A pocos metros de la Ruta 104, en el km 4,5, se erige el taller de Pablo Atchugarry. Corresponde a una de las entradas de la finca y está allí nomás, a pocos metros de la carretera, de puertas abiertas, a través de las cuales se lo puede ver trabajando, manipulando herramientas en medio del polvo blanco que todo lo cubre. Es lo primero que construyó el artista luego de comprar tierra cerca de Manantiales. Se trataba, por ese entonces –año 2006–, de armar el hábitat donde seguir creando como lo venía haciendo en Lecco, junto al Lago Di Como, en Italia. Desde hacía años que venía esculpiendo el mármol, haciendo emerger finos y envolventes pliegos hacia el cielo, imparables en su verticalidad, la mira hacia arriba, en busca de luz, sol, lo divino. Luego del taller vinieron la casa, la sala de exposiciones, el anfiteatro, el auditorio, el parque de esculturas y, por último, la capilla. En ese impulso más horizontal de integrar a sus semejantes a su amor al arte, compartiendo la propia creación, pero también grandes obras de colegas que ha ido atesorando con el correr del tiempo, el artista hizo una apuesta aún más ambiciosa, fiel a un estilo que exuda escala, tan patente en su estampa, su obra, y todo lo que emprende: la creación de un museo de arte contemporáneo de primerísimo nivel.

Para ello convocó al arquitecto uruguayo Carlos Ott quien encaró esta nueva obra de 5.000 m2 que alberga cuatro salas de exposiciones, un auditorio/cine para 72 espectadores, una cafetería y restaurante. Un edificio marcado por sus perfiles curvos, realizados en madera local de eucaliptus que fue enviada a Francia para su tratamiento. Desde la entrada a su taller, donde mantuvimos la siguiente charla, se ve la fundación y el Museo de Arte Contemporáneo Atchugarry (MACA) que inauguró el 8 de enero.

 Qué gratificante estrenar este museo casi medio siglo después de haber comenzado a esculpir.

La primera escultura que está aquí expuesta, en cemento, arena y portland, es del 71, exactamente hace 50 años. La hice en Montevideo, las primeras obras las hice ahí, en San José de Carrasco.

¿Cuándo empezaste a ver que podías hacer grandes obras?

La primera obra en mármol la hice en el año 79, tenía 25 años. Fue un encargo y justamente es una obra muy simbólica porque fue cuando empecé a conocer el mármol, Carrara. Fue en Lecco, para un cura que tenía un espíritu de mecenas. Esa obra la vendí a 600.000 liras, el equivalente actual serían 300 euros. Ahora acabo de vender una obra en Sotheby´s New York en 649.000 dólares, hace quince días. Las cosas son muy relativas.

¿Qué creés que fueron valorando de tu arte?

Hay toda una trayectoria, un camino hecho, piedrita por piedrita, marmolito por marmolito.

 Pero justo en Italia que es la cuna del arte, del mármol, con tanta competencia. Difícil hacerse un lugar justo allí.

Y era vender hielo en el Polo sur. Fue y es muy difícil. La dificultad está, primero, en hacerse conocer. Y antes que eso, encontrar la propia identidad. El trabajo tiene que representar realmente al artista. Es muy fácil estar influenciado, sobre todo cuando uno es joven, y al final esas influencias están tapando ese mensaje interior, ese ADN, esa huella digital que todos tenemos. Eso fue parte de un camino de descubrimiento.

Y después de que el artista se encuentra, ¿cómo sigue ese camino?

Ese camino es cambiante, es siempre diferente. Como decía William James, el agua del río nunca es la misma. Y así es la vida y así son las obras. Lo cierto es que luego de que tenés tu propia imagen hay que tener una fuerza muy grande para ser capaz de recibir golpes. La vida da muchos golpes, pero también muchas caricias. Lo importante es no desmoralizarse frente a los golpes.

Es un trabajo físico intenso también, muy demandante. Material muy duro, de grandes dimensiones.

