Fotos y Texto por Joaquín Escardó Dell’Acqua.

Llegar a San Pedro de Atacama es mucho mas rápido y fácil de lo que uno cree. Tener esta maravilla, por que realmente es una maravilla, a tan pocas horas de Montevideo, es sin duda una suerte que quienes disfrutamos de la naturaleza debemos aprovechar.

Volamos desde Montevideo rumbo a la ciudad de Calama vía LATAM con una breve escala en Santiago. Minutos antes de llegar a Calama, desde la ventanilla del avión ya se podía apreciar la inmensidad y el carácter inhóspito del desierto mas árido del mundo. Las líneas perfectamente rectas e interminables de los caminos o rutas que se observan desde la altura, parecen terminar de golpe en ningún lugar.

 

Una vez aterrizados en Calama, nos dirigimos a la sucursal de Mercedes-Benz de la ciudad, donde nos estarían esperando con una GLC 200 para que emprendiéramos nuestro viaje hacia el oasis de San Pedro a tan solo 100 kilómetros de distancia. Según la Real Academia Española, un oasis es un paraje aislado en el desierto, en el que hay agua y crece la vegetación. Eso es exactamente lo que son el pueblo de San Pedro y sus pueblitos vecinos. Oasis que crecen en el entorno del río Atacama y son regados por el mismo.

Ya había caído el sol cuando entramos a la ruta y a los pocos kilométros la oscuridad era total. La cantidad de curvas, subidas y bajadas nos hacía pensar que atravesábamos una zona montañosa, pero muy lejos estábamos de imaginarnos el paisaje que veríamos a la mañana siguiente.

Llegamos pasada la hora de la cena al Hotel Tierra Atacama. Todo venía muy bien, pero al llegar a este lugar nuestras expectativas se desbordaron inmediatamente. Al ingresar al hotel la diversidad de elementos naturales integrados a la arquitectura y decoración de una manera muy sutil y orgánica daban señales de todo lo que descubriríamos en los días posteriores. Piedra, adobe, madera, telares, lana y la calidez de las personas que nos recibieron serían una constante en nuestra estadía.

Al abrir las cortinas de mi habitación muy temprano a la mañana siguiente, la sorpresa fue en aumento: el volcán Licancabur comenzaba a iluminarse con los primeros rayos de sol exactamente frenta a mi ventana. La luz continuó iluminando de a poco el valle que había en la falda del volcán y seguí maravillándome. Uno no espera llegar al desierto más árido del mundo y encontrarse con ese paisaje. Campos de alfalfa, flores, pastizales, árboles –en su mayoría chañares, sauces y algarrobos– y una vegetación pobre pero exuberante con mucho carácter.

El desayuno, al igual que la gastronomía que disfrutaríamos de ahí en más, era increíble. Variedad de panes y quesos, frutos secos, frutas, mermeladas caseras de frutos nativos como la fruta del chañar, salmones frescos y ahumados, jamones y muchos etcéteras. Lamentablemente la primera mañana nos tuvimos que contener y conformarnos con unos pocos bocados de fruta, café y agua, mucha agua, pues el pueblo de San Pedro se encuentra a 2.400 metros de altura y es recomendable durante las primeras horas comer poco e hidratarse muy bien.

Mientras tomábamos nuestro magro desayuno frente a un mapa gigante pintado sobre un muro, Rosa, nuestra guía asignada, nos señalaba los diferentes atractivos para visitar y entre sorbos de café fuimos elaborando lo que sería nuestra hoja de ruta para los próximos tres días.

Finalmente elegimos comenzar por las excursiones de menos altura para ir ascendiendo y aclimatarnos de a poco. Primero la laguna de Cejar y el Salar de Atacama, luego el Valle de la Luna y los géiseres del Tatio y, por último, las Lagunas Altiplánicas que se encuentran próximas a los 4.000 metros de altura y muy cerca de la frontera con Bolivia y Argentina. Todo esto parece muy exigente, pero realmente son excursiones muy llevaderas y ni que hablar si a la vuelta te espera una piscina sin fin con agua temperada y vista al volcán, un momento de relax en el spa, una copa de buen vino chileno con una rica cena y una espléndida habitación con una ducha y una cama para el recuerdo.

