Florencia Flanagan

Fotos: Nacho Seimanas y Darío Invernizzi

 Una lluvia fina caía con intermitencia sobre el Espacio de Arte Contemporáneo. En el patio norte de la excárcel de Miguelete el gran fuego ardía pese al aire mojado. Sucedió una tardecita de jueves del último febrero. Hombres y mujeres de distintas edades se acercaban con grandes papeles y telas rotas, con pedazos de algo, y se lo ofrecían a la hoguera. El aire olía a tierra húmeda; el silencio se cortaba con las luces crepitantes de lo que se estaba quemando y la vibración de un mantra repetido a viva voz. Cada ser sumergido en su trance, desarmando un esquema, incinerando el recuerdo de una experiencia, transformando una circunstancia, trashumando la propia piel. Un núcleo humano actuando en sintonía con un propósito, arrastrado por la energía de la destrucción en un acto consciente, de ritual, poderoso y purificador, cuidadoso a pesar de su tino devastador. El momento culmine de una obra que se había empezado a configurar unos diez años atrás en la mente de Florencia Flanagan. Le llevó unos seis meses realizar la idea. Siete días el arduo trabajo de instalarla en una de las salas del Espacio. Y, entonces, en menos de una hora, toda esa construcción se vio arrancada de su soporte y llevada al fuego para terminar convertida en cenizas.

CurándoNos es el nombre de esta creación que integró la selección para el Premio Nacional Linda Kohen y que se expuso hasta marzo de 2019 en el Espacio de Arte Contemporáneo. Una creación que se fue moldeando en diferentes momentos en el tiempo y con variadas personas. La gran matriz surge del trabajo que llevó a cabo la autora revisando y depurando su archivo personal. Una tarea que implicó hacer collages a partir de cartas, prendas, géneros, escritos y todo tipo de objetos propios, como ella misma expresa en su cuenta de Facebook, “poniendo el cuerpo y abriendo el corazón a la revisión de toda mi vida, mientras reflexionaba hasta qué punto la experiencia subjetiva revela experiencias sociales, educativas, políticas, culturales, filosóficas, espirituales, en las cuales estamos tod(..)s imbricados. Aunque sabemos que tod(..)s somos un(..) volvemos a descubrir algo en cada comprobación”.

Florencia Flanagan evita la inercia del masculino en la tercera persona del plural. Y no se trata de una pose o una moda. Su trabajo indaga fuertemente en el tema del género, pero desde una perspectiva familiar e íntima, relacionada al árbol genealógico, a sus protagonistas mujeres y a una imperiosa necesidad de redención.

Cuando visitamos a la artista en su taller de El Pinar varios meses antes de que quedara instalada la obra, nos encontramos con un entorno creativo que habla por ella. Discretas dimensiones y mucho vidrio a través del cual se vislumbra el verdor del jardín. En ese espacio gobiernan una mesa de trabajo, varias cajas prolijamente forradas y apiladas, libros, una pequeña máquina de coser antigua que perteneció a su madre, lápices, pinceles, tijeras, alfileres. Está cerca de parte de su obra: collages enmarcados, vestidos intervenidos, cuadernos/libros de creaciones. Al ir pasando las hojas olemos la esencia de su sensibilidad en espirales, hilos que conectan, paletas subyugantes de alta vibración, frases sabias, la abundancia del círculo, composiciones de exquisita forma y color que denotan una intensa búsqueda estética. Muchas de sus creaciones parten de objetos, de cosas que alguien cercano usó en algún momento, y a través de la composición son resignificadas. “Nos perdimos en la relación objeto-sujeto creyendo que en el objeto está el sujeto”, reflexiona. “Y no, está en el amor, en el encuentro, en la vivencia, en los cuerpos, en el aire. El objeto te atrapa. No da lugar al presente, a lo nuevo”.

La vivencia: precisamente. Desde hace muchos años que Florencia se ha volcado a trabajar en el campo de la acción, del acontecimiento, del encuentro de los cuerpos, poniendo la mirada en los procesos. Situemos a la artista en el panorama del arte uruguayo: Florencia Flanagan se formó en los talleres de Nelson Ramos y Enrique Badaró. Durante muchos años trabajó como ilustradora en diversos medios de prensa y revistas especializadas.

