Tierra Chiloé

 En la península de Rilán, en el corazón del archipiélago de Chiloé, se encuentra el hotel Tierra Chiloé. Es una construcción grande y minimalista, inspirada en los clásicos palafitos de la isla, que domina la loma con orillas al mar interior. Por fuera, las paredes del gran palafito están revestidas de tejuelas, como las casas típicas de Chiloé. Al poner un pie en este hotel, sobre un piso de hormigón lustrado con piedras, se percibe el cuidadísimo diseño y la calidad de cada uno de sus rincones. Un gran mapa de la isla da la bienvenida. Es una obra de la artista chilena Claudia Peña, una pintura intervenida con objetos, evocando la intimidad de un cuaderno de viajero. Sobre la pintura al óleo vemos hojas de un árbol nativo, caracoles, recortes, dibujos de animales, de algas y hierbas en una hermosísima composición. La obra nos da la pauta de la estadía que se avecina.

El lobby da paso a un ambiente amplio con ventanales al mar. Allí está el bar con su barra de 14 metros armada como un puzle por el diseñador industrial Beltrán Díaz. Se trata de una estructura en terciado marino y una piel de madera de ulmo. Abunda la madera: en el piso, en los techos de alerce con clavos de cobre, en los bellos muebles elaborados por diferentes diseñadores chilenos. Cerca de la barra hay una suerte de biblioteca y una enorme estantería en madera de lenga fruto de la combinación de distintos ritmos visuales que recrean un típico mercado. Allí se almacenan con orgullo muchos productos que se usan en la cocina del hotel y que son el emblema de la gastronomía de este lugar. Así podemos tocar y oler distintas variedades de papas nativas, conocer el famoso ajo chilote, probar algunos licores y conservas de la zona, hierbas medicinales y muchas verduras que vienen de la huerta propia y de los campos de vecinos.

Las mesas tienen originales ángulos irregulares, y las sillas campesinas son también fruto de un pensado diseño. Las lámparas llaman la atención con su cestería típica adaptada a formas contemporáneas. Sobre las mesas se lucen las bases de piedra de río y los cuencos de madera que almacenan los aderezos. Cerca del living hay una gran mesa con tres capas de madera cortadas con láser que forman un mapa topográfico de la isla. Se respira buen gusto, se respira patrimonio. El arte se disfruta también en una galería lateral con vista al jardín trasero en el que se ven inmensos cestos llenos de plantas y flores. En nichos en la pared se lucen obras sorprendentes de talentosos artistas de este país. Hay un colorido juego de transparencias que evoca a los pájaros que llegan al humedal de Pullao, obra de la artista Antonia García. Es un collage tridimensional con recortes de cisnes de cuello negro, patos verdes, gaviotas dominicanas, flamencos, garzas y zarapitos, aves que se pueden apreciar desde el hotel. Hay un diorama (montaje escénico) que habla de la minga, la tradicional y solidaria forma de organizarse que tenían los chilotes, obra de Matilde Huidobro. En esta instalación se alude a la “tiradura de casa” donde una familia pide ayuda a sus vecinos para trasladar su hogar por mar o tierra para después compartir una gran comida en agradecimiento. Otra artista, la franco-estadounidense Justine Graham, explora las leyendas chilotas, y personifica cinco mitos que se distinguen por sus singulares tocados creados con materiales tradicionales de la zona. La obra del chileno Leonardo Portus investiga la arquitectura de las iglesias chilotas plasmando el delicado trabajo de restauración de iglesias del siglo XVIII.

Tierra Chiloé abre sus puertas en primavera y extiende su temporada hasta fines de otoño. Cuenta con 24 habitaciones, incluyendo dos suites y cinco habitaciones familiares. Todas con vista panorámica hacia el mar interior o la bahía de Pullao. La experiencia de ver salir el sol sobre el mar es garantía de empezar el día con energía. Y luego el desayuno, con una rica y sana variedad de propuestas: jugos de frambuesa, melón, piña y naranja; frutas de todo tipo; huevos caseros en distintas preparaciones; salmón ahumado, palta, tomates, variedad de quesos y fiambres, y leches de distinto tipo para acompañar el té o el café. Cereales sin gluten o pan casero que es una exquisitez: blanco o negro con semillas de zapallo. Se pueden probar las tortas: es una delicia la de leche condensada y nuez.

