Pilar González

Eran magnéticas y estaban estupendamente vestidas. A veces, en pleno día, cuando volvía a su casa con su madre, las veía allí paradas, con sus brillos y su aura sensual. Eran mujeres y hacían su trabajo en Bulevar Artigas y Chaná, muy cerca de su casa. Por las noches las oía correr, los tacos golpeando el pavimento, huyendo de la Policía. En ocasiones se detenían a guarecerse en el zaguán de su casa y ahí las tenía más cerca. El oído pegado en la puerta le permitía escuchar sus murmullos y sus charlas y así se alimentaba el misterio y la fantasía.

Pilar González cree que comenzó a dibujar antes que a hablar. Su natural inclinación fue reforzada con clases de dibujo académico, y fue en plena adolescencia cuando esas mujeres, las prostitutas, comenzaron a aparecer en sus dibujos. Era un mundo que la inquietaba y que fue saliendo solo, no se ponía límites. Dibujos con carga erótica, con algo de fetichismo, que fue llevando a distintos formatos plásticos. Que una mujer se atreviera con ese tema fue algo excepcional para la época, pero fue muy bien recibido. “Sacó a la luz muchas cosas de las que no se hablaba. En esos trabajos hay detalles muy pesados de mi propia visión y mi sensibilidad femenina, pero también hay un sentido del humor que para mí es básico. En mi vida yo me manejo con el humor”, comenta Pilar sentada en el living de su casa, rodeada de sus propios cuadros.

Uno de los formatos elegidos fueron sábanas, elemento tan simbólico asociado a la temática, que ella pintaba y utilizaba para armar collages. Se nutrió también de la literatura; le sirvió mucho un libro que leyó de Julio César Puppo “El hachero” denominado Ese mundo del bajo.

Paralelamente a su trabajo con estas mujeres, la joven artista se dedicaba a la ilustración en diversos medios locales. Se hizo muy conocida por sus trabajos en Jaque, Guambia, El dedo, el Suplemento Cultural de El País, Brecha y Jaque. Allí salían publicadas sus expresivas interpretaciones de la actualidad hechas a tinta con plumín, muy diferentes a las mujeres que ha creado su imaginación en técnica mixta, vehículos de la más honda búsqueda personal.

“Siempre digo, como ilustradora trato de no ser un eco del que escribe”, comenta Pilar. “Leo el texto pero luego sobre eso me doy toda la libertad. Si estoy repitiendo lo que dice la persona que escribe no tiene sentido. De repente tomo un punto que me interesa a mí, que tal vez no es lo más importante de todo el texto, y empiezo a trabajar. Tengo cajas y cajas de dibujos porque han sido tantos años dibujando. Al que te pide una ilustración lo que le das es el derecho a imprimirla, no es que sean dueños de la misma. Y me gusta justamente porque es bien distinta a esa cosa más creativa por mí misma, mi búsqueda personal”.

Sus aprendizajes en solitario se vieron reforzados por sus pasajes por el taller de Eduardo Fornasari de más jovencita, que le despertó la imaginación, y por el de Nelson Ramos, una experiencia decisiva porque le soltó la línea.

En 1991 recibió una llamada de Luis “Perico” Pérez Aguirre a quién ella ilustraba en Brecha. El sacerdote fundador del SERPAJ le propuso hacer los dibujos para un libro que estaba escribiendo, testimonial, relacionado con las prostitutas del puerto. Su idea era contar la historia real de Miriam, una prostituta que había muerto. “Me dijo una cosa muy interesante”, recuerda Pilar: ‘yo no quiero que lo ilustres, no leas los textos antes, hacé tus dibujos y después lo leés si querés’”. De ahí surge la serie Mujer de la vida. A raíz de eso se hicieron muy amigos. Pilar, que nunca había hablado con una prostituta, llegó a conocer a varias gracias a Perico. Cada tanto Perico la visitaba en su casa del Prado; llegaba con una van y tres o cuatro mujeres a las que había ayudado y se sentaban a conversar, le contaban sus historias de vida. Entendió entonces cómo era la vida real de estas mujeres, que en muchos casos tenían hijos. La fantasía de Pilar se terminó y con ello las pinturas que hacía sobre ellas.

