Paz y buena vida en el país de atrás

Una rica manera de disfrutar el fin de semana es subirse al auto y tomar la carretera rumbo a Pueblo Garzón. Un rincón tranquilo y elegante del campo uruguayo, en el que sigue reinando la tranquilidad y la estética cuidada. Una simpleza de urbanización tierra adentro con un toque distinguido. Pocas manzanas, la prolija y simétrica plaza con sus palmeras, las casitas con plantas y flores bien podadas y regadas, nada de contaminación visual y casi nadie en las calles. El pueblito rescatado por el chef Francis Mallmann al que se llega por una ruta pintoresca de viña y olivos recibe al visitante con sus luces de media tarde y el frescor de la sierra.

Poco se sabe de la historia del pueblo más allá de que fue fundado en 1892 y originariamente era un cambio de postas sobre el Arroyo Garzón y el camino Real que lleva a Rocha. Hasta el año 1940 el pueblo tuvo un molino y unos 2.000 habitantes. Pero luego la gente se empezó a ir; hoy día viven unas 190 personas dedicadas a la actividad rural y mineral, hay una escuela a la que concurre una treintena de niños y en verano el pueblo cobra vida nueva con la llegada de extranjeros y gente de la ciudad vinculada al arte. Muchos de estos extranjeros de alto perfil eligieron este rincón de Uruguay para vivir todo el año y conviven con la gente de la zona, asimilando sus ritmos y su sencillez, en un entorno agreste que conserva algo de esa naturalidad vintage puertas adentro.

La proa del hotel-restaurante de Mallmann, otrora el almacén de Ramos Generales, es austera por fuera pero dentro tiene una decoración country de primer nivel. Frente a la plaza persiste en el tiempo este refugio cuidado para recibir a los seguidores del mediático chef. El hotel cuenta con cinco habitaciones con vista al jardín, todas con cama king-size y baño privado, y chimenea o salamandra.

El anexo Casa Anna, con cuatro habitaciones, también está disponible, antiguamente propiedad del galerista inglés Martín Summers, amigo de Mallmann, padre de la actriz de series de televisión, Tara Summers. El jardín de Casa Anna es amplio y singular por las piedras grandes, redondeadas, que fueron dispuestas en diversos puntos del terreno. Hay varios ambientes armados como para sentarse a disfrutar al aire libre, una gran piscina y un bungalow donde, en las noches de verano, pasan películas. El restaurante ofrece lo mejor de la carta basada en el fuego de leña, el horno de barro, la parrilla y el infiernillo como técnicas de cocción, y un menú basado en productos regionales y pescados de la costa.

Se puede recorrer el pueblo caminando, hacer un paseo en bici o a caballo; visitar la estación de trenes o deambular por las sierras cercanas. Muy cerca del pueblo está la bodega Garzón con su espléndido restaurante y su aceitera estrella, ambos emprendimientos con multipremiados productos para disfrutar allí mismo, en medio de un entorno por demás privilegiado.

Cada tanto se organizan en Garzón distintos eventos. Como ha sucedido en los últimos años se celebrará el festival de arte Campo, esta vez en una versión híbrida que combina lo presencial y lo virtual con fuerte presencia de artistas uruguayos. La cita será el 28 de diciembre. Ese día 27 artistas de diferentes disciplinas –plásticos, fotógrafos, bailarines, músicos, entre otros– estarán interviniendo con su obra el pueblo inspirándose en la consigna “Breaking Borders”: cómo romper barreras y repensarnos en tiempos de cambio.  Entre los artistas participantes figuran Rita Fisher, Luciano Supervielle, Alfonsina y Adela Casacuberta.

Al mismo tiempo que los uruguayos hagan sus aportes en el pueblo, artistas internacionales estarán en línea trabajando desde sus estudios. Todos unidos por una plataforma virtual. Toda la movida implica una agenda cargada con charlas, proyecciones fílmicas en la estación de tren y otros contenidos que se irán lanzando cada día de diciembre. Una ventana interesante para exhibir arte uruguayo hacia el mundo.

 

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