Si bien el hotel cuenta con vehículos propios para visitar los diferentes lugares de la zona, nosotros preferimos hacerlo por nuestros medios, pues conducir un Mercedes-Benz por esos caminos tan increíbles era una oportuidad que no se podía dejar pasar. Rosa se nos sumó a los paseos diarios para guiarnos y contarnos todo acerca de los lugares a visitar.

A las pocas horas de andar, mis ojos comenzaron secarse, sospecho que fue en parte por la sequedad del ambiente que realmente se padece un poco –en Atacama llueve en promedio tres días por año en el mes de febrero– pero también por la necesidad de mantener los ojos bien abiertos ante tanto paisaje nunca visto antes. El mismo lugar que fotografiaba por la mañana, en la tarde de regreso me obligaba a detenerme para fotografiar nuevamente. Se sabe que la luz siempre juega un papel fundamental, pero aquí es increíble el contraste que produce. En este lugar los amaneceres y atardeceres son particularmente únicos. Tal vez se deba a las diferentes capas de colores del terreno, el cual cambia constantemente, sumado a la vegetación variada y pobre, pero de colores potentes cuando la hay, más la poca humedad en el ambiente y la altura que generan una ambiente tan diferente y hostil como si se estuviese en otro planeta.

A medida que se recorre este territorio, lo primero que viene a la cabeza es la capacidad increíble del ser humano para adaptarse. No solo el poder de adaptación, sino el hecho de que alguien haya llegado hasta allí donde aparentemente no hay nada más que paisajes abrumadores. Será esa característica trashumante que siempre nos hace estar en movimiento y querer ir a la otra orilla, parafraseando a Jorge Drexler.

Al visitar las diferentes poblaciones es fascinante observar cómo el humano ha logrado adaptarse y transformar los territorios. Una muestra de ello son los canales de regadío y terrazas que los atacameños han construido a lo largo del tiempo para sus cultivos logrando así dominar el suelo y la tierra para finalmente producir alimentos.

En realidad, no es cierto que en este lugar antes no hubiera nada. San Pedro de Atacama se encuentra en un valle repleto de salares que en su momento fueron fuente de riquezas basada en el la extracción y el comercio de sal. Desde hace un tiempo ya es una de las principales fuentes de litio, un elemento muy demandado por estos días. Hay que tener en cuenta que Chile produce el 51% del litio del mundo.

Otra cosa que llama la atención en San Pedro y sus alrededores es la poca presencia de fauna. Apenas algunas aves migratorias como tres variedades de flamencos, la tagua cornuda y el caití y muy pocas más. Es necesario alejarse del valle de San Pedro y comenzar a ascender hacia la punta del altiplano andino para disfrutar de un fascinante cambio de paisajes que se da en este trayecto de unos ciento y poco de kilómetros.

A medida que se va dejando atrás el valle se comienza a divisar una tímida vegetación, que va aumentando y cambiando sus formas y colores en la medida que uno continua el ascenso, llegando finalmente a un tupido y colorido prado de amarillos y verdes intensos a más de 3.500 metros altura. Una vez allí, todo es diferente, se ven aves de todo tipo, incluyendo el cóndor. Llamas, vicuñas, y viscachas habitan la zona y donde hay vicuñas dicen que no faltan los pumas.En definitiva, el viaje a San Pedro de Atacama es imperdible para quien gusta de la naturaleza. Un territorio de contrastes extremos que nos llevan desde el páramo deshabitado de un desierto salino hasta las praderas llenas de vida del altiplano. Atacama es tierra de volcanes, salares, lagunas, cañones, aguas termales, pueblos de piedra y adobe, observatorios astronómicos y una muy rica cultura con mucha historia, tradiciones y leyendas.

 

 

Valle de la Luna: Declarado Santuario Natural por su increíble belleza y semejanza a la morfología lunar, este sitio es uno de los más visitados por los viajeros que llegan a San Pedro. Se encuentra a tan solo 17 kilómetros del centro y es uno de los imperdibles para quien visite esta zona. Sus valles con diversas formaciones de roca de sal, cuasi esculturas, forjadas por miles de años de inundaciones y vientos; sus lagos secos; las floraciones de sal que dejan un manto blanco con tintes amarillos, rojos y verdes. La brisa, el silencio, la profundidad y el cielo azul, muy azul. Todo esto hace de este lugar digno de ese galardón: Santuario Natural. Se recomienda visitarlo al amanecer o al atardecer donde la luz es más tenue y genera más contrastes y sombras. Durante las noches de luna llena también es muy visitado, dicen que entonces su majestuicidad y silencio es abrumador.

