Cuando tenía ocho años Camila Lacroze quería dibujar a una niña hamacándose y no le salía. Su mamá, entonces, la llevó a conocer a quien le enseñaría perspectiva: Óscar Larroca. Con él, dice Camila, aprendió a dibujar. Años después fueron llegando nuevos maestros. Se acercó a la pintura con Gerardo Acuña, pasó por el taller de Álvaro Amengual, hizo taller de desnudo con Rogelio Osorio y técnica sobre papel con Claudia Anselmi. Fue dominando el oficio, empezó a soltarse. La seleccionaron para una muestra individual en la Alianza Francesa. Pero ahí tuvo una crisis, no sabía qué mostrar. Comenzó a asistir a las clases teóricas de Fernando López Lage y el responsable de la Fundación de Arte Contemporáneo le ayudó a entender de qué iba el arte de nuestro tiempo, comprender los procesos y darse cuenta desde dónde hablar cuando uno se proyecta como artista.

La búsqueda continuaba al tiempo que incursionaba en materias menos románticas en la Facultad de Química. Sucede que Camila no quería estudiar humanidades. Necesitaba entender qué pasaba con el mundo a pesar de nuestra voluntad. Saber de qué están hechas las cosas, cómo es lo que nos rodea más allá de nuestras acciones. Le interesaban los hechos: qué es este ser vivo, cómo se clasifica, cómo se estructura, qué pasa con sus propiedades. A esta curiosidad se le sumó su preocupación por la extinción de las especies, por la ecología.

En 2019 los merodeos artísticos la llevaron a trabajar sobre pájaros. Un proyecto que continúa y que tiene que ver con mirar a otros seres vivos, distintos del hombre, en la ciudad; pequeños animales a los cuales no les prestamos mucha atención. Se había propuesto, en la pandemia, identificar a las especies de aves que veía desde su casa, cerca de las ventanas. Así, fue haciendo un registro a partir del cual surgió una serie de aves locales. Con cada nueva especie buscaba imágenes en una guía de pájaros y hacía la ilustración. Nacieron retratos hechos en tinta sobre fondos neutros, blancos, que asemejan de algún modo a la ilustración científica. En su cuenta de Instagram se los puede apreciar: bellos, con un trazo a la vez libre y delicado, con detalles para quien afina la vista. “Me interesa eso de lo que tenemos enfrente y no vemos, es un concepto que me resulta bastante interesante”, comenta Camila.

Fue profundizando en otros asuntos. Comenzó a investigar sobre el tema del antropoceno, un término que propuso un químico, el premio nobel de química Paul Crutzen, para referirse a la era en la que estamos ahora. Una palabra que abre muchas preguntas. Crutzen considera que la influencia del comportamiento humano sobre la Tierra en las recientes centurias ha sido significativa, y ha constituido una nueva era geológica. La influencia del Homo sapiens sobre la biosfera sería cada vez predominante, según esta visión, una idea que en realidad no es nueva.

“Todo mi discurso tiene que ver con unas ganas de ´desantropocentrizar´ la mirada, por eso estudié química”, reflexiona. “Y los animales son la otredad, son seres que nos reflejan un poco eso, nos muestran que no somos los únicos. Por ahí va mi interés. Como que algo se detiene cuando estás con un animal, entrás en otra dimensión, es otro lenguaje, otro tiempo. Hay una artista argentina que defiende que cuando dibujás algo, un animal, por ejemplo, el hecho de sentarte y observarlo y traducirlo en unas líneas aumenta el conocimiento que tenés de esa especie. En algún punto pienso igual, como que te unís con eso, lo hacés parte de tu cuerpo. Al darle forma pasó por tus ojos, tus manos, tu cerebro, como que plasmás ahí una comunión. El dibujo y la pintura para mí son eso”.

 

Aparte de estas ilustraciones, tiene otra serie de pájaros. Aves muertas que encuentra en la calle, que fotografía y pinta.

Pero ahora los pájaros quedaron un poco de lado porque está más concentrada en pintar plantas. Desde enero que está viviendo en Punta del Este. Allí explora con los lápices y los pinceles, da clases de arte. Comparte taller con José Luis Parodi; un espacio rodeado de verde en una casa a metros de la playa Mansa.

Está poniendo el foco en ciertas plantas, yuyos marginales que se ven en techos, en paradas de ómnibus, hierbas que nadie mira porque tienen flores chiquitas que casi no se ven, porque son rústicos o poco vistosos, porque no son atractivos.

Pero esas plantas, esas flores, van adquiriendo en la tela otras dimensiones, otras significancias. Impactan las formas, las texturas, las tensiones, las abstracciones que logra con algo tan cercano, la alta vibración del color. La palomilla de muro, por ejemplo, una pequeña flor violeta que tal vez pasa desapercibida en la vereda, se puede ver en su cuenta de Instagram en dos versiones: un poco borrosa y sutil en la imagen fotográfica; nítida, intensamente colorida y diferente a sí misma y a cualquier otra en su obra.

Este año Camila Lacroze vuelve a la Alianza Francesa como parte de la mención que recibió en el Premio Paul Cézanne 2021. Presten atención a las fechas y no se la pierdan.

 

Por Malena Rodríguez Guglielmone

 

 

 

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