó un antes y un después en mi carrera. Hacer este otro tipo de danza, más teatral, con movimientos diferentes, con una libertad articular y mental más grande… y lo que significa ser Blanche, un personaje tan fuerte y complejo que trastorna a cualquier actriz. Alguien con tantas capas, que habla de tantas cosas. Pensar que es un personaje que vivía en los años 40 y sigue tan vivo.

¿Cómo es Blanche?

Es una mujer, para mí, que aparenta ser muy frágil. Es muy sensible, y eso le da la fragilidad, pero también está llena de deseo y de mucho dolor. Vive el duelo de su expareja, se da cuenta que él era gay, ella va a clubes nocturnos y está con muchos hombres, y busca la vida a través del deseo, como que si tiene pasión se siente viva. Pero también está esa fragilidad que tiene, esa sensibilidad. En un momento se encuentra con Stanley, el marido de la hermana, va a Nueva Orleans, se siente atraída por la masculinidad y agresividad de él, y él abusa de ella. Su hermana no le cree, eso del abuso en la familia. La obra con coreografía de Mauricio Wainrot empieza cuando termina la obra de teatro, entonces no es la misma obra. Comienza en el manicomio, ella ya está quebrada, ya vivió, y en la obra de ballet confunde todo el tiempo lo que pasó. Está en el hospital y tiene en un lado a la enfermera y al otro la hermana que está en su imaginación. Como bailarina es fuerte, es desgarrador. Empieza la obra y ella está en un estado súper alterado de ansiedad, corriendo, los enfermeros la quieren agarrar, le ponen una camisa de fuerza… Este año lo volvimos a hacer, bailamos de tapaboca. A todo el dramatismo de la obra se le sumó todo lo que está pasando ahora, súper intenso, y muy aeróbico también al tener el tapaboca, que el solo hecho de llevarlo puesto también le agrega dramatismo.

Texto: Malena Rodríguez Guglielmone

Fotografia: BNS (Santiago Barreiro)

 

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