Géiseres del Tatio: El camino hacia El Tatio, al alba, es una experiencia suprema repleta de paisajes dignos de un documental. Con más de ochenta géiseres activos, El Tatio es el segundo campo geotérmico más grande de América luego de Yellowstone en Utha, Estados Unidos. Al llegar allí, el sonido de las burbujas y del vapor es la constante mientras uno recorre el parque. Se debe llegar muy temprano, al amanecer, ya que en las primeras horas de la mañana es cuando se genera el choque térmico entre el frío de la noche con los primeros rayos de sol. Es cuando más actividad tienen los géiseres; se alcanzan a ver columnas de vapor de más de 10 metros de altura. Pasadas las primeras horas, estos comienzan a perder fuerza y es el momento de un baño en las piscinas naturales de agua termal. Al regreso, otro viaje, nuevos paisajes, nuevos colores.

Lagunas Altiplánicas: A casi 4.000 metros de altura se encuentran las Lagunas Altiplánicas Miscanti y Miñiques. Se cree que tiempo atrás fueron una sola laguna y se separaron por una erupción del volcán Miñiques. Este es uno de los paseos más alejados de San Pedro, pero bien que vale la pena el viaje. El silencio en este lugar es ensordecedor. El intenso color turuquesa de sus aguas con bordes salinos y blancos, los respectivos volcanes que las contienen y les dan sus nombres, las vicuñas y los flamencos, hacen que este paisaje quede en la retina por mucho tiempo.
Unos kilómetros más adelante se encuentra el mirador de Piedras Rojas, un sitio bastante diferente, pero no menos fascinante. Allí la laguna está rodeada por una cadena de cerros con arenillas grises y rojizas que contrastan fuertemente con las aguas turquesa, de apariencia lechosa, con blancas capas de sal y pinceladas ocre y rojizas propias de las afloraciones de azufre y hierro. Si a todo esto le sumamos una bandada de flamencos sobrevolando la laguna, algo frecuente si se tiene paciencia, la experiencia es perfecta.

Salar de Atacama: El salar de Atacama es el salar más grande de Chile y uno de los más grandes del mundo. A diferencia de muchos otros salares, su superficie es rugosa, casi intransitable y contiene muchas lagunas en su interior. Una de ellas es la laguna de Chaxas y se encuentra dentro de la Reserva Nacional los Flamencos. Allí por medio de senderos se puede recorrer parte del salar y acercarse a la orilla de la laguna habitada por una gran colonia de flamencos. El atardecer es el momento perfecto para visitar la reserva debido al la cantidad de reflejos y colores que se generan en este increíble paisaje rodeado de montañas y volcanes.

San Pedro: A diferencia de sus pueblos vecinos todavía habitados por comunidades indígenas en su mayoria, San Pedro se ha convertido en un pueblo totalmente cosmopolita. Además del turismo itinerante, es notoria la cantidad de personas de diferentes partes del mundo que se enamoraron del desierto y echaron raíces allí. A pesar de eso, San Pedro mantiene su esencia, su antigua iglesia de adobe, su plaza con árboles centenarios, sus calles de tierra y sus casas de adobe con pequeñas puertas y ventanas que en muchos casos aun son de madera de cactus, algo muy típico en la zona. Eso sí, en el interior de estas casas se albergan diferentes emprendimientos turísticos y en muchos casos de muy buen nivel: restaurantes y bares, casas de diseño, tiendas de marcas internacionales, hoteles de lujo. Al estar hospedado en Tierra Atacama no dan muchas ganas de salir, pero sí que vale la pena dedicarle al menos una tarde para caminar por San Pedro y al caer la noche refugiarse en un bar o restaurante a escuchar música en vivo, tomar un trago y comer un plato típico o de cualquier otra parte de del mundo.

 

 

 

 

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