Siguió, sin embargo, interpretando a su género. “De alguna manera donde hay una figura femenina hay una búsqueda de mí misma y eso es inagotable. Todo el tiempo vas caminando en la búsqueda, y lo importante no es lo que vayas a encontrar sino el camino mismo”, explica.

Con el nuevo milenio se dio un giro en su arte. En 2001 hizo un viaje a Indochina, a Laos, que le dio una nueva perspectiva. Ese pequeño país a orillas del Mekong, entre Tailandia y Vietnam, que vive del trueque, le dio la posibilidad de presenciar una existencia muy diferente a la que estaba acostumbrada.

“Viven en chozas hechas con bambú y paja, construidas alrededor de una plaza donde hacen todo”, rememora. “Muelen café, bañan y dan de comer a los niños, comen todos juntos ahí, y después van a hacer sus trueques a los mercados que fue una cosa que me impactó muchísimo. Palanganas con larvas, ratas abiertas. Son muy pobres y es lo que comen. Todo tipo de hortalizas y condimentos. Recorrí aldeas muy alejadas de la capital, gente que no tiene asistencia médica. Es un país que fue muy bombardeado en la guerra de Vietnam y unos médicos sin fronteras me dijeron que tendrían que estar como 300 años para sacar todas las minas que hay enterradas por ahí. Dos por tres estallan en distintas partes. Es increíble ver cómo vive la gente, con qué alegría”.

Conoció a una anciana que fabricaba papeles en medio del campo. Tuvo la oportunidad de viajar al norte del país y darle clases de español a monjes adolescentes vestidos con túnicas color de azafrán. “Era una ciudad sagrada que quedaba a 500 km de la capital, con muchos templos. Un día yo estaba mirando el lugar que estaba cubierto de la planta Santa Rita y se acercaron unos monjecitos a charlar conmigo. Vieron que sabía español y me pidieron que les enseñara. Tenían 15-16 años. El tiempo que estuve ahí iba todos los días a enseñarles. Tenían una pizarrita y té de frutas. Y aprendían rapidísimo. Los padres no podían alimentarlos entonces ellos iban a los monasterios. Empezaron tres y terminaron como 20 aprendiendo español. Fue una relación tan estrecha… Es como si fueran puro espíritu”.

En ese mes y medio de vivencias intensas el arte de Pilar pasó de la figuración a una abstracción más orgánica. Y nació la serie El olor del jengibre.

Con el correr del tiempo se fue aventurando en nuevos soportes y es así que desde hace años trabaja también en teatro, haciendo escenografías, encargándose también del vestuario y el maquillaje. El trabajo para las tablas le dio otra visión y otro relacionamiento con los otros. “Salí de la más absoluta soledad. Entré en otro mundo que me vinculó con los demás. Me sirvió mucho para sacarme del encierro. Trabajé con la Comedia Nacional, con El Galpón, con la Alianza, pero mi casa era El Circular. En un momento estaba más ahí que en mi casa”, cuenta.

De todos modos, cuando trabaja en lo suyo percibe un eco mucho más poderoso dentro de sí. Recientemente, en el Cabildo de Montevideo se exhibió su muestra Lenguajes secretos.

“Cuando estoy trabajando en mis obras no soy consciente de la búsqueda de mí misma. Soy muy visceral y he trabajado con eso. A partir de cosas medio en caliente, medio de las tripas; eso me refleja. Pero esos análisis son posteriores, cuando la obra se enfrió, cuando estoy más distante. Mirar para atrás me ayuda a ver por dónde estaba caminando, por dónde estaba buscando. La perspectiva me la da el tiempo”.

 

 

 

Artículos Relacionados