Allá vemos una escultura grande, cuatro metros y pico, más de 24 toneladas el bloque. Siempre fui sintiendo la necesidad de un desafío mayor y a veces lo encontraba con volúmenes más grandes. Ahora ya no siento esa necesidad, llegué a obras de 56 toneladas, a obras de más de 8 metros y medio de altura, es una prueba tal vez para mí mismo. En una obra en volumen pequeño los defectos son pequeños, en una grande son mayores, pero también lo son los aciertos.

 Tus obras siempre van hacia arriba, apuntan al cielo.

Generalmente siempre se desarrolla en una verticalidad, tal vez sea la verticalidad de las plantas que necesitan luz para vivir y también el ser humano necesita luz.

En esa búsqueda de luz, de ir hacia arriba, ¿te ha pasado de perder el contacto con lo que está a los costados?

No, la escultura necesita una base fuerte, sino sería inestable y sería muy peligroso. Siempre hay una relación con la tierra, con el suelo, con lo concreto, con lo real. El escultor tiene esa relación de raíz. Metafóricamente también, hay una raíz, yo estoy enraizado en Uruguay por más que viva en Italia y viaje mucho, pero la raíz está acá. Hay una relación entre la tierra y el cielo, es evidente, hacen parte de nuestro universo.

Hoy día, ¿cómo es tu actitud cuando te enfrentás al material?

Lo que creo y pienso es que la mayor alegría de un artista es seguir trabajando con entusiasmo. Porque es fácil perder el entusiasmo. A veces no te lo dan las cosas exteriores, el entusiasmo tal vez sea una relación directa con la materia. Yo voy a buscar estos bloques personalmente a Carrara. Los elijo, los traigo, los vuelvo a cortar, y ese tal vez no, porque no me sirve. Todo ese largo camino de búsqueda del material después se refleja en el momento en que uno está frente a la obra. La obra, como decía Miguel Ángel, ya está dentro del bloque y, si es cierto eso, hay que saberla encontrar, saberla respetar.

En este momento estás exponiendo en Milán, en el Palazio Reale.

Es una sede histórica de exposiciones. En 1953 Pablo Picasso expone el Guernica en una de las salas donde tengo el privilegio de exponer mis obras, que es la sala de las Cariátides. Ese palacio fue bombardeado en la Segunda Guerra Mundial y luego quedó sin el techo. Estas figuras sufrieron daños y en la restauración se decidió no agregarles elementos nuevos, sino respetar lo que había quedado. Entonces son muy dramáticas porque les faltan pedazos y son como figuras mortificadas por los horrores de la guerra. Picasso, que había pintado el Guernica por los bombardeos nazis en la ciudad de Guernica, en el País Vasco, pensó que era un lugar muy especial. A partir de ahí se hacen muestras muy importantes. Actualmente y contemporáneamente a la mía hay una muestra de Claude Monet, de obras que vienen del museo Marmottan de París. Es un gran privilegio estar exponiendo al lado de Monet. La muestra está formada por 45 obras recuperadas de colecciones privadas de todo el mundo.

Y ahora, en Uruguay, inauguró  el museo con una exposición de Christo y Jean Claude.

No solo la de Christo y Jean Claude, sino también una muestra de León Ferrari, y va a hospedar parte de la colección del museo que es internacional y tiene una presencia importante de arte uruguayo. Se podrá ver por primera vez aquí una obra del escultor y pintor uruguayo Gonzalo Fonseca. Viene de una colección privada que estaba en Miami que nosotros adquirimos para que la obra príncipe de Gonzalo Fonseca vuelva a Uruguay. Se llama Madre cava, es una obra que hizo en Italia, en travertino. Ahora el público de todo el mundo podrá verla en el museo.

 La inauguración del MACA se da en el marco de gran movimiento en la zona, con la llegada de la Fundación Ama Amoedo, la gran obra de James Turrell en José Ignacio, la feria Este Arte. ¿Hay vínculo con todas estas instituciones?

