Por Malena Rodríguez Guglielmone.

Nos topamos con ellos en distintas calles de Montevideo: Luis Suárez en Constituyente y Emilio Frugoni, Alfredo Zitarrosa en Rivera frente al zoológico, Eduardo Mateo en Jackson y Chaná, Mario Benedetti y Amalia de la Vega frente al Palacio Legislativo, por citar solo algunos. Los hay internacionales también: Nelson Mandela, Malala Yousafzai, Fito Páez. También se los ve en ciudades como Barcelona: Pablo Picasso, Rafael Nadal, Manu Chao. En Salto está Edison Cavani; en Mercedes, Beatrice Portinari (la del Dante). En otros lugares del interior del país aparecen figuras anónimas, personajes del lugar.

Son decenas los retratos creados por José Gallino que impactan, a veces de cerca cuando se trata de una pared, otras a la distancia cuando la imagen está sobre la medianera de un edificio. En todos los casos nos hacen preguntarnos quién logró evocarlos con tanta maestría y logran que se mire el entorno urbano de una manera nueva.

José Gallino pintó desde siempre. En su Salto natal iba al colegio de monjas y cuando volvía a su casa dibujaba con su hermano. Muy tempranamente pintó rostros, pero le costaba terminar los cuadros. En 2013 se embarcó a hacer grafiti en la calle; tenía 27 años, seguía en Salto, en su barrio. El problema era que a los vecinos no les gustaba que él pintara sus paredes. Fue en Montevideo donde empezó a involucrarse en serio: muchos más muros que en Salto, más anonimato. “Me atrapó el aerosol, la noche, el hecho de pintar en forma ilegal, la movida del hiphop. Vi que podía hacer una obra y terminarla”, comenta.

El hiphop con todo su mundo, los premios y las particularidades en sus cuatro elementos: el grafiti, el maestro de ceremonia (MC o rapero), el breakdance y el discjockey. Con las salidas nocturas a pintar se formó una familia de amigos. Por entonces no eran tantos los que pintaban, dice: “Hoy hay much gente activa, mucha variedad de estilos, hay realismos, abstractos, letras. Ya sé de quién son los murales, aunque no haya firma. Cada año surgen generaciones nuevas, gente del interior que viene muy polenteada”. En sus comienzos grafiteros se involucró haciendo temas surrealistas; en el último lustro se abocó más al realismo, se fue interesando por personajes. Y le gusta trabajar solo, por más que lo han invitado a integrar muchas crews.

Empieza de cero el mural, apoyándose en una fotografía. Estudia a los personajes, si están vivos les pide permiso –uno le dijo que no: Ruben Rada–. “Voy mejorando de a poco, siempre hay detalles a mejorar. El miedo del retratado siempre va por ahí”, explica.

En general homenajea a uruguayos, en su mayoría famosos, pero hay otros que no lo son como Coyita, un personaje de la calle de la ciudad de Mercedes, “muy buena gente, un iluminado para mí. Decidí pintarlo y como él montones de personas”. En su Instagram, que bien vale la pena visitar, escribe junto a su retrato: “Personaje cotidiano de Mercedes, Soriano. Hombre humilde y simple de la calle, indigencia, sonrisa, discapacidad, pobreza, libertad. No precisa mucho para subsistir y ninguna ostentación”. Otras personas no conocidas que retrató son Mabel y Walter, que viven de la pesca en Punta del Diablo. Ha pintado a un indio charrúa y hay animales: un león, una lechuza, un perro, entre otros seres que lo han cautivado.

En los personajes conocidos hay algunos más logrados que otros, pero todos impactan. Eduardo Galeano con su habitual mirada y cejas levantadas en una pared que tiene varios relieves y hasta un marco de ventana muestran el interesante juego de su rostro con la superficie del formato que lo sostiene. Se aprecian personalidades tan dispares como el protagonista de Breaking Bad, Don Bosco, el inventor Nikola Tesla, Ida Vitale, Natalia Oreiro. La lista es sorprendentemente larga.

