Pato Gil Villalobos

–Podemos encontrarnos en mi atelier del Faro en José Ignacio o en la chacra donde también pinto –dice por teléfono Pato Gil Villalobos al momento de concretar la entrevista.

Nos decidimos por la chacra. Sobre el mediodía llegamos en el GLC 250. Estacionamos en medio de los altos pastos, de cara a un espejo de agua que, como nos contará unos minutos después Flavio, el marido de Pato, se convierte en gran laguna con las lluvias. Reina el silencio y una brisa de campo, interrumpida por la anfitriona que llega sonriente, con sus rulos al viento, y la promesa de un rico té en su atelier.

 

En medio de este entorno agreste vive la artista-emprendedora, como le gusta llamarse, desde que un día decidió abandonar la vertiginosa rutina de Buenos Aires para instalarse en el campo y cerca del mar. Una vida despojada y natural que le permite hacer lo que más le gusta y ser feliz. Una opción que tardó años y varias vueltas antes de materializarse.

Pato Gil Villalobos creció en Buenos Aires, con una mamá vuelta a casar, un colegio caro como es el San Andrés, un abuelo que fue presidente de Bocca y un papá, que un día decidió irse caminando desde la Recoleta hasta el Amazonas y se quedó viviendo con los indios. Una infancia que no recuerda como feliz a pesar del amor incondicional de su mamá y las riquísimas visitas de su padre en las que le hablaba de Dios y de una vida totalmente diferente a la que estaba habituada.

La vida la llevó a tener una agencia de marketing promocional en Buenos Aires durante 14 años, una empresa bastante exitosa, en la que trabajan 30 mujeres y en los veranos unas 800 promotoras. Manejaba clientes como Unilever, Disney y Arcor a quienes daba las ideas y las ponía en práctica. Fue la primera mujer Endeavor en Argentina. Daba charlas sobre hacer lo que a uno le gusta, sobre ser la mejor versión de una misma. Pero, a los 33 años, comenzó a preguntarse: “¿es esto todo?” Lo que más quería en el mundo era ser mamá y había algo que no le estaba terminando de cerrar en su vida.

Por entonces siguió a la pareja que tenía en ese momento hasta California. Vivía parte del tiempo con él, en La joya, cerca del mar. Iba y venía a Argentina. En La joya tenía mucho tiempo libre, pudo ver su vida desde lejos. Allí se prometió que viviría cerca del mar. Invitó a una hermana suya, que pintaba, a instalarse una semana en su casa para que le enseñara a pintar. Directo del aeropuerto fueron a un art store y compraron de todo. Se puso a jugar con las formas y colores y se entusiasmó. Su hermana se quedó seis meses. Pato buscaba cada día formatos más grandes para expresarse. Un día se le ocurrió pintar las puertas del gran garaje de su casa. Al otro día los canales de televisión estaban filmando su producción. Su veta artística no opacaba su costado emprendedor. Organizó una muestra en el Merrill Lynch Building de La joya e invitó a gente que vendía muy bien y otros que eran apenas conocidos. Ahí vendió sus cinco primeros cuadros.

“Ya estaba organizando otra muestra y me di cuenta de que nuevamente estaba emprendiendo y yo lo que quería era pintar. Era como que tenía que frenar esa parte masculina mía que quería concretar las cosas, algo que tengo en el ADN”, recuerda.

Por esas épocas de apertura creativa tuvo también un despertar espiritual. Vivía a siete cuadras del centro de Deepak Chopra.

Empezó a meditar. Una inclinación que le venía de su papá. “Cuando era chica y papá venía a visitarme me contaba historias espirituales de las que solo hablaba conmigo. Me enseñaba a hacer taekwondo, a amar a los animales y a tirar cuchillos a los árboles. Me hablaba de Dios, que se había encontrado con su parte espiritual que antes no tenía, y que eso era lo mejor. Me decía que había que tener fe”. En La joya Pato conectó con gente que le fue mostrando formas de acercarse a la espiritualidad.

“Me iba en el descapotable a un lugar, a una hora y media, en California, hasta una petisita alemana que me enseñaba a meditar. Yo nunca había estado 20 minutos en silencio, callada y con los ojos cerrados. Sentí que la paz estaba dentro. Me acuerdo que escuché a Madonna que dijo: ‘la verdad que ahora me doy cuenta que la paz está adentro’. Y yo ya venía pensando eso. Yo, que era más joven que Madonna, pensé: ‘tengo tiempo, y quiero ser mamá’”.