Sí, hay vínculo y creemos que lo más importante es generar cultura, que la cultura esté apoyada, y que los que estamos generando cultura estemos en una especie de hermandad. Tuve la ocasión de ver esta obra de Turrell. Es extraordinaria, juega con la luz, al interior y exterior, y se va modificando de acuerdo al pasaje de la luz. Lo que está haciendo Ama también. Es una residencia de artistas con curadores de varias partes del mundo y da la posibilidad a los artistas de crear, pensar, dialogar, creemos que es muy importante. Nosotros también tenemos un proyecto en Garzón donde han venido algunos artistas en residencia a hacer obra y en el medio de un marco de la naturaleza. Son 159 hectáreas donde hay una reserva ecológica, dedicada a mi madre, y ahí hemos plantado más de 16.000, entre plantas y árboles nativos. Todo eso potencia la flora y la fauna, porque es un refugio para aves, alimento para mamíferos, etc. En Garzón Heidi Lender también está haciendo sus residencias con su proyecto Campo. Hace muchos años que digo que toda esta zona tiene una luz que me hace acordar a la Costa Azul cuando allí iban Picasso, Matisse, Renoir. Iban a buscar otras cosas distintas a lo que ofrecía la gran ciudad. Van Gogh cuando se va a Arles, buscando la luz. La luz es tan importante. Y no solo la luz, también esa simplicidad que se tiene, donde todavía se puede ir a buscar el pescadito donde está el pescador y poder preguntarle, qué salió hoy. Esas cosas se transforman en valores muy grandes y pienso que los que tienen la oportunidad de venir a Uruguay y a la costa este, entre otros destinos de Uruguay, van a recibir eso. Por ejemplo, este proyecto de Turelle, el propietario es nacido en Austria, y lo de Ama es de argentinos, empieza a ser cosmopolita el encuentro… Acá enfrente está el amigo Xippas también haciendo una actividad muy importante, trayendo artistas internacionales. Está Martín Castillo en la Barra con más gente del arte uruguayo. Hay mucha presencia del arte. Me parece que esto es y va a ser un gran motor.

Para que el arte sea fermental también se necesita gestión. La familia es muy importante en tu caso, ¿cierto?

Sí, ahí Silvana corre en toda la cancha. La organización, sobre todo en un proyecto tan vasto como este, es básica. Yo genero ideas, posibilidades, pero después hay que desarrollarlas, hay que llevarlas a lo concreto, a la tierra, a que se puedan realizar y continuar. Acá, en la fundación y en el museo, que está dentro de la fundación, la idea es dejar un legado para el país y para la humanidad. Luego alguien tiene que recoger el guante.

 En la construcción del museo también están trabajando tus sobrinos.

Es un proyecto en el que está la empresa que era de mi padre, que luego fue de Alejandro, y ahora están los hijos de Alejandro y el hijo de Marco, que es el ingeniero. Gastón y Mariana están muy presentes, y el ingeniero, que tiene la responsabilidad de llevar adelante el proyecto. Marco es psiquiatra. Como tú decías, hay mucha familia en todo esto y de alguna manera uno no se siente solo, pero hay que empujar, hay que empujar mucho.

Y se viene la película sobre Pablo Atchugarry también.

Se vienen dos películas. Una dirigida por Mercedes Sader –ella está haciendo mucho en Black Gallery en Pueblo Garzón– producida junto con Sebastián Bednarik de Coral Cine. Y, luego, hay otro documental que están produciendo para National Geographic Alejandro Berger y Luis Ara. Tantas realidades lindas, satélites, que se están alineando y están girando en el mismo sentido. Para estos documentales han ido los dos equipos varias veces a Italia, también a Estados Unidos, están siguiendo mi deambular. Entonces estoy muy curioso de ver los resultados.

¿Te imaginabas todo este movimiento cuando empezaste a tallar el mármol?

No. Las cosas van surgiendo, como decía Machado, “caminante no hay camino, se hace camino al andar”.

Museo de Arte Contemporáneo de Atchugarry. Ruta 104 km 4,5. Todos los días, de 10 a 20. Entrada libre y gratuita.

 

Por Malena Rodríguez Guglielmone

 

 

 

 

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