“Hace cuatro años que vivo del grafiti. Me gusta hacerlo bien. En el Instagram están los más populares pero hay trabajos que me encargan”, cuenta. Encargos por parte del Estado, del Municipio, auspicio de marcas –Cat, Johnnie Walker, Jameson, etc.–. Muchos de los muros los hace a su propio costo.

El desafío más reciente es el proyecto de medianeras en altura para homenajear a figuras internacionales, en general personas vinculadas a los derechos humanos, como Mandela y Malala, uno al lado del otro en dos edificios del barrio Cordón. Las medianeras llevan su trabajo y en gran parte esto tiene que ver con llegar a un acuerdo con los propietarios. Le gusta reunirse con la gente y luego ponerse a trabajar: “La escala es un desafío. Para mí es un vicio. Quiero pintar siempre en grande. Cuanto más grande, más fácil. Para hacer un cuadro de 80 por 80 cm paso la misma cantidad de días que por un mural de 9 por 9 metros. Es más cansador el mural por el desgaste físico, pero en cuanto al detalle, hacer una arruga grande no es lo mismo que hacer una chica. O un ojo grande no es lo mismo que uno chico; el lagrimal lo podés trabajar mejor y si lo ves de lejos se ve distinto. Hay detalles que de lejos decís ´qué impresionante ese realismo´, pero de cerca son rallas nomás”.

Comienza buscando la imagen que más representa al personaje. Hace una impresión en una hoja A4 en alta calidad. Si es una foto antigua, tiene un restaurador para dejarla en alta calidad. Así, puede ver bien los detalles del personaje como el lagrimal o la pupila. A partir de allí hace una cuadrícula con la cara y luego plantea otra cuadrícula en la pared. Luego va proyectando cada cuadradito de la hoja a los cuadrados más grandes del muro. “Trabajo con un fondo de color piel para hacer base, con gamas de colores que los puedo mixar de una lata a otra y hacer variedades de tonos. Uso colores moras para las sombras, por ejemplo, que en las fotografías son grises. El color piel no es solo color piel; cuantos más colores le pongas más realismo le da. En la piel hay marrones, rosa, lilas, rojizos de varias variedades, bordó, sombra verde musgo en las ojeras… La magia está en el aerosol, no sé ni cómo lo hago. No voy a verlo de lejos hasta que no está bastante formada la cara”.

La medianera de Mandela mide unos 20 metros, abarca siete pisos. El próximo que pintará es de 15 pisos y 35 metros, en Bvar. Artigas cerca de Garibaldi. “El mayor desafío es empezar el mural; ahí tengo miedo”, confiesa. “No duermo, sueño que sale todo mal. Pero cuando termino la obra quedo con esa conformidad… Me da satisfacción y quiero seguir haciéndolo, siempre agrandando la escala”.

Aparte del ansia por seguir haciendo crecer el lienzo, está el atractivo de la soledad en las alturas. Abajo, a nivel de la calle, lo distrae la gente que le da charla, le pregunta cosas. Arriba está solo con el muro.

 

Para poder trabajar en esas condiciones obtuvo una certificación que lo habilita a usar elevadores de todas partes del mundo; previamente había tomado otro curso de balancines colgantes. En esas instancias suelen realizar test de psicología, electrocardiogramas. “Es peligroso, hay que estar atento y despierto. Es un deporte también, tenés que estar entrenado físicamente, tranquilo, no podés tomarte una cerveza. Yo no fumo ni tomo alcohol. Los días que estoy pintando trato de no estar mal dormido”.

En los últimos tiempos Gallino ha ido virando sus velas del realismo al hiperrealismo, pisando firme, disfrutando lo que hace y manteniendo la disciplina. Se exige, conecta con sus personajes, viaja. El próximo destino es París, a pintar un mural de niños y dictar un minicurso. Luego lo espera el Raval de Barcelona y Alemania, un evento de grafiti. En este país, desde la academia, se creó una base de fotografías de grafitis como forma de preservar a estos relevantes testigos de la expresión escrita en las ciudades. Una iniciativa a tener en cuenta y que da para reflexionar.

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