Un día terminó la relación con ese novio y adiós La joya. Se volvió a Argentina, se puso a hacer un programa de televisión en Mar del Plata. Pero quedaba pendiente una búsqueda personal más profunda. El trabajo le pesaba cada vez más. Necesitaba llegar al fondo. Esa oportunidad se dio con un viaje a India, a una comunidad espiritual en la que permaneció dos meses. De allí volvió con más alegría y los colores que luego vibrarían en sus composiciones.

“Me traje de todo de allá, saris y telitas. Allá conecté conmigo misma, lloré todo lo que tenía que llorar y luego, como siempre pasa, florecés. Me tomé un año medio sabático. Andaba buscando mi lugar en el mundo. En un momento voy a Cadaqués y conozco a una persona que me habla de las lunas naranjas de José Ignacio. En verano decido ir. Vengo a José Ignacio con dos amigos y una noche en enero salgo a caminar por la playa. No había nadie. En un momento sale la luna naranja y alguien me dice: ‘qué lindo que está hoy’. Miro y era Flavio, ¡mi marido! Ahí nos conocimos y no nos separamos más. Por eso estoy tan agradecida a Uruguay porque me dio mi lugar, mi amor, mis hijos”.

En el medio de todos estos movimientos, la decisión que ya no se podía postergar más. Se quería retirar de la empresa pero le exigían quedarse tres años más para poder vender bien. No lo hizo, pero la venta le alcanzó para comprarse la chacra cerca de la playa.

Una chacra pelada, sin un árbol. Le primera noche concibieron allí a Sathya, su primera hija, cuyo nombre quiere decir verdad. Flavio plantó 4.000 árboles y construyó un horno de barro. Pato se puso a pintar, se acostumbró a estar descalza y a disfrutar de las estrellas y los bichitos de luz. Un poco después, el último día del año 2005, dio a luz allí al segundo hijo de ambos, Bindu, que significa luz.

Con su espíritu emprendedor y el apoyo de Flavio creó un lugar que era la síntesis de su búsqueda de los últimos años. Natural, con mucho espacio, árboles y agua, y un gran atelier donde las personas podían distenderse, comer algo rico y crear, especialmente los niños. Un día llegó sorpresivamente Marcelo Tinelli, que era cliente suyo de antes. Dobló porque le gustaron las florcitas pintadas en el cartel de la ruta. Paula (Robles) quería ir a India y Marcelo quería saber un poco del tema. Ese primer día, que fue con su familia, le compró todos los cuadros, los ocho primeros que tenía.

“En ese momento era una señal porque yo no estaba haciendo propaganda, mis hijos eran chicos… Claro que me sirvió todo el mundo empresarial que conocí antes. Sobre todo las relaciones humanas. Es cómo hacés las cosas en donde estés. Me ayudó a crear, a estar todo el día innovando, a estar con gente, a ser jefa, a ver al otro”.

Con Flavio buscan vivir la vida de forma tal que sea como una obra de arte. Por eso, cuando hace tres años las visitas comenzaron a transformarse en un infierno, decidieron cerrar al público y recuperar la intimidad.

Hoy día Pato sigue pintando, guiándose por sus corazonadas, exhibiendo en José Ignacio y preparando una serie de talleres que dará a través de su canal de YouTube. Los temas: Cómo casarte con vos misma, cómo ser la artista de tu vida, cómo vivir creativamente. Cómo crearte tu espacio creativo.

“Dicen que tengo el marketing metido, pero ¿qué es el marketing? Es llevar tu mensaje de lo que vos hacés, de la mejor manera posible y con tu forma de expresar que es única, al mundo. Si vos no lo comunicás, ¿quién lo va a hacer? Yo siempre le digo a los artistas, no es pintar y nada más. O escribir y nada más. Tenés que comunicar con amor lo que hacés.

 

“A mí me habían enseñado que la felicidad no existía, que era solo unos instantes. Hasta que leí un libro, Los cuatro acuerdos, de don Miguel Ruiz, un tolteca, que decía: ‘vos tenés las llaves de abrir las puertas del cielo o del infierno con cada pensamiento y con cada acción. Y podés ser feliz todos los días’. Ahí empezó un camino importante”.

“Vivo inspirada. La naturaleza me inspira. Cuando la gente descubre que se puede cambiar, que se puede ser feliz, que puede tomar la vida con su libertad, eso me inspira también. Yo podría haber sido una traumada con lo que fue mi infancia y, la verdad, lo pude revertir. Pensamiento positivo. Cuando me viene un pensamiento negativo lo que hago es dar gracias.”

 

 

 

 

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