Santiago Barreiro

Por: Malena Rodriguez Gugliemone

 Cuando empezó a retratar a los bailarines del Auditorio Nacional del Sodre Santiago Barreiro no sabía que se convertiría en un fotógrafo de ballet. Esos primeros pasos autorales que dio luego de egresar del Fotoclub Uruguayo y de trabajar en distintos medios de prensa fueron el caldo de cultivo de distintos proyectos que hoy día lo tienen totalmente comprometido con este arte. Santiago Barreiro acaba de colaborar con la National Geographic, con un reportaje sobre el método de ballet cubano.

Con el ballet, este fotógrafo nacido en La Paloma encontró un camino. Se metió en un universo con múltiples posibilidades de expresión, no exento de dificultades, pero con mucho potencial. Porque no es sencillo acercarse al trabajo diario de las compañías de danza. Se necesitan permisos, burocracia, paciencia. Lo vivió localmente al trabajar retratando al Ballet Nacional; al elaborar el libro Pueblo Ballet, donde quedó en blanco y negro cómo el ballet puede integrarse a la ciudad. En los últimos meses ese trabajo de paciencia también se apuntó al exterior. Casi un año estuvo gestionando para poder tomar imágenes de la Escuela Nacional de Ballet de Cuba. Y al final le fue denegado. Se fue entonces a San Pablo a hacer un trabajo puntual y cuando volvió recibió una respuesta afirmativa del Ministerio de Cultura de Cuba. Se instaló en La Habana, un mes, con la idea de seguir a la primera bailarina, Alicia Alonso, en sus rutinas diarias de entrenamiento. Poner un poco la lupa en los detalles cotidianos, un poco buscando darle continuidad al trabajo que había hecho junto a la compañía del maestro Julio Bocca.

Con su lente va en busca de una historia, de contar algo en un marco dado. Conviviendo en Cuba se dio cuenta de que había mucho para contar. Pasaban tantas cosas interesantes que no podía seguir solo a la primera bailarina. Se vinculó con la escuela de danza, con los niños que están a tiempo completo aprendiendo a bailar. Conectó con el método cubano de enseñanza de la danza que no sigue tanto a la escuela rusa, más rígida y estructurada, sino que toma también de la escuela americana, de la francesa y le da un toque más humano, más latino, más divertido. Un trato muy afable con los alumnos, más cercano. Allí los niños son contemplados integralmente, como personas, y no solo como seres que tienen que aprender. Una manera más lúdica de trabajar y de vivir.

Santiago hizo ese trabajo con el ballet de Cuba pero paralelamente aprovechó para hacer otras cosas. Las clásicas e ineludibles coloridas fotos de la calle con esa gente tan alegre y viva. Videos de cinco minutos con personas interesantes que conoció como una bailarina ciega. Es lo habitual, ir trabajando con distintas líneas de investigación.

Antes de irse tenía ya en camino un trabajo que reflexiona sobre el propio ballet. Apenas terminó el libro Pueblo Ballet comenzó a trabajar con el concepto de alienación, en el sentido de enajenación. En ese proyecto se plantea la pérdida de identidad de la bailarina clásica a lo largo de su carrera. Aquello de estar toda una vida preparándose para interpretar papeles en obras, encarnar reinas, cisnes o princesas y dejar muy poco espacio para una expresión más personal. La serie en proceso se llama L’Aliénation y cómo él mismo expresa en su página (Santiago-Barreiro.com), “es la lucha interna, el sentimiento reprimido del bailarín de ser al fin, su propio intérprete. Dejar de usar su cuerpo como móvil para representar otras vidas de antaño, vidas que hace suyas. Es la identidad perdida del ser, son muchos cuerpos, muchos ‘sentires’, muchos rostros, todos menos el propio, ese que, al ocultarse profundamente, se queja”.

En las fotos no hay rostros, no hay identidades. Hay cuerpos de bailarinas en ciertas poses, en lugares cerrados con aspecto de abandonados. Arquitecturas singulares y muy diferentes entre sí, que podrían asemejar a interiores humanos, y allí están esos cuerpos suavemente curvados dialogando con la geometría del espacio. Dialogando el adentro y el afuera. Una paleta sosegada que baila amablemente con la piel, que la resalta y la dignifica. Son movimientos que se integran al entorno. Lejos de rigideces o estructuras, se amalgaman con su marco. Hay gestos retraídos, intempestivos, de rencor, de liberación, de angustia, de juego. Hay gestos absurdos, hay gestos arrogantes.

El proceso creativo fue muy cuidadosamente pensado por Santiago. Primero buscó las locaciones. Desde un frigorífico abandonado en Gualeguaychú (el primo hermano del Frigorífico Anglo), casas deshabitadas o castillos como el de Idiarte Borda hasta un hospital psiquiátrico en San Pablo. Primero hace las tomas de los escenarios y luego piensa cómo ubicará a sus protagonistas en la escena, qué ropa llevarán. El momento de componer es como un juego con las bailarinas: prueban esquemas clásicos de danza y luego los rompen. Y allí aparecen ellas, como atrapadas en algo, y nos preguntamos ¿quiénes son?

 

 

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