Hace más de dos décadas que expone individualmente en Uruguay y en el exterior. Obtuvo diversos premios como la beca Paul Cézanne, el Salón Municipal y el Salón Nacional y ha participado en diversas bienales. Durante mucho tiempo siguió el camino tradicional de los artistas de búsqueda personal para encontrar el sello propio y crecer. Pero hubo algo en su vida que marcó la diferencia: su acercamiento al yoga. Lo que empezó como una inquietud de trabajo físico terminó siendo una manera de entender la vida, un esqueleto para organizar su búsqueda de sentido. Se formó como instructora y comenzó a vincular el arte con el yoga. En esa sintonía es que surge el trabajo en arte desde un punto de vista colectivo, algo que había vislumbrado de algún modo en su pasaje por el Club de Grabado, pero en ese entonces con un enfoque más político.

Con la profundización que le dio el yoga comenzó a unir partes de sí misma, y a entender una manera de trabajo más profunda, más amorosa, en la cual se abrió de otra forma a lo colectivo y a lo femenino. Una de sus primeras revelaciones tuvo que ver con entender la urdimbre. Con el dibujo siempre como hilo conductor, fue llegando al tejido para reflexionar sobre lo que somos: una gran trama. “El tejido es lo que somos, somos tejedores. Nuestro cuerpo es tejido, nuestra piel, nuestros órganos; nos sostiene un tejido. Y el tejido es la primera producción que desarrolla una comunidad. Nuestra trama relacional es un tejido, algunos son densos, otros livianos, otros flexibles y otros se rompen, se reparan”. La obra Tiempos de trama comenzó a configurarse en 2008 como una iniciativa personal en la que también participaron otras personas. Era el comienzo de una nueva forma de trabajar, de amasar unos sentidos propios a la vez que generaba las bases, facilitaba el espacio y el tiempo, para que otros pudieran danzar con esa creación dando lugar a una nueva obra.

La herida femenina, la latencia de un dolor arquetípico y también personal, la enfrentó con la zozobra de buscar otra luz para la relación entre el hombre y la mujer. Sobre este tema trabajó en otra obra colectiva: Tejer el manto. En esa búsqueda convocó a mujeres de distintos orígenes a formar círculos, trabajar en la modalidad de taller, y desde una creación individual llegar a una gran obra colectiva. “Amar, reparar, crear” fue la idea fuerza detrás de ese gran movimiento que convocó a decenas de mujeres que coronaron su evolución con el despliegue de un inmenso manto en el Museo Nacional de Artes Visuales.

“Empiezo a entender que todo mi desarrollo de metodología artística genera una didáctica en mi trabajo como docente que a la vez genera una producción”, explica Florencia sobre su devenir en hacer arte colaborativo, una corriente importante en Latinoamérica que está llegando a Uruguay. “Mi trabajo pedagógico es parte de mi obra. Me estoy dando cuenta de que es mi obra, ya lo era, pero no lo veía. Y es algo que surge en el campo de lo social. El arte empieza a llevar sus propias metodologías y procesos a otras relaciones”.

 

CurándoNos surge bajo este ímpetu. Durante meses Florencia trabajó en su archivo personal y armó grandes pliegos que fue uniendo con cinta papel. Objetos dispuestos sin un orden cronológico o funcional, un mega collage que cubrió una de las salas del Espacio de Arte Contemporáneo los últimos meses de 2018 y los primeros de 2019. Las paredes y el piso recubiertos, completamente vestidos con esta piel inmanente de la artista. La obra entonces operó como lienzo de otra obra que siguió gestándose con la participación de unas cuarenta personas allegadas que fueron invitadas a intervenir, a hacer su propio proceso de desprendimiento, de transformación, de cambio y resignificación. Y así esta gran tela, fruto de un trabajo colectivo que redimensionó el original, creó nuevas conexiones, con una nueva mirada sobre el tiempo y la permanencia. “Todo el conocimiento está dentro nuestro”, explica Florencia que durante la intervención colectiva llevó registro de la acción con una cámara go pro en su cabeza. “Desde el yoga sabemos que tenemos desarrollado muy poquito del cerebro. Estamos atrapados en una forma de percibir la realidad, pero es más amplia”. Y es que través del arte podemos conectar con otras fuerzas, sanar, entender sin pensar, comprender.

La obra CurándoNos sigue generando olas. En su creadora, en quienes participaron y en los que pudieron apreciarla estos meses pasados en el centro de exposiciones sobre la calle Miguelete. Como todo hecho artístico, continúa reverberando en la memoria y en los planos inconscientes, esa dimensión oculta que nos impulsa en la vida sin siquiera saberlo.

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