Por Mara Voituret

La palabra sostenible está de moda, pero Calmo la pone en práctica desde un lugar muy comprometido. Se basa en comercio justo, un modelo de negocio que promueve el trabajo artesanal con salarios dignos, sueldo justo, trabajadores formalizados.

Por eso le dimos la palabra a Alice Otegui, para conocer por dentro a esta marca uruguaya, artesanal y sostenible que también les da visibilidad a los artesanos. En el aspecto medioambiental se orientan hacia la economía circular. “Intentamos lo más posible generar productos biodegradables. Evitando los desperdicios y los químicos que tanto dañan el medio ambiente.  Trabajamos con teñidos naturales, fibras naturales como la lana merino que es local”, dice con orgullo. “Producimos a pequeña escala para no tener exceso de stock”.

Calmo adhiere al concepto zero waste evitando el corte de las telas que generen desperdicio textil. Diseños que no se guían por modas pasajeras, sino la búsqueda de productos atemporales que duran toda la vida. Respetar a las personas, a la naturaleza y el buen uso del tiempo es la premisa de Calmo, así como también no dejarse avasallar por la urgencia y frivolidad del mercado.

Hay una pregunta que dejo planteada y Alice no elude: la referente a la necesidad de transitar como marca por ambos caminos: lo que es sostenible y lo que es sustentable. Alice muy sinceramente me habla de su experiencia vinculada a la búsqueda del sano equilibrio entre lo slow, el diseño y lo comercial, tres pilares muy fuertes desde donde timonea la empresa. “Es importante comunicar mucho la historia detrás del producto. Escuchar al cliente y después proponer de nuevo y volver a innovar”, afirma.

Las etiquetas escritas a mano con los nombres de los artesanos comunican la historia y lo sostenible detrás de la marca. El packaging es reutilizable y natural. Cada etapa del proceso se piensa y ejecuta desde esa perspectiva de sostenibilidad.

Alice Otegui comenzó su carrera de diseñadora en 2008 y en 2010 participó en un intercambio con la escuela Parsons de Nueva York. Allí entendió que el mundo iba hacia la sostenibilidad. Cursó todas las materias que se relacionaban con ese tema y se propuso aprender de todos los pasos que hay que dar, antes, durante y después del proceso de producción. Y fue esa combinación de factores que la llevó a crear su propia marca. No se dejaba seducir por las tendencias, le atraían las técnicas artesanales, fundamentalmente el eco-print y el diseño de autor. “Veía que lo artesanal no se unía al diseño. Quería reivindicar las técnicas artesanales uniéndolas con el diseño para crear un producto de lujo, una pieza concebida como algo auténtico, una pequeña obra de arte”, cuenta.

En 2017 Calmo ya comenzaba a comercializarse en puntos estratégicos: Garzón, José Ignacio y Punta del Este. Eran precisamente esas piezas singulares las que deslumbraban a los turistas extranjeros, porque es precisamente la experiencia de descubrir y retener un tesoro único y especial lo que nos conecta con una prenda u objeto.

El día a día de Calmo no está exento de los avatares cotidianos que suceden en otras marcas. “Ir y venir a lo de las artesanas, adaptarse al trabajo a distancia, lidiar con clientes, preparar envíos para el interior, llevar cosas a las tiendas. El equipo de trabajo es pequeño, pero trabajan con mucha pasión Alice, Sofía y Valentina. Siempre está la necesidad de conseguir mano de obra y trabajar para cumplir con los encargos a tiempo con un desafío adicional: que los días estén lindos para poder desarrollar el proceso de estampado natural”, agrega Alice.

Calmo tiene en su catálogo indumentaria femenina pero también productos home: almohadones, camineros individuales, decoración para la mesa, accesorios exclusivos. Se destaca la línea de pañuelos de seda que algunas clientas coleccionan por la belleza y delicadeza de sus prints. Bolsos, chales y sobres completan la línea de accesorios. Los extranjeros consumen sobre todo prendas en lana merino.

Los amantes de la marca son de múltiples nacionalidades: Nueva York, Ciudad de México, Londres, España, París y hasta Arabia Saudita. Antes del E-shop las chicas recibían encargos por correo o redes sociales de todas partes.

La marca continúa expandiéndose cautelosa, con acuerdos comerciales en el exterior. El foco del negocio está en la exportación. Pero también hay un nicho de consumidores locales. Están dispuestos y pueden pagar su valor, se fijan en las terminaciones y ponen acento en la calidad. “Suelen ser mujeres u hombres de más de 35 años, no buscan lo que tienen todos”, dice Alice.

Algunos uruguayos entienden de materiales naturales, quieren cuidar la naturaleza y se refieren al consumo consciente. Siempre hay un sector que compra porque el diseño les encanta, porque no lo han visto en otro lado. “Hay gente que dice ´qué lindo´, pero le importa más el diseño. Lo lindo es el principal motivo de venta. El extranjero es más consciente de este tema de la sostenibilidad”.

Hay otro público joven, seguidores de Instagram, para quienes el lenguaje sostenible le es familiar y está formándose en esos valores, pero que económicamente no accede al producto.

Le pregunto cuál sería su mensaje para los consumidores y diseñadores. “Ir paso a paso, sin radicalismos, incorporando prácticas más conscientes de consumo. En las empresas, apoyar alguna causa, grupos minoritarios, o generar un pequeño cambio dando valor agregado al producto o servicio”, contesta. “Hay muchas formas de impulsar cambios hacia lo sostenible. Enseñar un oficio a un grupo de personas que no acceden al mercado laboral, por ejemplo; mujeres privadas de libertad o personas con alguna discapacidad. El trabajo no solo es ingreso económico sino autoestima, desarrollo personal y espiritual. Creando productos con más profundidad desde Calmo sabemos que tenemos mucho para mejorar y vamos paso a paso”.

 

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