A la hora de planificar el día hay varias alternativas. Se puede comenzar con un paseo por los alrededores para reconocer el terreno. Allí nomás, por esos caminos quebrados y pintorescos se empieza a sentir la paz, el silencio. Tierra adentro se siente el aroma de los eucaliptos, se aprecia el sonido de los pájaros, el olor a tierra mojada. Las inmensas hojas de Nalca, tan típicas y tan exuberantes destacan con sus formas. Los caminos suben y bajan y van maravillando con las vistas. Se puede bordear el mar, sentir su perfume salado, suave, sin violencia porque es mar interior. La brisa o el viento, el canto de las gaviotas, de los loros, o de los pequeños pájaros que vienen de muy lejos. Hay caminos cubiertos de caracoles, hay flores y hierbas salvajes.

El humedal de Pullao está a los pies del hotel. Es un pedazo de mar que va y viene con las mareas. En cada retiro deja ver los colores verde y marrón de las algas. Los pájaros se posan sobre las piedras y buscan su alimento. La textura de esa playa tan rica en biodiversidad se aprecia cuando se pasea a caballo y las patas del animal se hunden en ese lodo negro. Los vasos del caballo se hacen oír al despegarse del terreno: plop, plop, plop. Se aprecia un olor intenso, a elemento orgánico y la vista se llena de aves de diverso tipo.

Aparte de caminar y andar a caballo se puede salir en bicicleta por los alrededores empinados. Hacer kayak o una excursión en barco a alguna isla cercana. El Williche fue construido en el embarcadero de Castro, la capital de Chiloé, con maderas de la zona. Tiene un simple y cuidado diseño interior que acoge a los tripulantes con mucha calidez. Allí se disfrutan aperitivos y picadas deliciosas para fijar en la memoria. Desde su proa se aprecia la vista despejada, y los animales que van apareciendo en el camino: delfines, pingüinos, pájaros.

Hay mucho para hacer en Chiloé, un destino off the beaten path. Hay trekkings y paseos más largos en los que se recorren acantilados, bosques, caminos serpenteados bordeados de helechos y árboles altísimos. En las islas a visitar hay un itinerario ineludible que son las iglesias, con su tamaño tan amable, y su singular arquitectura. La ciudad de Castro es uno de los paseos más típicos. Allí se puede conocer la iglesia de esta ciudad que es diferente a todas las demás. Está el mercado donde se aprecia una gran variedad de pescados, mariscos, frutas, verduras y algunas artesanías. Se puede visitar el astillero de Castro, donde se fabricó el Williche.

Al regresar de las excursiones la perspectiva es disfrutar de una buena comida. La chef de Tierra Chiloé rescata los sabores de la isla, con una cocina creativa que potencia los productos locales y recetas tradicionales de la zona. Papas nativas, deliciosos mariscos y la pesca del día se incorporan a las preparaciones en una cocina artesanal y natural, con vegetales de la huerta. Algunos de los platos que aparecen en la carta: ravioles de alcachofa con ricota salteados en vinagreta y mantequilla clarificada; gratín de papa nativa; cerdo ahumado a la frambuesa glaseado en mantequilla; atún grillado empanado en avellana con kale, rúcula y brotes, flor de amapola y flor de laurel; cake de centolla; congrio frito con puré de apio y chimichurri; pullmay que es un guiso similar al curanto. Los postres son suaves y típicos también. Se puede pedir helado de rosa mosqueta o helado de miel de ulmo entre otras opciones más tradicionales. Los platos, excelentemente presentados, se maridan con una gran selección de vinos chilenos, cervezas y cócteles. Hay opciones también para los vegetarianos y los más pequeños.

Al caer la tarde, una manera excelente de descansar las piernas y relajarse plenamente antes de la cena es visitar el spa. Tiene dos piscinas climatizadas, una adentro y otra afuera, sauna, y la posibilidad de disfrutar distintos tipos de masajes. Como en todo el hotel, el spa sigue un diseño funcional y muy estético. Una gran escultura en piedra reproduce el sonido de las vertientes en la precordillera con agua que corre en tres grandes piezas de granito. Afuera, la piscina humea en contacto con el aire fresco y es una delicia el contacto tibio del agua en contraste con la brisa. Juncos y pastos ondean alrededor, un poco más allá la inmensidad del mar y el brillo del sol reflejado en el agua. En momentos así se siente plenamente el poder de fusionar naturaleza con excelente diseño.

Sustentabilidad: Desde su origen, Tierra Chiloé incorpora una visión sustentable, comprometido con el cuidado y protección de la naturaleza. Cuenta con tecnologías para reducir el consumo de agua y posee su propia planta de tratamiento, para reutilizar el agua en riego. Además, recicla. Posee con una caldera con base en biomasa para la calefacción y fomenta el desarrollo local con proveedores de la zona.

 

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